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El niño perdido y hallado en el templo

Hay pasajes de la Biblia que una lee con distintos ojos conforme pasa el tiempo, porque las propias experiencias de vida los iluminan distinto. Si la Biblia es un libro para todas los tiempos y lugares, pues desde luego también lo es para nuestros tiempitos y lugarcitos personales. 

Recuerdo la última vez que repasé este pasaje y lo leí con una mirada con la que nunca lo había visto, con la mirada de una madre que había superado ya la complicada adolescencia de su hijo y que, a la distancia, veía las complejidades y los líos vividos como parte del proceso de realización principalmente de mi hijo, pero también de mí como madre. 

Todo esto hizo que leyera este pasaje en particular de otra manera, que viera cosas que no había visto y que entendiera otras, no sé si bien o mal, pero con otra perspectiva. 

Dios se hizo hombre, el milagro de la encarnación es una maravilla que supera toda mi capacidad de asombro, cuando lo pienso siempre me quedo pasmada: Dios se abajó, pero la humanidad fue rescatada y elevada. En otro momento espero compartir algo de mi estupor y mi pequeñez ante la Encarnación, de momento me detendré en este pasaje de Lucas que dice más o menos así: 

La familia viajó a Jerusalén como todos los años a celebrar la Pascua. Viajaban en comunidad, en grupo. Los caminos eran difíciles y varias familias se podían ayudar las unas a las otras y repartir mejor los trabajos y peripecias del viaje. Al llegar a Jerusalén lo más probable es que Jesús anduviera con otros chicos de su edad, como suele suceder hasta el día de hoy en un viaje de varias familias, los chicos de 12 años ya andan un poco independientes y entre ellos. Eso explica que los padres no se dieran cuenta al regreso de que Jesús no iba con ellos, pasó un día hasta que lo notaron y después de un día de camino tuvieron que regresar a Jerusalén a buscarlo. Tal vez algunos del grupo los acompañaron, pero ya no todos. Eran familias pobres, se tenía lo necesario para el viaje, no para alargarlo. No imagino la desesperación de los padres buscando por tres días al chico en una Jerusalén atestada por las festividades de la pascua. Hasta que lo encontraron en el Templo hablando con los sabios doctores de la ley muy quitado de la pena. Y a la hora del reclamo, el chiquillo responde: ¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre? 

En ese momento yo le hubiese dado una nalgada, o al menos un coscorrón al chico sabio. Pero María era la Kexaritomene, la llena de gracia y sólo eso explica su prudencia y paciencia en esos momentos. 

Aquí es donde viene lo que yo denomino “la desmitificación de Cristo”. Porque tendemos a verlo como si fuera la santísima Trinidad que ni tocaba el suelo al caminar. Y no, hay que recordar su humanidad. Seguro el bebé vomitó sobre su madre muchas veces como todos los bebés, y seguro no los dejó dormir algunas noches. También debió de hacerles algunas pataletas entre los dos y los cinco años, como suelen hacer los niños sin razón, y con el tiempo correría con sus amiguitos por las calles de Galilea y se lastimaría con alguna astilla en el taller de José, y seguro rompería algunas cosa por ahí. Las travesuras no son pecado, son hijas de la curiosidad humana y tuvo que haber vivido todo eso porque era humano y, como nos pasa a todos y todas, estaba aprendiendo a serlo.  

Ahora bien, a los 12 años Jesús no era ningún niño, y menos en aquella época en la que desde muy jóvenes empezaban a tener responsabilidades de adultos. 

Jesús a los 12 años era un puberto y todas las madres que hemos vivido con nuestros hijos esa etapa sabemos por experiencia lo sobrecogedora que es esa palabra. Los pubertos tratan de manifestar su independencia de los padres y lo hacen con cierta rebeldía y con mucha imprudencia y, muchas veces, se ponen en situaciones de peligro en aras de reafirmarse. Nada de esto es pecado, es naturaleza humana. Son las etapas de la vida. 

Jesús era Dios, el Dios hecho hombre, pero la conciencia de su vocación, de atención al Padre y de hacer su voluntad, seguramente fue también un proceso que, como nos sucede en la vida a todos con nuestra vocación, vamos descubriendo como a cuentagotas y conforme las circunstancias se desarrollan.  

Ahora bien, pongámonos en el lugar de los padres, hicieron un viaje, cumplieron sus deberes religiosos, regresan cansados pero satisfechos a su pueblo, pero ¿dónde está Jesús? Y ahí andan de un pariente a otro de una familia a otra todo un día mientras no dejaban de avanzar, porque la comitiva no se detuvo para que se pudiera buscar con calma a un chiquillo que seguramente andaría por ahí con los amigos. 

Y vemos crecer la angustia de esos padres hasta que se dan cuenta de que Jesús no va en la comitiva… ¡un día de camino! Eso significa otro día de regreso con los que quisieran acompañarlos, seguramente los familiares más cercanos, pero ya no toda la comitiva, y significa también un regreso lleno de preocupación y agobio. Ya no importa si al ser menos los asaltan en el camino, o les sale al paso algún animal, o se accidentan y no pueden hacer mucho, ya sólo importa encontrar al hijo, ya no se piensa en nada más. 

