Son muchas y complejas las causas de los conflictos entre personas, grupos, naciones… una de ellas (ni la más frecuente, ni violenta…) son las diferencias entre las culturas y las religiones que por sí mismas —y, peor aún, combinadas con otras causas— han producido diversos conflictos. Sin embargo, es deseable y posible manejar esas diferencias de otra manera: no como incompatibles sino más bien complementarias. Es lo que ha realizado el movimiento ecuménico entre las diversas iglesias cristianas y que acogía Juan XXIII diciendo que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Entonces, si descubrimos eso que nos une y ponemos en ello el énfasis y aprendemos a manejar las diferencias sin agresión podremos lograr avances significativos e influyentes no sólo en el diálogo verbal sino también en múltiples colaboraciones. El Concilio Vaticano II dio pasos en ese sentido e invitó a continuarlos, y los papas Francisco y León lo han hecho también con viajes muy significativos.
Para seguir avanzando hay varias vías, una muy importante es tener mayor claridad en la jerarquía de los diversos elementos que constituyen la vida de nuestra Iglesia católica, y hacerlo a la luz de la enseñanza de Jesús mismo. Recordaba yo que el papa Francisco plantea algo semejante en Evangelii Gaudium 35–36 hablando del corazón del Evangelio. Releí el capítulo entero y veo que lo desarrolla con lucidez y entusiasmo, aunque con un propósito diferente: buscar, orientar y motivar el dinamismo evangelizador de una conversión pastoral para una Iglesia en salida.
Lo prioritario para Jesús
Parecería que debería ser evidente en la Iglesia, pero las evidencias muestran que no lo es. Para mí son clave dos pasajes: el buen samaritano (con sus paralelos) y el llamado juicio final.
El profesor de Antiguo Testamento le pregunta a Jesús precisamente eso: «¿Qué es lo más importante de todos los Escritos?». Y la respuesta es nítida: el amor al Padre que se manifiesta en el amor a sus hijos e hijas. Luego la parábola lo ejemplifica magistralmente: misericordia con el necesitado, lo que no viven los profesionales del templo y sí el oficialmente discriminado.
En Mateo 25 Jesús nos dice con claridad y sencillez qué tipo de acciones son las que realizan la salvación para el agente y el receptor. (Una paráfrasis ilustrativa no dice: «Tuve hambre y ustedes bautizaron a sus hijos o iban a misa o se casaron por la iglesia…») Y luego añade que muchos lo habrán hecho sin tener conciencia de que Jesús se identifica con las personas necesitadas.
Otro pasaje muy importante es la presentación que Jesús hace en Nazaret del sentido de su misión (Lc 4, 16–21) (cfr. Is 58, 6 y Lv 25,10). Nos dice que viene a realizar el año de la gracia de Dios, es decir, restaurar la hermandad entre todos los miembros del pueblo mediante el perdón de todas las deudas y la recuperación de la libertad de todos los esclavos, y tiene también un componente ecológico en dejar descansar las tierras productivas.
La primera carta de Juan («Dios es Amor») y Gal 5, 22 (cuáles son los frutos/señales del Espíritu) nos confirman la centralidad de este doble amor.

La plataforma para el diálogo y la colaboración entre religiones y culturas
Creo que precisamente eso que Jesús nos enseña como fundamental y prioritario, es decir, la hermandad básica, generosa y amplia, constituye ese punto de encuentro, esa plataforma de comunión. Muchos ya la han vivido, aunque quizá no con una conciencia y formulación expresa, y creo que está llena de posibilidades para sinergias en crecimiento y difusión.
Y simultáneamente sirve de criterio para caer en la cuenta de las fronteras que implica la sinodalidad (inclusión, participación, misión) que Francisco nos invita a procurar. Pueden quedar incluidos todos lo que quieran vivir ese espíritu y se autoexcluyen quienes prefieren dejarse llevar por egoísmos, avaricias, prepotencias… todo lo que destruye la hermandad.
Ahora, entre los sí incluidos (personas, comunidades, religiones…) en ese ámbito y tareas comunes hemos de desarrollar la capacidad para percibir mejor todo eso que tenemos en común y hacer que fructifique más en todos los ámbitos de nuestra vida: economía, ecología, cultura… y también aprender a manejar las diferencias enfocándolas más como complementarias y no contradictorias.
Así, en sus viajes a países con mayorías no católicas, tanto Francisco como León han puesto de relieve la posibilidad y la necesidad de colaborar con otras religiones en múltiples desafíos comunes frente al hambre, el cuidado de la casa común, la construcción de la paz y la justicia…
Igualmente hemos de descubrir muchas oportunidades de colaboración fecunda con anhelos de hermandad universal manifestados de múltiples maneras. Pongo como ejemplo un par de canciones: “Imagine”, de Lennon y “Quand on n’a que l’amour”, de Jacques Brel. Y advierto que Lennon rechaza expresamente las religiones, pero matiza que lo hace en cuanto han sido ocasión para matar y hacer la guerra.
Para caminar mejor en esa doble tarea de fortalecer lo común y hacerlo fecundo y de manejar adecuadamente las diferencias, señalo ahora otro quehacer más hacia el interior de cada uno de los posibles colaboradores.
Jerarquización y reformulación de todo lo demás
A la luz de este criterio fundamental del amor de hermanos hemos de valorar qué tanta importancia tienen los demás elementos. Pongo como ejemplo el dogma, la moral y los sacramentos de la Iglesia católica. Es evidente que los tres y todos sus componentes tienen importancia, pero no son lo fundamental. Ya Jesús repetía con frecuencia la enseñanza de los profetas: «Misericordia quiero y no sacramentos». Y con un poco de mayor precisión: el sentido de todos los sacramentos es ayudarnos a crecer en misericordia, no a reemplazarla. Pero en la Iglesia prevaticana nos enseñaban otra jerarquía y eso permanece en muchos ambientes católicos. Evangelii Gaudium lo advierte con claridad e insistencia; insinúa algunos ejemplos, pero más bien deja la tarea pendiente.
Un ejemplo de reformulación de dogma: el monoteísmo lo podemos expresar así: el único Dios verdadero es el Amor que incluye la doble dimensión filial/fraterna. Y ese nombre fundamental de Amor admite diversidad de «apellidos», teniendo siempre mucho cuidado que ese apellido no contradiga el amor. (Los conquistadores españoles decían adorar a Cristo, pero su Cristo esclavizaba a los indios…).
Amoris Laetitia sí se anima a avanzar en la corrección de varios de esos pendientes; pero ha encontrado oposición en ambientes conservadores.
A modo de conclusión abierta
Hacia un diálogo intercultural e interreligioso hemos de poner en el centro la dignidad de toda persona humana y la consiguiente actitud y vivencia de la hermandad universal. Este fundamento básico de todo humanismo puede ser entendido y razonado de distintas maneras, pero encontramos en él coincidencias esenciales y profundas. Que coincide también con lo prioritario de la enseñanza de Jesús que pone en el centro el doble amor a Dios como Padre(/Madre) inseparable del amor afectuoso, servicial y fraterno. Cada quien reconoce esta centralidad compartida sin tener que negar la convicción propia personal más profunda, antes, al contrario, dándole mayor hondura y pureza, y entonces colocando en el lugar que le corresponde (en un proceso prolongado, incluso permanente) a elementos que son importantes, pero no constituyen el mero centro. Y así se va descubriendo que las diferencias innegables, lejos de ser incompatibles y motivo de enfrentamiento, son complementarias y llegan a constituir un abanico o caleidoscopio armónico.






