
«…La puerta del corazón de Dios está abierta…» Estas palabras retumbaron en mi corazón el pasado 24 de diciembre, en la noche de Navidad, cuando el papa Francisco abrió la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro y se dio inicio al Año Jubilar de la Esperanza.

No hacen falta argumentos. Las mujeres carecen de la potestas que tienen los hombres de Iglesia: potestas sacra recibida por el sacramento del orden.

E n su libro Conversión Sinodal en la Iglesia Mauricio López Oropeza nos ofrece una

A lo largo del primer período del Concilio se fue generando la conciencia de que el esquema sobre la Iglesia tendría que ocupar un lugar central.

No hace falta un esfuerzo sobrenatural para reconocer que la Iglesia está en crisis vocacional hoy en día.

Entre aquellos que quedaron molestos con la inauguración de los Juegos Olímpicos de verano, está un buen número de cristianos, sobre todo católicos conservadores. Les reprochan a los organizadores la escena donde se ve a una serie de drag Queens interpretar algo que parece la última cena de Jesucristo.

La exhortación apostólica Evangelii Gaudium es un documento fiel a lo que los propiciadores del Concilio Vaticano II apostaron: un horizonte eclesial liberador. En esta exhortación excelsa Francisco insiste en la necesidad de volver a las raíces del Evangelio.

Estaba yo por sentarme a escribir tranquilamente sobre algunas deidades femeninas en otras culturas —como lo había prometido en la columna anterior-— pero tuve que detenerme en seco, porque el papa Francisco señaló en la conferencia «Hombre–Mujer Imagen de Dios.

En esta última entrega recupero los razgos esenciales que permiten asumir los dinamismos de la participación eclesial, en forma de red y a modo de procesos eclesiales que miran a largo plazo. Las cuales, necesitan continuidad en el acompañamiento, así como de una estructura flexible pero consistente, y con liderazgos capaces de adaptación y de lectura de los signos de los tiempos.

Somos el resultado de nuestra historia, de referentes culturales, procesos formativos, experiencias simbólicas (de fenómenos religiosos) y del espacio geográfico donde hemos vivido, con sus circunstancias y acentos, y, sobre todo, somos resultado de nuestras decisiones con respecto a la relación con otros seres humanos y nuestro entorno.