Fábulas con Dios al Fondo: El techo roto (III)

En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer, aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.

«Estando él muy lejos todavía… 
le vio su padre y, conmovido, 
corrió, se arrojó a su cuello 
y se lo comía a besos» (Lc.15,20).

Inesperadamente encontré mi cara ante el rostro de un aldeano de perfil afilado, duro, casi anguloso y al mismo tiempo suave. Vi una larga nariz arqueada, unos labios anchos pero delicados, rematados por una amplia barba… y unos ojos extraordinariamente bondadosos y compasivos, como quien llevara años trabajando con la fuerza y habilidad de sus grandes manos.

Me miró de frente, abiertamente. Era una mirada penetrante. Me invadió entonces una rara timidez. Tal vez Él no sería sino un pueblerino, pero sabía mirar como un Señor. Cuando me miró, tuve la sensación de que veía mi interior y que lo sabía todo sin necesidad de palabras. De pronto sonrió. Era una sonrisa como la luz del sol que atravezaba el techo roto, una sonrisa que despejaba el cielo y quitaba el desaliento cuando aparecía. Yo le contesté con otra sonrisa.

Después sólo dijo con una voz fuerte y cálida: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Yo sentí, por primera vez en mi vida, un escalofrío enorme. Y hubiera querido gritar, en mi estupor, con alegría. Sus palabras eran la confirmación de mi espera y la coronación del don de un perdón largamente deseado. Era como si el pequeño perdón de mi padre se hubiera colado a través de ese infinito perdón que El me regalaba.

Pero no había tiempo. Al murmullo de los que me rodeaban se unieron los gritos de los que me habían llevado, pues querían saber qué estaba pasando. Habían llevado allí a un tullido de por vida para ser curado, y el tullido seguía siendo un paralítico. ¿A qué venía eso de perdonarme los pecados?

En eso vi entre la multitud a un grupo de sacerdotes indignados que se veían entre sí apretando su cólera. Como una ráfaga pensé que aquellos escribas podrían ser hipócritas, pero no superficiales. Ellos sí habían entendido la hondura de lo que acababa de ocurrir. A ellos no les parecía absurdo que Jesús diera perdón donde le pedían curaciones; lo que les escandalizaba era que Jesús se atribuyera el poder de Dios, el poder de ofrecer aquel perdón que yo tanto había anhelado.

Jesús había logrado con su desconcertante frase lo que realmente quería: mostrar que, en sus curaciones, iba más allá, hasta el fondo profundo del pecado. Y quiso expresarlo visiblemente cuando dijo, dirigiéndose a los escribas:

-¿Qué es lo que están pensando en sus corazones? ¿Qué es más difícil, decirle al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», o decirle: «Levántate y anda»? Pues bien, para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados: «Yo te lo mando -dijo mirándome a mí-, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».

Al escuchar sus palabras, yo sentí que los músculos de mi cuerpo se ablandaban y perdían su terrible rigidez. Era como si la sangre fluyera de nuevo y mi carne acabara de nacer a un mundo de sensaciones nunca tenidas. 

No sabía qué hacer. Me puse de pie sin esfuerzo alguno. A mi alrededor se había extendido un silencio tan denso que temí romperlo. Unicamente pude recoger mi propia camilla y salir a la calle, mientras la multitud se hacía a un lado dejando el paso libre. 

Al día siguiente, Jesús siguió su camino. Yo le acompañaba a distancia.¿Quién era verdaderamente aquel Jesús de Nazaret al que ni siquiera le había dado las gracias? ¿Qué significaba aquella doble pregunta que había lanzado como llamarada frente a los escribas? 

Porque la realidad era que Él se refería a un doble asombro, y ambos escándalos los había hecho en mí bajo aquel techo roto. Por eso me fui tras El: tenía que darle mi gratitud, tenía, también, que entender mejor lo que había sucedido. 

Foto: Depositphotos.

Recuerdo que nos detuvimos en un claro en medio del campo, junto a unos abetos sobre los que cantaban unas alondras. Entonces Jesús comenzó a hablar diciendo: «Había una vez un hombre que tenía dos hijos…»

Al terminar de hablar Jesús, las lágrimas subieron de nuevo a mis ojos. Ahí estaba el secreto del misterio: el Padre.      

