Llevo días dándole vueltas a una imagen que no me suelta. El mundo entero viene a mi país a ver futbol y yo, que crecí viendo a mi familia y amigos amar este deporte, no consigo alegrarme del todo. Algo se me atraviesa. Creo que ya sé qué es. El futbol que yo conocí era un vínculo: la cascarita en la calle, el radio compartido, el abrazo con desconocidos cuando caía el gol. Ese raro milagro de que un balón hiciera pueblo. Lo que llega ahora a inaugurarse entre vallas y protocolos se parece cada vez menos a eso. Sigue siendo el mismo juego y ya es otra cosa: espectáculo que se compra, escaparate que exige que la ciudad se vea bonita aunque por debajo duela. Y, mientras se alza ese telón, en las avenidas marchan los transportistas que piden no morir en las carreteras, los campesinos que defienden una tierra que los está dejando y unas madres que excavan con varillas buscando a sus hijos desaparecidos, porque nadie más los busca. Sobre todo ellas. No se me van del pensamiento.
En estos días he estado leyendo a Spinoza y hay una proposición suya que me ayudó a nombrar lo que siento. Habla del amor más alto de que somos capaces y dice de él algo extraordinario: que «no puede ser mancillado por un afecto de envidia ni de celos, sino que se fomenta tanto más cuantos más hombres imaginamos que están unidos con Dios por el mismo vínculo del amor». Me detuve ahí. Pensé: esa es la definición exacta del bien que el futbol fue para nosotros alguna vez. Un bien que crecía cuanta más gente lo compartía. Nadie tenía menos gol porque el vecino gritara más fuerte; al contrario, el grito ajeno agrandaba el propio. Hay bienes así, que se multiplican al repartirse, como el conocimiento o la música. Y hay bienes que funcionan al revés, que sólo valen si otros quedan afuera: el palco, la reventa, la ciudad maquillada para la cámara. Lo que me duele del Mundial no es el futbol. Es ver un bien del primer tipo administrado con la lógica del segundo. Un vínculo convertido en mercancía, que es la manera más silenciosa de deshacer un vínculo.

Foto ©Centro Prodh
Spinoza me dio también otra medida, más severa. Él, que leyó la Escritura con más libertad que nadie en su siglo, concluyó que toda la religión verdadera se reduce a dos palabras: la justicia y la caridad. «Quienes aman la justicia y la caridad, por eso sólo sabemos que son fieles», escribió. Lo demás, los dogmas y las ceremonias y los estandartes, es envoltura. La razón, bien usada, no lleva a otra parte. Su punta más alta, eso que él llamó el amor intelectual de Dios, no es una fuga mística para iluminados. Es entender el mundo tan hondamente que ya no se puede sino amar lo que existe y obrar bien con los que existen con nosotros. Justicia y caridad como destino de la inteligencia: ése es Spinoza entero. Con esa vara me pregunto qué estamos celebrando. Una fiesta que necesita no ver a las madres que buscan, no pasa la prueba de la caridad. Un país que puede organizar la logística de un Mundial pero no la búsqueda de sus desaparecidos no pasa la prueba de la justicia. Y conste que no digo que la fiesta sea mala. Digo que la fiesta sin justicia es ruido, y que la emoción sin caridad es anestesia.
Luego volví a un libro que me acompaña, el de Alexandre Matheron sobre el Individuo y la Comunidad en Spinoza, y encontré ahí la explicación de por qué el futbol pudo ser lo que fue. Matheron muestra que para Spinoza la vida social no empieza en los contratos sino en algo más elemental: la imitación de los afectos. Sentimos lo que vemos sentir. La alegría del otro se nos contagia, y también su tristeza. Por eso un estadio puede llorar junto y una colonia entera abrazarse por un gol: somos esponjas unos de otros, y el juego es una de las máquinas más perfectas que hemos inventado para contagiarnos alegría. Pero Matheron enseña también la otra cara. Esa misma imitación afectiva, librada a sí misma, fabrica rivalidad, envidia, fanatismo; queremos lo que el otro quiere y ahí nos desgarramos. La comunidad pasional es frágil porque está hecha del mismo material que la discordia. Sólo la razón convierte ese contagio en comunidad firme: cuando entendemos que nada nos es más útil que la otra persona, el vínculo deja de ser humor del momento y se vuelve estructura. Hay en su lectura una idea que me parece la más hermosa de todas: ni siquiera la sabiduría es un bien privado. La beatitud del sabio se comunica, crece compartida, como aquel amor de la proposición veinte. Hasta lo más alto de la vida humana es, en Spinoza, un bien de multitud.
Entonces se me junta todo. Lo que está pasando esta semana en mi país es la disputa entre esas dos lógicas, jugada en público. De un lado, el vínculo degradado a espectáculo: la emoción administrada, el contagio afectivo capturado para que mire hacia la cancha y no hacia la fosa. Del otro, el vínculo en su forma más pura y más dolorosa. Una madre que persevera. «Cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser», dejó escrito Spinoza, y ella persevera en el ser de su hijo, que es la forma más extrema del amor que conozco. Alrededor de ella otras madres, colectivos, desconocidos que se van sumando. Comunidad naciendo de la herida, exactamente como Matheron describe que nace: del afecto compartido que la razón va volviendo organización, brigada, memoria. Qué irónico y qué exacto. El vínculo verdadero de estos días no está en el estadio, está en las marchas. Ahí hay gente unida por algo que crece al compartirse, mientras en el palco se reparte un bien que se achica con cada invitado de más.

Foto ©Centro Prodh
No quiero terminar amargado, porque ni Spinoza ni el futbol lo merecen. El balón no tiene la culpa. Sigue siendo capaz de lo que siempre fue capaz, y alguna tarde de estas semanas, en algún gol, millones de personas que no se conocen van a abrazarse, y ese segundo será verdadero aunque todo el aparato alrededor no lo sea. Lo que me llevo de estas lecturas es una tarea, no una condena. Si «el verdadero fin del Estado es, pues, la libertad», como dejó escrito Spinoza, entonces el fin de una fiesta nacional no puede ser distraernos de los que faltan.
Tendría que ser lo contrario: recordarnos lo que el juego sabía antes de volverse industria, que la alegría de uno necesita la alegría de todos para estar completa. Que no hay gol que valga mientras una madre excava sola. La razón, si la dejamos llegar hasta el final, no nos pide renunciar a la fiesta. Nos pide algo más difícil: hacerla digna de todos los que deberían estar en ella, incluidos los que ya sólo podemos buscar. Justicia y caridad. No se me ocurre mejor alineación para un país.
Para saber más
Matheron, Alexandre. Individuo y comunidad en Spinoza. Traducción de Nicolás Lema Habash. Buenos Aires: Cactus, 2025.
Spinoza, Baruj. Obras completas y biografías. Edición, traducción, introducción y notas de Atilano Domínguez. Madrid: Guillermo Escolar, 2021.
Spinoza, Baruj. Tratado teológico–político, cap. 20, en Obras completas y biografías.






