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El evangelio desde la gente

Desde la gente, sobre todo desde
la que está a un lado del camino.
En asociaciones y sabiéndonos felices
por seguir al Señor Jesús.

Si el papel de quienes integramos la Iglesia es la de evangelizar, habrá que definir primero a esta tarea como la transmisión de la Buena Nueva, entregada por el Hijo de Dios, comprendida en el Evangelio y en la que se encuentran valores y contenidos a partir de los cuales estamos invitados a construir el mundo y su historia. El concepto de evangelización ha cambiado y ha adquirido distintos compromisos. Cuando se consideraba que el mundo estaba formado únicamente por los continentes europeo, africano y asiático, los seres humanos se veían a sí mismos de forma diferente, pero al entrar en escena un continente del tamaño del americano y con la multiplicidad de etnias que aquí vivían, se buscó poner otros ingredientes a la evangelización para poder acercarla a todos. Desde el momento del descubrimiento de América hasta la fecha hay quienes decidieron que la esencia de esta labor tendría que ser la dignidad de la persona humana que debía ser respetada.

Construir desde la realidad

Hoy tenemos que aterrizar el Evangelio en un terreno concreto, en los territorios de América Latina nos sabe diferente que en otras latitudes, porque nos une la misma tierra, eso nos hace comprender la vida desde nuestras riquezas y desigualdades comunes y así nos acercamos a la gente.

Pero para llevar el Evangelio tenemos que hablar con esa gente y conocer por qué sufren; ya no sirve dar remedios, no podemos dar somníferos y solamente condolernos ante su sufrimiento. En estos días hay que abrir los ojos y hacer que cada persona que esté frente a nosotros los abra también y reconozca quién es, qué sucede a su alrededor y cómo modificarlo para que así tenga vida en abundancia. Para la tarea evangelizadora, hoy es necesario ir a las causas de lo que acontece y encontrar el camino para enfrentar las situaciones delicadas que viven las personas. El Evangelio no es para enajenarlas, sino para enfrentar con raciocinio agudo las cosas y resolver lo que haya que resolver para que la gente viva en paz y para que se pueda integrar, desarrollar y ser feliz.

Al iniciar mi trabajo pastoral tuve que conocer primero a la gente, sus condiciones de vida y sus carencias; su situación laboral, si estaban recibiendo un salario adecuado para enfrentar el costo de la vida y dar alimentación y atención médica a sus familias. Todo eso es muy importante, pues así se garantiza una existencia digna para las personas. El papel del predicador es hablar de lo que es verdadero y esencial de una vida integral, no sólo sobre cómo rezar el rosario. Tiene que haber una conexión entre la palabra de Dios y la persona que debe imitarla.

Fotos: © Archivo personal, Monseñor Fray Raúl Vera

Mi experiencia pastoral

Siendo un joven sacerdote, los dominicos, la orden a la que pertenezco, me pidieron atender la comunidad de San Pedro Nexapa, en el Estado de México. La misa era a las 10 de la mañana, pero los fieles llegaban casi una hora después. Me di cuenta que los horarios de la comunidad eran diferentes, las personas necesitaban más tiempo para cortar leña y recolectar agua; más tiempo para asearse y bañarse, para presentarse limpias en el templo, después de las labores que hacían por la mañana con la tierra, el ganado o en su sencilla casa. Así que decidí llamar a misa a la misma hora y esperar en el confesionario sabiendo que los feligreses tardarían en llegar. Comencé a dialogar con ellos sentado en el confesionario, empecé a conocer sus vidas. Era gente muy buena y me iban a platicar los problemas que tenían (eran más anécdotas de hechos resueltos que pecados que necesitaban perdonarse).

Así me di cuenta que estaba haciendo una predicación «fuera de cacharro». Aprendí que la gente sencilla es evangelizada directamente por Dios y de muchas maneras, así entendí que el Evangelio que conocían estaba muy cercano a su vida y me enseñaron a acercar el Evangelio no solamente a sus vidas, sino a también a la mía.

