«El Domingo de Ramos nos coloca en una escena profundamente paradójica: Jesús entra a Jerusalén aclamado como rey, pero lo hace desde la humildad, montado en un burro, sin poder, sin violencia, sin imponerse. La multitud grita «¡Hosanna!», pero pocos días después esa misma ciudad será testigo de su condena. Este contraste no es solo un hecho del pasado: es un espejo que ilumina nuestras realidades actuales».
José Luis Rivero Rojas, S.J.

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