
Despertar movimientos interiores y dinamismos comunitarios mientras se presenta la persona de Jesús no es una tarea fácil. Es un arte que se hila fino; una labor de siembra, gratuidad y de una constante renuncia a nuestros esquemas adultocentristas que creen saber lo que las y los jóvenes necesitan.

Un día, hablando con una estudiante universitaria sobre la maternidad, me dijo: «Yo no pienso tener hijos, ¿para qué? Si el mundo se va a acabar en 2050». Yo le respondí que obviamente eso no era cierto, que cómo podía asegurarlo…

Ellos siguieron a Jesús, el cual, al darse cuenta de que venían detrás de Él, les preguntó: «¿Qué buscan?». Ellos le respondieron con otra pregunta: «Maestro, ¿dónde vives?». Jesús les dijo: «Vengan y lo verán».

Entró en mi hogar. Yo le ofrecí un gran banquete. Poco antes, mientras yo trabajaba en mi negocio de impuestos, Él me había dicho, había ordenado: «Sígueme».

A pesar de que ha pasado un mes desde la inauguración de los Juegos Olímpicos, seguir analizando el evento desde la fe católica resulta esencial. La reflexión sobre los límites morales, así como la representación drag que causó polémica, nos invita a cuestionar ¿qué habría dicho Jesús al respecto?

Se cuenta para no olvidar, se cuenta para no repetir una situación dramática, se cuenta para resignificar una catástrofe, se cuenta porque nos vincula con una comunidad específica.

En Dune II nos presentan un universo con muchos mundos; en uno de ellos habitan los Fremen, un pueblo del desierto bajo el dominio de extranjeros que, por encomienda imperial, llegan a explotar la ‘especia’, la sustancia más valiosa del universo.

Me gustan las verdades tajantes, el agua clara, el fuego que desciende del cielo para destruir a quienes no estén con nosotros y, si se puede, conquistar los primeros lugares del reino.

Abro mi mente y te doy gracias, Jesús.
Abro mis brazos y te abrazo, mientras la cálida luz vespertina entra por la vieja ventana.

El amor sin límites de Dios es el único capaz de sanarnos las heridas del desamor que se hallan en la base de nuestra identidad enferma, egocéntrica.