Cuando llegué como obispo a Ciudad Altamirano, Guerrero, no había quién prestara servicios médicos a la población en general, pues sólo existían clínicas privadas que la gente no alcanzaba a pagar. Lo único que había eran hospitales de maternidad, en los que, básicamente, se esterilizaba a las mujeres.

Después de un mes de ser atendidos, los pobladores ya habían vendido su vaca o su burro para costearse estos servicios de salud, pero seguían sin mejorar, así que los médicos los abandonaban en la calle, sin importar si eran niños, mujeres, o ancianos. Tuve que organizar entonces una red de apoyo por medio de trabajadoras sociales, además de un transporte para llevar a los enfermos hasta las ciudades más cercanas, y ahí tener conexiones con hospitales en donde fueran atendidos y en donde los familiares recibieran apoyo.

Sabía que había pobreza en el territorio y al recorrer caminos y veredas tuve que aprender a montar la mula y viajar hasta siete horas en un mismo día. Me las ingenié para poder visitar todas las comunidades, ahí platicaba mucho con los campesinos. Un problema que me encontré, especialmente en la montaña, fue la producción de droga, y todo lo que llevaba consigo: violencia, desorden y falso desarrollo. Además, me enteré, tristemente, que los niños eran explotados porque al tener manos pequeñitas eran usados para sacar la goma de la amapola.

En todos los poblados les hablaba del daño que significaba cultivar droga y todas las complicaciones que el crimen organizado traía consigo, junto con la estructura que iba desde el mismo Gobierno (que se hacía su cómplice) hasta la economía criminal. Me preparé para hablarles exactamente de cuál era la problemática que estaban viviendo, en qué consistía y les advertí que si seguían con la droga metida en sus comunidades, cada día iba a ser peor.

Cuando llegué los sacerdotes estaban peleados entre ellos. Lo primero que hice fue dictar una amnistía entre los que habían cometido infracciones canónicas en su gestión pastoral; se empezaba una vida nueva y comenzamos a organizar la diócesis y sus organismos con un plan pastoral. Todos teníamos que unirnos, así que les visité parroquia por parroquia. Estuve viviendo con ellos algunos días, semanas, incluso hasta un mes. Así empecé a estar muy cerca de los sacerdotes, a conocerlos, a hacerlos mis amigos y organicé encuentros diocesanos con ellos y el laicado. Después empezamos a armar un plan orgánico de pastoral con espiritualidad de comunión para que el Evangelio llegara a todas las personas y que también hablara de la problemática tan cruda que se vivía. Mi modo de evangelizar en esta zona fue el de ir a las causas, ya que conociendo la realidad se puede hablar de ésta, se ilumina desde el Evangelio y, al mismo tiempo, se sigue en diálogo con la gente.

«Aprendí que la gente sencilla es evangelizada directamente por Dios y de muchas maneras, que el Evangelio que conocían estaba muy cercano a su vida y me enseñaron a acercar el Evangelio también a la mía”.

En el territorio diocesano de San Cristóbal de las Casas fui evangelizado por las comunidades indígenas, ya que tenían una formación cristiana extraordinaria y vivían valores profundos (catequéticos en sí mismos), formaban a sus propios hijos y vivían el Evangelio comunitariamente. En tiempos recientes (cuando don Samuel Ruiz llegó a Chiapas), los indígenas todavía vivían esclavizados en las fincas. Pero a pesar de las circunstancias, ellos tenían el Evangelio muy impregnado en su corazón y tomaban una preparación para hacerse catequistas primero y después prediáconos y diáconos. A mí me tocó ayudar en este proceso que fue maravilloso.

A través de mi experiencia puedo señalar que la evangelización de las personas indígenas se debe hacer desde sus culturas. Se les debe tratar a partir del respeto de sus derechos y acompañarlos en su defensa de la tierra y el agua y en la integración de sus comunidades a la sociedad. Así aprendemos de ellas y nos llenamos de su riqueza y sabiduría, aun cuando tengamos que seguir luchando contra el patético racismo que existe en México hacia estos grupos.

«Cuando se conoce la realidad, se puede hablar de ella, se ilumina desde el Evangelio y, al mismo tiempo, se sigue en diálogo con la gente”.

