«En Dios sólo descansa el alma mía, de él espero mi salvación».
NOVIEMBRE
- Sabiduría 6, 12–16
- Salmo 62, 2. 3–4. 5–6. 7–8
- 1 Tesalonicenses 4, 13–18
- Mateo 25, 1–13
§ Vemos que la sabiduría de Dios «se deja encontrar por quienes la aman». Podemos decir también que se deja encontrar por quienes la buscan con sinceridad y la desean de corazón. Por eso se dice también que, para aquéllos que son dignos de recibirla, «ella misma sale a buscarlos por los caminos». Lo maravilloso es que quien se encuentra con esta sabiduría, en realidad encuentra a Dios mismo, fuente de toda verdad y plenitud.
§ En el Evangelio de Mateo escuchamos la parábola de las diez jóvenes y al final este consejo de Jesús: «Estén pues preparados». Esto nos invita a recordar que el encuentro con Dios muchas veces acontece de la manera menos inesperada. Y es que Dios que desea siempre la comunión con sus hijas e hijos, se hace presente en todas las cosas, en cada dimensión de nuestra existencia. Como nos enseña san Ignacio de Loyola, Dios obra y se comunica en toda la realidad y todo puede ser un lugar de encuentro con Dios: el disfrutar de un paisaje, el trabajo, el encuentro con una persona, en la alegría o en el sufrimiento, etc. Por tanto, vale la pena ser como las jóvenes sabias y prudentes que viven preparadas y atentas para encontrase con su novio, es decir, con el Señor.
San Pablo en la Carta a los Tesalonicenses nos anima a «no vivir tristes, como los que no tienen esperanza». Es otra manera de acoger la invitación de Jesús a permanecer siempre atentos y disponibles para reconocer su presencia en la vida misma. Lo contrario sería vivir distraídos y no saber sentir con profundidad la realidad en la que Dios obra y se revela. Cuando cultivamos una relación viva y constante con el Señor en medio de nuestra existencia cotidiana, surge el deseo de vivir en plenitud sostenidos por una esperanza firme y por una alegría autentica que nadie puede quitar.







