El Pacto de las Catacumbas: ¿un inicio olvidado?

El tema de la pobreza en el Concilio Vaticano II

Hace poco más de sesenta años, el 8 de diciembre de 1965, se clausuró solemnemente el Concilio Vaticano II, iniciado en octubre de 1962. Según el jesuita alemán Karl Rahner, quien había desempeñado un papel relevante como consultor teológico en las sesiones plenarias y en los trabajos de las comisiones realizados entre éstas, la aprobación de los 16 documentos doctrinales–pastorales por parte de los alrededor de 2,500 obispos congregados en Roma, era «sólo el inicio del inicio» del «aggiornamento» (puesta al día o actualización) pretendido por el papa Juan XXIII para la Iglesia: apenas empezaba la modificación de estructuras y procedimientos institucionales y apenas empezaba la asimilación de los documentos y del espíritu del Concilio alrededor del globo. Como se sabe, en América Latina fueron ante todo las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968) y de Puebla (1979) los momentos en los que empezaron a concretarse impulsos clave generados por el Concilio.

Pocos días antes de la inauguración del Concilio, Juan XXIII llamó la atención en una alocución radiofónica acerca de una tarea trascendental: «Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres». Hay varias hipótesis acerca de las causas por las cuales, a pesar de esta iniciativa, el tema de la pobreza no se volvió central: desde la perspectiva eurocéntrica hegemónica entre los padres conciliares, hasta consideraciones sobre las mejores estrategias para la promoción del tema durante y después del Concilio, pasando por la fuerte resistencia de las dirigencias vaticanas de entonces. Empero, se constituyó pronto un pequeño grupo informal de obispos y teólogos, llamado «La iglesia de los pobres». En sus reflexiones y propuestas durante los casi cuatro años se encuentran, entre otras, huellas de la experiencia de los sacerdotes obreros franceses, de la espiritualidad de los Pequeños Hermanos y Hermanas de Jesús inspirada por Charles de Foucauld, de los planteamientos del sacerdote obrero de Nazaret Paul Gauthier, de las vivencias de obispos como el del Sáhara, Georges Mercier, o del obispo brasileño Helder Cámara, y no en último lugar, del impacto de la renuncia pública de Pablo VI a la tiara papal en 1964.

La más importante de las muchas actividades de este grupo fue la celebración eucarística realizada el 16 de noviembre de 1965 en las Catacumbas de Domitila, al final de la cual los alrededor de cuarenta obispos presentes se comprometieron con una Iglesia pobre y al servicio de los pobres y, en consonancia, con un estilo personal de vida pobre, alejado de todos los símbolos de riqueza y poder y de todos los privilegios. Posteriormente, varios cientos de obispos agregaron sus firmas, pero como no se trató de una acción publicitaria, sino de un compromiso personal, no se cuidaron los registros, por lo que existen diferentes listados de firmantes.

A continuación se transcribe el texto de ese Pacto, cuyos primeros doce puntos se hallan vinculados con 34 citas del Nuevo Testamento, mientras que el décimo tercero señala el propósito de los obispos firmantes de comunicar los compromisos después de su regreso a sus diócesis, a la/os fieles de éstas.

El Pacto de las Catacumbas

«Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el Evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5,3; 6,33s; 8,20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en los símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6,9; Mt 10,9s; Hch 3,6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc., a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6,19-21; Lc 12,33s.

4. En cuanto sea posible, confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y mas pastores y apóstoles. Mt 10,8; Hch 6,1–7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de «padre». Mt 20,25–28; 23,6–11; Jn 13,12–15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia por los ricos y por los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13,12–14; 1 Cor 9,14–19.

Leyenda: Cathopic.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6,2–4; Lc 15,9–13; 2 Cor 12,4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc., al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4,18s; Mc 6,4; Mt 11,4s; Hch 18,3s; 20,33–35; 1 Cor 4,12; 9,1–27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25,31–46; Lc 13,12–14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cf. Hch 2,44s; 4,32–35; 5,4; 2 Cor 8–9; 1 Tim 5,16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral —dos tercios de la humanidad— nos comprometemos: 

  • a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del Evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así:

  • nos esforzaremos para «revisar nuestra vida» con ellos;
  • buscaremos colaboradores para poder ser mas animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
  • nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8,34s; Hch 6,1–7; 1 Tim 3,8–10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles».

Pequeño comentario final

En los antecedentes y los enunciados del Pacto se observa la confluencia no siempre bien articulada de dos dimensiones, que es reflexionada y discutida una y otra vez durante los años siguientes (así, por ejemplo, en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del papa Francisco; ver especialmente los párrafos 186–201). Por un lado aparece la pobreza como resultado intolerable de la injusticia global, la cual condena a personas y pueblos a una vida precaria e indigna, y la cual los cristianos deben combatir.

Por el otro, los pobres reales son vistos como lugar teológico, o sea, como un lugar donde se manifiesta la Revelación y desde donde brota la evangelización. La bisagra entre ambas dimensiones, la social–moral y la pneumatológica–eclesial, es la vida de Jesús de Nazaret, la vida de un pobre «enviado para anunciar el Evangelio a los pobres», lo que tiene consecuencias para la Iglesia y para quienes pertenecen a ella, tal y como lo pidió Juan XXIII antes del Concilio, y como lo asumieron los firmantes del Pacto en su etapa conclusiva.

¿No parece identificada esta bisagra también por la famosa primera frase de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual proclamada el último día del Concilio: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»?

Para saber más:

  • Una resumida visión del Concilio Vaticano II, su desarrollo y sus resultados constituye el capítulo de Giuseppe Alberigo, “El Concilio Vaticano II (1962–1965)”. En: Giuseppe Alberigo, ed., Historia de los concilios ecuménicos, pp. 335–373 (Ediciones Sígueme, Salamanca, 1999).
  • El teólogo español Xabier Pikaza y su colega portugués José Antunes da Silva han editado el volumen colectivo El Pacto de las Catacumbas: la misión de los pobres en la Iglesia (Editorial Verbo Divino, Estella, 2015, 413 pp.). Contiene 25 capítulos elaborados por especialistas ubicados/as en varios países sobre gestación, contenido, implicaciones teológicas y sociales y algunos efectos del Pacto.
  • El teólogo y obispo catalán Joan Planellas i Barnosell, autor de un libro sobre el tema, resume en un artículo la presencia de la cuestión de la pobreza en el Concilio Vaticano II y algunos de sus impactos en teología y pastoral posteriores: “La iglesia de los pobres: del Vaticano II al papa Francisco” (el artículo es parte del  XXII Curso de Doctrina Social de la Iglesia de septiembre de 2015 del Instituto Social León XIII): <https://www.fpablovi.org/images/InstitutoSocial/CursoDSI/2015IglesiadelosPobres.pdf>.

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