Después de Chiapas, pasé a desempeñarme como obispo en Saltillo, Coahuila. En una diócesis semiurbana e industrializada como ésta, lo prioritario fue llegar a los barrios de la periferia, a los últimos. Ahí la situación era y sigue siendo crítica, hay colonias en las que no hay acceso a la urbanización y hemos tenido que luchar para que ahí se coloque drenaje, de manera que los habitantes tengan agua, aunque en la ciudad, la distribución del líquido esté semiprivatizada (a través de la empresa Aguas de Barcelona). Además de estos problemas, también se puede ver que la industria está chupando el agua y están dejando sin ésta a la gente de ejidos y ciudades.

En esta zona, la evangelización se hace de otra manera. Considero vital generar grupos al interior de las maquiladoras, de obreros de las diferentes fábricas y parques industriales para escucharlos y compartir su realidad. Los grupos vulnerables a quienes se tiene que acompañar en la vida —conste que no he dicho que hay que llenarlos de sacramentos— siguen siendo los campesinos del desierto, las víctimas de violencia de género, los jóvenes que siguen reclutándose en los cárteles del crimen organizado, las niñas, niños y adolescentes solos, con tendencias suicidas, las familias de los desaparecidos y las de las víctimas de feminicidio, los migrantes y refugiados que llegan por miles al norte del país.

Las Bienaventuranzas y los descartados

En torno a esta reflexión sobre cómo llevar el Evangelio en esta realidad de violencia e injusticia, me gustaría tomar las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) para analizarlas desde esta perspectiva:

Felices quienes tienen alma de pobres [pobres de espíritu], porque les pertenece el Reino de los Cielos. Felices las personas pacientes [mansas], porque recibirán la tierra en herencia. Felices las personas afligidas [que lloran], porque serán consoladas. Felices quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciadas.

Los grupos de personas de esta primera parte padecen la indolencia de la sociedad en la que viven, una cuyas estructuras están muy lejos de ser justas, en donde deliberadamente son marginadas y explotadas por quienes —amparados en estructuras políticas y económicas que en absoluto trabajan para favorecer la justicia social— propician el empobrecimiento de los demás. Estos sectores organizan, ya sea a nivel nacional como internacional, un mundo a su favor, a través de estructuras de poder en donde ellos se encuentran en la cúspide y dejan fuera a los que se encuentran en la base.

Dios, de manera muy especial, cuida de las víctimas de ese egoísmo para que no les falte lo necesario para su crecimiento y desarrollo integral. Esto lo realiza a través de personas evangelizadas que son muy solidarias entre ellas y que facilitan, a través del apoyo recíproco, el progreso al que una sociedad tan individualista no les abre la puerta. Un ejemplo es el que se ha podido construir a través del establecimiento de asociaciones cooperativas para liberarse de empresas y sindicatos que han explotado a muchos. Gracias a su organización, han podido vender materiales reciclables (algo que normalmente recolectan en los basureros públicos y que venden a precios irrisorios). Estos grupos, ya organizados como cooperativas, han podido recolectar muchos materiales de desecho para reciclarlos y utilizarlos como materia prima en la fabricación de cosas útiles para sus hogares o para la fabricación de otros productos más complicados, que pueden vender después, pero ya con un valor agregado.

Este ejemplo es uno de tantas acciones excepcionales, donde, gracias al apoyo de mucha gente y de asociaciones generosas —que buscan el progreso de la sociedad entera— se permite que las personas salgan de las situaciones deplorables a las que fueron arrojadas por no tener acceso a la educación, por haber cometido un delito, por tener alguna limitación por cuestiones de salud, por una explotación laboral esclavizante, por haber tenido que huir de sus países, o por otros motivos que llevan a tantos seres humanos a los límites para poder sobrevivir.

