En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer, aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.
«Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberiades» (Jn 21, 1–17)
Apenas pude dormir aquella noche. ¿Entonces, era cierto? ¡Él había resucitado y vivir era lo más maravilloso que pudiera existir! Tocaba mi cuerpo, gozoso de ser hombre. Porque Él había resucitado no habría nunca motivo para la tristeza. Porque Él había sido capaz de traspasar de lado a lado la muerte, nada había más necio que temerla.
Pedro: Yo viví como trastornado aquellas semanas que pasó junto a nosotros, aprendiéndome sus palabras como si en cada una de ellas estuviera en vilo mi vida. Yo sabía que, tarde o temprano, Él se iría, y me juré a mí mismo no olvidarle ni un minuto, vivir tenso cada hora como si no me quedara más que una. Jesús iba y venía, como jugando al escondite, haciéndonos ver que era el de antes y mucho más que el de antes…
Hablábamos mucho de Él. A todas horas. Porque no había en nosotros ni una pizca de alma de la que no se hubiera adueñado. A los pocos días fue necesario retomar las tareas de la pesca. Todo nos lo recordaba: los peces y las redes, el agua, la barca y la orilla del lago. Era una noche hermosa como tantas que habíamos pasado junto a Él, y soplaba el mismo vientecillo de siempre sobre las velas blancas, pero la pesca era escasa. Amanecía ya y apenas alcanzaba para nada…
Natanael: Estábamos hambrientos y cansados de tanto arrojar las redes. En eso escuchamos una voz que nos gritaba desde la orilla: «¡Muchachos! ¿Han pescado algo?» Santiago respondió que no a gritos. La voz en la distancia gritó de nuevo: «¡Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán!» Así lo hicimos y al tirar de la red notamos que pesaba.
Pedro: Desnudo me arrojé al agua. Nadé con prisa, como si tuviera fiebre. Juan gritaba con júbilo: «¡Es el Señor!» Sí, era el Señor. «¡Señor, Señor!», me repetía el corazón sin cesar. «Señor mío y Dios mío», como había dicho Tomás.
Natanael: Un Señor extraordinario…, ¡un Dios… que nos cocinaba el almuerzo!
Juan: Antes de conocer a Jesús habíamos soñado en una gran salvación y, mientras, olvidamos el pequeño amor de cada día. Luego, poco a poco fuimos descubriendo que esa salvación era sólo amor y nada más que amor, un gran amor hecho vida cotidiana. Cuando llegamos a la orilla vimos sobre la arena unas brasas encendidas por Él y, sobre ellas, un pescado cocinado con sus manos.
Antes no había venido a ser servido sino a servir, y el Señor resucitado seguía sin conocer otro oficio que el de dar pasos de amor adelante de nosotros. Era el mismo Jesús de la sencillez, de la amistad franca y abierta, como aquellas colinas en flor que nos rodeaban por todas partes, junto a ese lago espléndido donde todo había comenzado. Y yo le veía voltear aquel pescado sobre el fuego hasta quedar a punto, y luego repartirnos grandes rebanadas de alegría.
Pedro: Era como si aún le quedaran trozos de alegría sin regalar, y aquella mañana los dejó volar todos en parvada. A mí me tocó conocer su inédito modo de perdonar. Yo había dicho que no le conocía, me había llenado de horror y vergüenza por mi acento galileo hermano del suyo…

Pero, después de comer, sólo caminó a mi lado por la playa, su brazo sobre mi hombro y una enorme sonrisa que preguntaba: «¿Me amas aún, me amas, me amas?», dispuesto ya a entregarme su rebaño y su abrazo. Oh Dios, ¿cómo se puede perdonar tan de veras? ¿Es que Dios desde su eternidad ha extraviado los reproches? ¿Es que a Dios no le da miedo que los hombres huyamos de su lado sólo por encontrarnos de nuevo entre sus brazos?
Santiago: «Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los tiempos». Ésta fue tal vez la más grande de sus promesas, el más jubiloso de sus anuncios. ¡Alegría por su presencia! ¿O es que acaso Él hubiera podido visitar esta tierra y alejarse? ¿Venir a nuestros llantos sin seguir enterrándose en ellos y resucitarlos?
Desde su resurrección ningún hombre está ya solo, Dios está en cada esquina esperándonos. ¡No más corazones vacíos! ¡No más huérfanos!
Juan: No más alegrías perdidas. Porque Él resucitó, no más vivir sin pescar nada, no más arrojar inútilmente las redes de la vida ni la captura del vacío. No más quemar las horas ni arrastrar los corazones secos. No más la vida sin aventurar la vida. No más siglos sin reír y sin amar hasta el tope. No más mentiras: sólo quien muera como Cristo vivirá resucitado. No más componendas: sólo quien dé la vida por el hermano vivirá en el amor de Dios.
Y ahí estará siempre Jesús para gritarnos que hay que extender las redes, atreverse de nuevo a confiar, sacar de la vieja barca las nuevas ilusiones, darle cuerda al corazón, reestrenar el alma. Y seguramente este gozo nos trepará al riesgo de seguirle hasta el extremo, porque nuestras redes rebosarán del júbilo de saber que nos resucitará ese gozo. Y será tanto el amor que recojamos… que nuestras redes se romperán cargadas de esperanzas; porque Jesús llegará hasta nuestra orilla para sumergirnos por siempre en su alegría.
Pedro: Aún le faltaba dejar el penúltimo gozo, hijo legítimo de las ovejas que me entregaba. «Por qué a mí, Señor? ¿Por qué a tus pastores y también a cada una de tus ovejas? ¿Por qué quieres que seamos uno para que el mundo crea que tu Padre te envió, Hijo de Dios? Tú habrías podido reservarte ese oficio, sembrar tú en exclusiva la gloria de tu nombre, hablar tú al corazón, perdonar sin intermediarios, poner en cada alma la semilla de tu amor. ¿No eres tú el único jardinero del alma? ¿No es tuya toda la gracia? ¿Hay algo de Dios que no salga de tus manos? ¿Para qué necesitas ayudantes, intermediarios, colaboradores, que llevan tus tesoros en vasos de arcilla? ¿Qué pondrán nuestras manos sino pobreza?
Pero así lo has querido, Dios de amor, que quisiste nacer en una gruta y dejar a tu Iglesia en manos de pobreza. ¡Iglesia pobre, Señor, Iglesia pobre! ¡Iglesia con la única tarea de hacer lo que sólo tú haces: llevar, de mano en mano, las brasas que únicamente tú enciendes. Iglesia vacía de todo.
Iglesia legada a un pescador pobre, tal vez animoso y lleno de fe, aunque no libre de muchas perplejidades; un hombre, a fin de cuentas, que tembló de ternura, gratitud y asombro junto al lago… cuando escuchó que moriría también en extrema pobreza y en cruz por sus ovejas».
Tomás: La última alegría fue saber que Jesús marchándose se quedaría. «Les conviene que yo me vaya», había dicho. Y se acercaba el tiempo de cumplir esta promesa.
Jesús ascendería a los cielos como ganancia, no como pérdida: subiría para llevarnos, señalaría un camino, abriría un surco entre las nubes para todos. La tierra ya no sería un sepulcro hueco, sino un horno encendido; no una casa solitaria, sino un corro de manos; no una larga nostalgia, sino un amor creciente.
Se quedaría viviente en el pan, en los hermanos, en el júbilo, en la risa, en todo corazón que ama y espera, en estas vidas nuestras que, junto a aquellas brasas, al fin entendieron que hay un solo gozo importante en la vida: haber encontrado a Cristo para saber qué morir y cómo vivir la verdadera vida.






