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En un rinconcito de la Amazonía, entre wampís nació el niño Jesús

La encarnación siempre nos recuerda la gratuidad infinita de Dios que se hace como nosotros entre nosotros, nos convoca y nos une para presenciar su venida. La llegada del niño Jesús en todas las culturas es un acontecimiento trascendental que se ha ido adaptando a los contextos y latitudes sin perder nunca su esencia.

Compartir la natividad con la cultura wampís me llevó a contemplar a este Dios que llega para todos, que habla en cualquier lenguaje y con todos los símbolos posibles. Esto es una gracia, pues en un rinconcito de la Amazonía peruana los wampís tienen plena consciencia de que Dios es wampís y que María y José van pidiendo posada de puerto en puerto en su pobre canoa, que nace en una casita de yarina y que los pescadores y artesanas van a adorarle.

Es fundamental leer el pasaje de la encarnación en wampís y paralelamente ir viendo la representación que se hace con los trajes y danzas propias. El verbo en wampís se hace carne y trae la esperanza de que Dios está con nosotros, que nos acompaña, nos da paz y trae mejores tiempos para la cosecha, la pesca y el trabajo. Todos saben de qué se trata esta escena, sea por la lectura, los dibujos o la representación. Es así como todos estamos invitados a celebrar y a encontrarnos como pueblo que espera a Dios, espera la luz en un contexto que parece olvidado por los poderosos, que solo sirve para ser saqueado y donde la desesperanza y la corrupción parece que es lo que triunfa. El día de navidad existe la posibilidad de que esto cambie porque Dios vendrá acompañarnos una vez más, porque Él se quedará con nosotros. 

Navidad Awajùn. Foto: Cortesía Diego Peláez, S.J.

Así, los niños esperan con alegría la natividad de este uchi Jesús, porque viene el tiempo de juegos, chocolate y panetón. Los adultos aprovechan para vaciar sus cochas y atarrayar los últimos peces que quedan del año, y el día de la fiesta se comparte en comunidad un gran almuerzo donde se da todo con todos, no se guarda nada y se multiplican las yucas y plátanos que cada quien ha traído de su chacra.

Para la noche cada familia vuelve a su casita y en el silencio de la selva pasa otra vez navidad, allí pude compartir íntimamente con Ambrosio el catequista, su esposa Regina y sus cinco hijos, escuchando sus historias de años anteriores y recogiendo un poco lo vivido durante el día.

Este fue mi Belén en la Amazonía, así me enseñaron a recibir al niño Jesús los wampís.

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