Éste es el séptimo de una serie de ocho cuentos que se irán publicando cada dos meses, cuyo hilo conductor es Filo, un personaje originario de un barrio bravo de Tijuana: cholo, converso y buscador, quien eventualmente llegará a vivir a un país musulmán. A través de Filo podremos sumergirnos en un personaje que trae dentro de sí una manera fronteriza de ser y entender la vida, la cual le irá facilitando transitar con cierta soltura entre tradiciones culturales diversas y experiencias espirituales diferentes. Al llevar más a fondo sus experiencias, Filo nos enseñará que el llamado divino puede surgir en cualquier lugar y que la dimensión social de los sacramentos —de la que mucho nos habla el teólogo Víctor Codina, S.J., en sus libros— puede revelarse a través de gestos cotidianos en un contexto marcadamente musulmán, haciendo coincidir lo que aparentemente no debería de coincidir.
Era Ramadán. Filo sabía que éste era un mes sagrado para los musulmanes, pero no le alcanzaba el diccionario para entender con detalle de qué se trataba. Lo que sí sabía era que durante ese mes los musulmanes ayunaban con gran devoción, sin comer ni beber nada desde el amanecer, hasta que el sol se escondía. Y que cada día de ese mes rompían el ayuno con una cena especial a la que llamaban ftour.
Esa tarde, Filo caminaba con Omar y Karim, dos amigos tunecinos un tanto liberales. Habían subido a lo más alto de un cerro que tenía un mirador desde donde se veía la ciudad tendida por todo el horizonte.
Después de haber pasado un rato contemplando la ciudad, Omar les dijo:
«Ya tengo hambre, ya se acerca la hora de romper el ayuno, vámonos».
Al momento que comenzaban a caminar entre las calles, sonó con gran fuerza una sirena que se escuchaba por toda la ciudad.
Cuando se detuvo la sirena Filo comentó en voz alta:
«No hay ni un alma en la calle. Ni motos, ni gritos, ni vendedores. Nada. La ciudad está completamente sola».
«La sirena indica que los musulmanes pueden romper el ayuno. Todos ya están en casa, comenzando a cenar con sus familias, es el momento más esperado del día. Por eso las calles están vacías» —contestó Karim.

Imagen generada con IA realiza por el artista Daniel Vargas, con base a bocetos propios.
Filo se quedó callado. En eso Omar, quien había vivido varios años en Europa y conocía las tradiciones cristianas, le dijo:
«Yo recuerdo que para ustedes la cena de Navidad es un momento importante, se reúne la familia, conviven y comparten la comida. Imagínate que el ftour es como una cena de Navidad que los musulmanes celebramos cada noche durante el mes del Ramadán».
Filo escuchaba con atención, al mismo tiempo que volteó hacia la esquina de una avenida que acababan de pasar. Justo allí, bajo un semáforo que parpadeaba, la vio. Una mujer sentada en la banqueta con dos niños, uno a cada lado, como alitas pegadas a su cuerpo delgado; eran los únicos en la calle. Ella llevaba un velo blanco con puntitos celestes, y en las manos una bolsita de plástico. Sacó unos dátiles arrugados como dedos de abuela y se los dio a sus hijos con una sonrisa que parecía oración. Luego vino un puñito de arroz y un pan que partió en tres, como si fuera suficiente para alimentar a todo el barrio.
Era el ftour de los pobres. De los que no tienen casa ni linaje. De los excluidos. De los despreciados… De los que no tienen nada y aun así comparten.
Filo contempló la escena y sintió una inmensa compasión. Una lágrima se le escapó sin permiso. Estaba tocado.
El cholo entendió que ella era una mujer que vivía en la calle. Que era una mujer expulsada de la sociedad, cuya familia eran sus dos hijos, y nadie más.
Esa mujer, desde su circunstancia de expulsión social, sacudió el corazón de Filo al mismo tiempo que lo había alimentado también a él. No con dátiles, sino con recuerdos que le dejaban el corazón satisfecho. Con las voces de su tía Chayo gritando en la cocina. Con su jefecita, que cada vez que podía preparaba un arroz caldoso con salchicha picada y tortillas. Con los amigos que en Túnez, sin conocerlo bien, le habían compartido comida, té de menta y hasta un par de chistes.
Ahí, en esa banqueta, la mujer hizo entender a Filo que todos, sin distinción, podemos ser alimento que se dona para los demás… saciando el corazón y la memoria.
El cholo agradeció y oró.
En silencio, y completamente conmovido, continuó caminando junto con Omar y Karim.






