La cuarta sede: Tijuana como apropiación del deporte en lo colectivo

El fútbol, con todas sus imperfecciones, nos sigue demostrando su poder de hacer comunión. En este Mundial hemos podido ver cómo, a pesar de que a los ojos de la FIFA el fútbol es más bien un producto, la gente aún reclama en el deporte aquellos espacios de encuentro en los que la convivencia se hace más fuerte a partir del juego. Existe una más que evidente tendencia por parte de la FIFA por hacer del deporte un evento de élite, de elevar exageradamente los precios de las entradas o reservar los torneos importantes al mejor postor (como sucede generalmente con las sedes mundialistas). Así, en los últimos años el fútbol parece encontrarse en una disyuntiva: por un lado, el negocio que la FIFA ha logrado con las Copas del Mundo parece demasiado buena como para dejarla ir; esto viene, sin embargo, de la mano con dejar a un lado a su consumidor más fiel: el aficionado que asiste cada fin de semana a los estadios. Además de los ya mencionados intereses económicos, también los hay políticos, que interceden en hacer del deporte un espacio de encuentro común. Ante este panorama, la gente se abraza más que nunca a lo que hace del deporte una parte esencial de la vida humana: la esperanza. De esta manera, se toman pequeños espacios de rebeldía para reapropiarse del juego; tal es el caso de Tijuana y la selección de Irán.

Con Estados Unidos recibiendo 78 de los 104 partidos mundialistas que se jugaron en total, pareciera que la copa de este año estaba diseñada enteramente para ellos desde un principio, con Canadá y México como meros acompañantes. Sin embargo, parece también que Estados Unidos no estaba del todo dispuesto a recibir todo lo que implica un Mundial; es decir, estaba listo para las grandes potencias, estrellas mundiales y, por supuesto, enormes ganancias económicas, pero no para las selecciones periféricas y menos llamativas. Tal fue el caso de Irán, que junto al del árbitro somalí Omar Artan, fueron hechos menos por la principal sede mundialista. Y, si bien estos dos casos fueron consecuencia de las políticas migratorias americanas, la FIFA tampoco hizo mucho por revertir tales situaciones, sino que volteó la mirada y dejó las llaves del Mundial a los Estados Unidos; a partir de ahí, estos decidían quién era bienvenido y quién tenía que irse del país en cuanto acabara su partido correspondiente como ocurrió con Irán. 

Foto: Depositphotos

Este año a México le tocó recibir su tercera Copa del Mundo en sus tres sedes. Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara; sin embargo, hubo una cuarta sede no oficial que se presentó como la más cálida para con sus invitados: Tijuana. Estas ciudades recibieron la competencia en un contexto socioeconómico que indicaba que lo mejor era no celebrar un evento masivo como tal. Por poner algunos ejemplos, la crisis de desaparición forzada o las olas de violencia como la sucedida en febrero en el estado de Jalisco, sugerían una inestabilidad que no daba buenas señales para que un país albergara un evento masivo de carácter internacional. Esto, sin mencionar que a unos días del partido inaugural las protestas por parte del CNTE sugerían que hay problemas mucho más serios por atender antes de albergar un Mundial. Más aun, el mundo entero parecía estar atravesado en una división tan ancha que también logró por momentos afectar al deporte. Y, sin embargo, la pelota siguió rodando. Si algo de bueno se puede rescatar de un torneo como este es la unión de un pueblo entero en torno a un objetivo común; por supuesto, tal objetivo es el mismo que comparten las 48 selecciones participantes. Es ahí que se puede entender el Mundial como un espacio para la comunión: el compartir una ilusión, con un horizonte de esperanza. De poder pensar que, aunque sea en la superficie, un país entero se puede permitir soñar por un mes. Se trata de encontrar espacios para compartir, no de ignorar los problemas cotidianos, sino de permitirnos, en medio de esa misma cotidianidad, un momento para encontrarnos y hacer comunidad.

Así lo entendió Tijuana con la selección de Irán, pues acogió a un grupo maltratado por las políticas migratorias de Estados Unidos, porque vio en los iraníes un grupo de individuos reunidos con el mismo sueño. No se quedó con la imagen de unos tipos «con pasados sospechosos» ni la sospecha infundada que causó su mala estadía en el Mundial.