Dios es bueno y alegre. La parábola lo decía claramente. El Padre no podía contener su gozo. El Padre no amaba porque perdonaba. El Padre perdonaba porque amaba. Lejos de ser un Dios meticuloso, ávido de encontrar faltas y reprocharlas, ni siquiera las mencionaba. Sencillamente se regocijaba por el regreso a casa del hijo que le había ofendido, que se había perdido, y le restituía el anillo de heredero y organizaba una fiesta. ¿Por qué? Porque Dios es la locura del amor. Su gozo es la alegría de sus hijos, su gozo surge de su amor…, y la esencia de su amor es buscar la unión con sus hijos, compartirlo todo, entregarse a ellos sin límite alguno. Por eso nunca se escucha el perdón en la voz del Padre. ¿Para qué? Es evidente. Se halla tan sobreentendido y oculto en su amor… que queda disuelto, que no se nota, que no humilla.

Y aun esto es sólo un principio; pues el Padre sueña en una unión creciente, en esa unidad que sólo el amor puede proporcionar. 

Entonces comprendí que para haberme curado había sido suficiente que Dios fuera Dios: que manifestara el poder sin límite de su brazo. Pero… para perdonar había hecho falta además una infinitud de amor. Sólo desde la magnitud del pecado podía explicarse la dimensión de ese amor: no bastaba con ser Dios, había que amar como Padre para arropar su justicia infinita con un amor sin límite alguno.

Y esta era la gran revelación que había traído Jesús, porque para Él era esencial que todos comprendiéramos que no debíamos quedarnos en la pura piel del milagro que acababa de hacer en mí, sino que debíamos adentrarnos en que lo principal era que Él había sido enviado por su Padre para curar a las almas paralíticas, para ponerlas en pie y hacerlas caminar, si tan sólo se tenía el coraje, no importa la razón, de regresar a la casa paterna y regocijarse en el banquete.  

Por eso el amor de Dios, al perdonar, salva y redime: porque crea un corazón nuevo. Por eso se habían escandalizado los escribas. Por eso también al escuchar su perdón y ver mi cuerpo caminar, yo creí que Jesús es el Hijo de Dios.     

Fue en ese momento cuando me alejé del grupo y comencé a caminar solo a través de la campiña. ¿Qué mayor alegría podía caber en mi alma que el saberme perdonado? Y sin embargo… me sentía con el corazón insatisfecho. En esa parábola, el Padre es el único que ama. Y hasta su enorme alegría es incomprendida por sus hijos. Entonces pensé que no era suficiente quedarse con la imagen de un Padre perdonador. Era preciso ir mucho más lejos. 

En verdad que este Padre daba pena: el hermano pequeño había regresado a casa movido por el hambre, como si el Padre fuera sólo un desaguadero en donde se pueden arrojar las penas o resolver los problemas. Y lo conoce tan poco que vuelve al hogar buscando una manera, muy educada y decorosa, para recuperar algo de lo perdido: como criado. Por su parte, el mayor ingresa al festín sólo después de haber escuchado los ruegos y garantías de un Padre que le recuerda que todos sus bienes son también de él, y no únicamente el cabrito cebado por el que tanto se queja. 

Por eso en mi corazón surgía una pregunta gigantesca como una herida: ¿Es que nunca encontraría el Padre a alguien que le amara desinteresadamente?           

Entonces comprendí que en esa parábola estaba oculto un tercer hijo: el que había estado contándola. Jesús era el tercer hermano, el verdadero primogénito, que había salido al camino para buscar por los vericuetos del mundo a los hermanos perdidos, que había depositado su alegría en entrar con ellos al banquete de su Padre. Por eso a Jesús le importaban tanto la sinfonía y las danzas, holgarse y regocijarse -¿qué otra cosa es la Buena Noticia?-, para que cada hermano fuera feliz, para que se le diera al Padre la oportunidad de lanzarse al cuello de sus hijos y cubrirlos de besos. Aunque a Jesús le costara asumir sobre sí mismo la parálisis de los hermanos.

Mientras pensaba en esto, comenzó a llover. Yo sentía el profundo gozo de ser parte del júbilo del Padre. Y sentía el gozo anticipado de poder regresar ante Jesús y seguirle hasta donde Él quisiera. Y me juré que desde ese momento sólo viviría para acrecentar la alegría del Padre, para amar al Amor, para devolverle beso sobre beso.

Y es que -al fin lo había comprendido- nada entendemos del corazón de Dios si pensamos en un corazón de padre, sólo que más grande. Unicamente asomándonos a las entrañas de Cristo podremos entender algo de este pobre Padre que tanto ama. Y a quien nadie parece amar.    

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