El fin para el cual hemos sido creados (I)

Nadie habla hoy de salvación. Nuestro orgullo moderno impide considerarnos necesitados de ella. El destino, si es que imaginamos tener alguno, creemos que depende única y exclusivamente de lo que sobre él queramos construir. Vivimos en un encierro inmanentista, incapaces de dar con un sentido que satisfaga el corazón indigesto de tanta superficialidad y egoísmo. Sólo la trascendencia puede abrir los caminos en los que la salvación y el destino ya no están divorciados.

La trascendencia sucede en el corazón de la inmanencia y consiste en «esa dichosa indecisión que nos enseña que la verdad siempre hemos de buscarla, sin que se nos proponga nunca en términos exactos», como lo describe Adolphe Gesché en su libro El Destino. No se habla aquí de una verdad que compete al terreno científico, preocupado por identificar la realidad, por el saber. Tampoco corresponde al quehacer filosófico, interesado por el sentido y en comprender la realidad. Para Gesché, es tarea de la teología hablar de la salvación, dimensión que expresa fundamentalmente una preocupación por el destino.

Salvación y destino aparecen matrimoniados en el planteamiento de Gesché. Ambos hacen referencia a una misma realidad respecto al ser humano: «Lo que le corresponde respecto a la realización de su ser y al cumplimiento efectivo de su existencia».Vuelve entonces a sonar la gran hipótesis de la obra de Gesché: «Las cosas de la fe permiten pensar al hombre». Esta tarea cobra especial importancia en un tiempo que promulga la muerte no únicamente de Dios, sino también la del ser humano. La teología, considera nuestro autor, es capaz de salir en defensa de lo humano al recordarle a qué está llamado.

Por eso es importante aclarar que la salvación anunciada por Jesucristo no es únicamente una salvación en el más allá, sino en este mundo, en todos los aspectos concretos de nuestra vida. Pensar a Dios desde nuestro destino y a éste desde Dios está lejos de ser un mero ejercicio mental. En esta reflexión se juega la intrínseca relación entre la sociedad que queremos y el Dios en que creemos. Con la palabra «salvación» la teología expresa entonces algo que preocupa todavía al ser humano contemporáneo: la suerte y el sentido de su existencia.

¿En qué consiste la salvación?

Como primer paso, Gesché se propone desmentir una concepción errónea y pobre de la salvación. Ésta no se reduce a un tema de moral. Cierta teología ha moralizado la salvación, pero la salvación no implica esencial ni únicamente ser salvados de algo. En cambio, salvar «es llevar a una persona hasta el fondo de sí misma, permitir que se realice, hacer que encuentre su destino». En términos de Ignacio de Loyola, cumplir «el fin para el cual hemos sido creados» (EE 23).

La voluntad de Dios es que el ser humano viva, decían los padres de la Iglesia. Y que viva plenamente, podríamos agregar, tanto en su dimensión de bíos (vida biológica) como de zōḗ (vida espiritual–trascendente). Teresa de Jesús se lamentaba que desconociéramos la dignidad intrínseca de nuestra alma. Nuestra vocación es divina, somos hijos e hijas de Dios. El sueño de Dios es que podamos abrazar esta vocación y vivirla al máximo, compartiendo los dones recibidos con la comunidad y en armonía con el cosmos.

Foto: Cathopic.

Sin embargo, si bien el ser humano es creado a imagen y semejanza, existen dificultades que obstaculizan la realización y el cumplimiento de nuestro destino. Es en este sentido únicamente como entonces sí podemos hablar de salvación como liberación de algo. Mas no tenemos que liberarnos de alguna naturaleza malvada en la que estemos atrapados. La salvación cristiana no denigra la condición humana a esclavitud e inferioridad, sino que la eleva a un destino de divinización. Pero para cumplir este destino sí que existen obstáculos, y son de ésos de los que necesitamos salvación. La muerte, el mal, la fatalidad y el miedo son quizás los obstáculos más fuertes a los cuales nos enfrentamos en nuestro itinerario hacia Dios.

Aquí lo importante es comprender que nadie se salva en solitario. La salvación llega por una alteridad que rompe la cárcel de nuestra inmanencia y nos abre los caminos de la trascendencia. Una alteridad interhumana, sí, incluso cósmica, pero sobre todo divina. No significa esto que la salvación sea allende el mundo, sino en el mundo. Gesché está en contra de la contraposición entre el cielo y la tierra, de la disyuntiva entre una salvación exclusiva para la otra vida o para esta. Ambas se salvan, la una por la otra.

Una de las grandes interrogantes en torno a la salvación radica en su verificación: ¿en qué se nota que somos salvados y salvadas? Si se tratase únicamente de una salvación transmundana, no habría mucho que decir, ya que ésta no tiene contrapuntos empíricos. Pero como aquí se habla de una salvación que no se reduce al más allá, ¿en qué podemos verificar la realidad de la salvación? Sobre todo, si el mal sigue existiendo y la muerte continúa esperándonos al final de nuestro tiempo. Tampoco el miedo desaparece por completo, e incluso las más santas y los más sabios se ven en ocasiones mortificados por algún tipo de fatalidad.

La salvación, en tanto cumplimiento de nuestro destino, nos libera fundamentalmente del pecado, palabra que resume todos los obstáculos antes mencionados. Y el pecado en términos cristianos consiste en una cautividad, en una esclavitud, como lo expresa san Pablo. El pecado no es un término moral ni jurídico, sino espiritual. Remite a todo aquello que falsea nuestra vocación, que nos desvía de nuestro destino, que nos distrae del llamado divino. La salvación del pecado es entonces una liberación de esa esclavitud. Los obstáculos seguirán estando ahí: el mal no desaparecerá y tarde o temprano moriremos, pero sus fuerzas ya no nos esclavizan. «Y ésta es la victoria de la salvación: que el mal no solamente será vencido algún día, sino que ya desde ahora no tenemos que someternos a ese poder que intenta tiranizarnos y quitarnos todas nuestras fuerzas».

Para saber más

Adolphe Gesché, El Destino, Ed.Sígueme: Salamanca.

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