La incertidumbre en torno a la participación de Irán en el Mundial inició meses antes de hacer campamento en Tijuana. Irán llegó al Mundial como el invitado incómodo, y tras el estallido del conflicto con Estados Unidos en febrero del presente año, esto se hizo aún más evidente. En marzo, a tan sólo tres meses de la inauguración del torneo, Donald Trump advirtió a la selección iraní no asistir a Estados Unidos, pues no podía prometer que gozaran de la misma seguridad al resto de países.

Tras estas declaraciones, la embajada de Irán en México expresó su deseo de que los partidos de su selección se pasaran a la sede mexicana. La decisión de que Irán jugara en territorio estadounidense, empero, no cambió. A pesar de esto, y de que, en teoría solamente, un país mundialista debe ser capaz de recibir a todos sus invitados y, según la FIFA, debe también garantizar facilidades migratorias y de seguridad, a Irán se le entregaron sus visas a tan sólo diez días de su primer partido en Los Ángeles. Esto sin mencionar que parte de su staff fue denegada de su visa por presuntos vínculos terroristas. Tras este hecho, la selección de medio oriente decidió mover su campamento de Arizona a la ciudad de Tijuana. Lejos de mejorar la situación, se le notificó a la delegación iraní que en cuanto terminaran sus partidos en Estados Unidos tendrían que regresar a su campamento. Tal situación afectaba claramente la igualdad de condiciones para la competencia.

La alianza entre Irán y México empezaba entonces desde la adversidad; una hermandad que cobra sentido frente a la solidaridad. Un encuentro común que nos recuerda lo que el deporte (y en este caso, el Mundial) es capaz de lograr: espacios donde la competitividad se transmite de manera amistosa. A su llegada a Tijuana, los iraníes se toparon con la sorpresiva calidez de una ciudad que no mantenía ningún vínculo con ellos, hasta ese momento. La cooperación que Irán no percibió por parte de Estados Unidos, México se la dio como en una «segunda casa». Así, ambas naciones mostraron que el deporte siempre tiene su carga política, pues con las tensiones que atraviesa cada una lograron formar comunidad como forma de resistencia.

Fue un Mundial atípico. México lo resintió también, pero se unió en una fiesta con la que el pueblo pudo recordar por qué el fútbol es tan celebrado a nivel mundial. La comunidad entendió, por lo menos en México, que el deporte puede ser practicado solamente en lo colectivo. Si bien no pueden obviarse las muestras de violencia entre los propios aficionados o la máquina de generar dinero que resulta también el futbol, es de rescatar el esfuerzo de la gente por unirse a celebrar un deporte colectivo.

Lo que Tijuana mostró, a partir de la calidez humana, fue una rebeldía a tratos injustos y dispares por parte del organizador del Mundial. Un pequeño resquicio de esperanza en contexto dispares, en donde la gente supera las situaciones adversas desde la solidaridad. Así la población tijuanense adoptó a jugadores y afición con los que no compartía más que la ilusión que un torneo de tal magnitud genera. Porque el deporte genera eso: un escaparate para la unión que se alinea conforme a un sueño colectivo. Va más allá de los eslóganes comerciales del tipo «el fútbol une al mundo» porque, si bien en teoría, eso debería hacer, la realidad es que quien maneja el fútbol permite la división; va más allá, decíamos, porque la gente que vive el deporte día a día se apropió de las calles y recibió a los iraníes como si estuvieran en su casa.

Las muestras de cariño, el apoyo antes de que estos partieran a cada partido, la serenata que les llevaron al hotel; todos esos ejemplos de unión demuestran que el Mundial puede ser más que un negocio o una competencia divisoria.

Tijuana compartió la ilusión de competir con Irán porque la gente entendió que el sueño mundialista se fundamenta en la esperanza de poder trascender y representar a su país. La empatía como motor de la competencia logró unir a dos pueblos en contextos muy distintos, pero que logran entenderse desde ese sueño de jugar un Mundial. La competencia desde la fraternidad trascendió el resultado dentro de la cancha, pues, aunque Irán se fue eliminado en fase de grupos, se fue también con un buen sabor de boca. A pesar de todo, con una organización que no le apoyó en ningún momento y de que su resultado final no fue el mejor, pudo hacer comunidad con otra gente. Este Mundial nos recordó que el valor del juego no se encuentra en el ganar a como dé lugar, sino de encontrarse con el otro desde la sana competencia.

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