El siguiente grupo que menciona el discurso de las Bienaventuranzas (Mt 5, 7-10) es el de «las personas misericordiosas»; las de «corazón puro»; las que «trabajan por la paz» y, finalmente, a quienes se persigue «por practicar la justicia». En este segundo grupo se incluye a los actores sociales que contribuyen a la paz y la concordia en la sociedad. El Señor Jesús menciona a quienes con sus actitudes positivas están construyendo un mundo con valores trascendentes, que permiten que exista la convivencia humana de un modo muy positivo. Personas conscientes de su responsabilidad social —algunas veces cristiana— con un corazón muy grande, abierto al bien de todos (los seres humanos, sin excepción alguna, sin excluir a nadie y que tienen bajo su mirada a todo el pueblo). Estas son personas que nos hacen falta en la sociedad y que nos hacen crecer.

«Hoy no se puede evangelizar en abstracto, si queremos ayudar a la gente que esta sufriendo, tenemos que estar cerca de ella, analizar las causas de lo que les afecta y ayudarla a que se organicen y puedan enfrentar sus problemáticas”.

Según la versión de san Mateo, la última Bienaventuranza de Jesús es, al mismo tiempo que una muy buena noticia, una advertencia para sus quienes le siguen e imitan su ejemplo de amor:

Felices ustedes, cuando se les insulte y se les persiga, y cuando se les calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que les precedieron (Mt 5, 11-12).

El referente que hace Jesús a profetas del Antiguo Testamento es importante, pues nos debe quedar muy claro que somos seguidores del Profeta de profetas, cuya persecución a muerte fue ya prefigurada por los profetas asesinados antes que él. Jesús nos habla también de lo fuertes que debemos ser si eso nos ocurriera, esa persecución no nos debe acobardar, sino alegrar. Si por actuar con honestidad, verdad y justicia, somos víctimas de la violencia que crece en nuestras comunidades, debemos seguir con plena confianza y esperanza de que nuestro actuar permeará y nuestro ejemplo transformará las mentes y corazones llenos de ira.

A manera de conclusión, me gustaría terminar con otra referencia del papa, que nos habla de «recuperar la amabilidad» (Fratelli Tutti, 224), ante el hecho de que, por nuestras distracciones, indiferencias y egoísmos, no tenemos tiempo ni energía para tratar bien a las demás personas. El esfuerzo por prestar atención, regalar una sonrisa, entregar una palabra que estimule o generar un espacio de escucha, supone valoración y respeto, y previene conflictos. Tomemos este consejo, nadie ha dicho que la evangelización de hoy es adoctrinamiento, tortura y amargura. Me atrevo a decir que evangelizar a las personas descartadas y abandonadas no generará solamente aplausos, al contrario, más bien provocará molestias en los sectores del poder que se incomodan siempre con la búsqueda de la justicia y la radicalidad del Evangelio.

Hoy no se puede evangelizar en abstracto, pues si queremos ayudar a la gente que está sufriendo, tenemos que estar cerca de ella, hacer un análisis de las causas de las cuestiones que les afecta y ayudarla a que se organicen y puedan enfrentar sus problemáticas. Ya no se puede hablar en el aire, sino desde la base, y con asociaciones y redes de distintos espacios de la sociedad, desde donde puedan surgir las alternativas que garanticen el que toda persona pueda gozar de todos sus derechos. Juntos, mujeres y hombres, tenemos que dar respuestas a la vida.

Las Bienaventuranzas, a las hoy hemos citado, también nos muestran la actitud que debemos tener en medio de nuestro vivir cotidiano, en el que somos ejemplo y, por ello, maestros de a pie. En esa evangelización que hacemos por la búsqueda de la paz, la promoción de la justicia y los derechos humanos, no puede faltar la celebración de la vida, los intentos porque seamos felices en lo personal y además para la realización plena de quienes caminan a nuestro lado, de aquel prójimo al que debemos proteger si se cae en medio de nuestro camino. Esa es la tarea que nos toca hacer hoy día a 530 años de la evangelización de nuestro continente.  

Un comentario

  1. Excelente relexion , padre.
    Me quedo con….no evangelizar en abstracto
    Me quedo con….el predicador en su papel debe hablar de lo que es verdadero y esencial de una vida integral, no solo de como rezar el rosario…

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