
En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje.

Aquella tarde había salido a caminar solo. La campiña ardía iluminada como un sol sin ocasos. Sin embargo, comenzó a llover. Primero suavemente. Después a cántaros.