Tres días buscando en Jerusalén, imaginen el dolor, la angustia, la preocupación, ¿y si le pasó algo?, ¿y si tuvo un accidente?, ¿y si está tirado por ahí?, ¿y si se enfermó? En fin, todas las cosas que nos pasan por la cabeza a los padres cuando no encontramos a nuestros hijos, aunque sea por unos momentos. Ahora bien, María sabía que una espada le atravesaría el alma, se lo había predicho ya Simeón (Lucas 2, 34-36), ¿y si ese era el momento?, ¿no sintió en esos días que la espada la empezaba ya a atravesar? 

Y todo eso para venir a encontrar al hijo tan campante hablando de cosas sabias con hombres sabios en el Templo. No habrá faltado quien le brindara comida y alojamiento a ese muchacho tan inteligente y simpático. Y el muchacho ni por un momento pensó en lo que pudieran estar pasando sus padres. Ni siquiera pensó en cómo le iba a hacer después para regresar a Galilea, no pensó en los demás. Se dejó llevar por el impulso de su vocación que ya se iba haciendo patente y que, en ese ambiente de fiesta religiosa, en la ciudad santa y en el templo rodeado de expertos en la ley, pues brotó. Brotó lo más íntimo, lo que traía en todo su ser. Pero brotó a lo bruto como sucede con los pubertos. Es normal, le faltaba madurez, y ésta la tuvo que ir adquiriendo como todos, así, equivocándose, con respuestas altaneras como: “¿Qué no ven que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”  

¡Claro que sus padres no entendieron esto! Porque ellos sabían quién era su hijo, pero no sabían cómo iría manifestándose ya en los hechos. 

La historia del puberto perdido y hallado en el templo es eso, la historia de una adolescentada de Jesús. Todos los padres que hemos tenido hijos adolescentes podemos contar alguna. Era imposible que Jesús no viviera esta etapa, o que la viviera con la madurez de un adulto, era un ser humano completito en una etapa muy específica de su vida en la que los humanos hacemos tonterías. Insisto, nada de esto es pecado, es parte del aprendizaje y del crecimiento. 

La prueba está en que el Jesús maduro y ya con discípulos durante las bodas de Caná le dice a su madre: “Todavía no ha llegado mi hora”(Juan 2, 1-11.). Éste es el hombre maduro y prudente, no el ocurrente muchachito. Si no había llegado su hora para manifestarse ya a esa edad, menos a los 12 en el templo. 

Pero también en las bodas de Caná tenemos ahora a una María como madre madura, que ya conoce muy bien al hijo y que sabe de lo que es capaz. Una María que, como ama de casa, se pone en los zapatos de los anfitriones y no puede permitir que se eche a perder la fiesta por algo que sería tan sencillo de resolver para su hijo. Así que, mientras Jesús le contesta que todavía no era su momento, ella se voltea y les dice a los siervos: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2, 1-11.). Y aquí tenemos al Jesús maduro, que no hace pataletas ni es altanero con su madre, el Jesús que le concede a su madre (seguramente con mucha ternura en su corazón) la petición de ayudar a los otros. 

Aquí está la humanidad de Jesús, del bebé que nació entre animales en un pesebre, al hombre maduro que no se puede resistir a una orden de su madre (aunque considere que no es todavía el tiempo apropiado para su manifestación), pasando desde luego por la adolescencia con todas las imprudencias propias de esta etapa. 

Espero que esta reflexión no suene irreverente, la intención es todo lo contrario, porque si vemos a Jesús como una humano celestial que no tenía comportamientos humanos, pues nos resulta muy difícil la identificación con él. Pero si vemos en Jesús no sólo su divinidad, que es lo que nos viene a ofrecer, sino su humanidad, que es desde donde nos viene a hacer su invitación, puede resultar más sencillo el considerar esto como lo que es, algo accesible si nos tomamos de su mano. No es la invitación de un Dios lejano e inalcanzable, es la de un hermano que vivió, jugó, se equivocó, maduró y aprendió lo que significa ser humano, exactamente como cada uno de nosotros y nosotras. Es un humano que fue haciéndose consciente de su vocación poco a poco y no de golpe, así como lo hacemos nosotros. Es un humano que padeció el camino difícil que vislumbraba y rogó por no estar ahí: “Padre, aparta de mi este cáliz”(Mt. 26, 36-42), justo como nosotros y, exactamente como nosotros, tuvo un instante en que sintió1 la ausencia de Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 46.) Ese grito tan doloroso y tan profundamente humano que nos hermana a todos los humanos. 

Vivamos así nuestra humanidad, como fue la humanidad de Cristo: con sus errores, su vulnerabilidad, sus flaquezas y su proceso. Porque si la queremos vivir como divina para ser “dignos” nunca podremos recibir la gracia que nuestro hermano vino a ofrecernos como tal, como hermano. 

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