Dios en nuestros niños y niñas migrantes

«Piececitos de niño dos joyitas sufrientes, ¡cómo pasan sin veros las gentes!» 

— Gabriela Mistral

Miles de niños, niñas y adolescentes son migrantes en el mundo. Recorren cientos de kilómetros con la intención de buscar una vida mejor: acceder a la educación, trabajar para enviar dinero a la familia o simplemente aspirar a tener las mejores oportunidades. Algunos viajan solos; otros, en grupo. Algunos solamente con el coyote o guía que los dirige. El recorrido es ya una lucha por la supervivencia. Muchos llegan a México después de cruzar la selva del Darién y la frontera, tras recorrer los más de tres mil 200 kilómetros de territorio nacional, ya sea caminando, en aventón, en tren o escabulléndose en los transportes públicos. ¿Acaso no es momento de poner en el centro de la discusión la realidad, la vivencia y la propia experiencia de las niñas, niños y adolescentes en movilidad?

Los informes oficiales y los debates geopolíticos sobre migración colocan a la niñez en movilidad como una estadística más: se reduce a la niñez meramente a cifras de repatriación o a porcentajes de flujos irregulares. Cuantificar para comprender la magnitud del fenómeno es importante, pero las cifras en sí mismas borran las experiencias individuales y no toman en cuenta la vida, la voz y la agencia de la niñez.

Mi trabajo consiste en investigar sobre el fenómeno de la niñez en movilidad. Eso me ha permitido dialogar con cientos de niños y niñas para descubrir lo que esconde su mirada, sin importar si son de Venezuela, de Ecuador, de Camerún, de México o de cualquier otro país. Mi investigación me permite conocer sus cicatrices, que hablan de su cruce por lugares espinosos; sus miedos, por aquello que les han hecho en el camino; sus sonrisas apagadas; su voz silenciada. Mi investigación también descubre sus ilusiones, sus expectativas y sus esperanzas en que todo puede ser mejor. Específicamente, mi investigación se centra en la imagen de Dios que experimenta la niñez en movilidad, tal como lo desarrollo en el capítulo nueve del libro colaborativo Retos de la migración: perspectivas teológicas, pastorales y sociales desde la frontera publicado en 2026, disponible gratuitamente. Frente a estas realidades, las estadísticas se derrumban y emerge un sinfín de cuestionamientos éticos —y hasta teológicos— que es necesario poner sobre la mesa… y sobre distintas mesas.

Hoy escribo esto porque no me siento sola en este trabajo de acompañar a la niñez migrante… El papa León XIV también tiene el corazón puesto en ellas y ellos; por eso invita a toda la Iglesia a poner atención a la niñez en movilidad. «Incluso uno solo de estos pequeños» es el tema de su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2026. En su mensaje, el papa es claro al denunciar que la indiferencia social reduce a la niñez a una mera y fría estadística que, por ser abstracta, no afecta directamente a nadie más que a los niños, niñas y adolescentes en movilidad, invisibilizando su experiencia, su realidad y su voz. El papa sostiene que el Evangelio nos invita a no hacer cálculos, sino a ser conscientes de que cada voz, cada encuentro y cada realidad cuentan, pues cada ser humano posee una «dignidad infinita».

¡Bien, Santo Padre! No puedo estar más de acuerdo con usted, pues puedo decir que conozco la realidad de la niñez en movilidad y las vulnerabilidades que enfrentan: yo misma migré al norte siendo adolescente. Doblemente bien, pues creo que sus palabras abren la Iglesia a pensar en la niñez en condición de migración como un lugar teológico, es decir, un lugar para el descubrimiento de Dios. Aunque parezca difícil, estoy segura de que en las experiencias de la niñez en movilidad Dios vivo interpela nuestras estructuras sociales —y eclesiales—. ¿Estamos siendo capaces de descubrir a Dios en «los más pequeños»?

Idomeni, Greece – September 24 , 2015: Hundreds of immigrants are in a wait at the border between Greece and FYROM waiting for the right time to continue their journey from unguarded passages

Ahora bien, mi investigación se centra en rescatar la Imago Dei desde la niñez, lo que es un gran desafío para nuestros días: «Mirar» a la niñez y reconocerla en su plena dignidad antes que en su mera condición de migrantes, y descubrir cómo ellos experimentan a Dios. Por eso, en mi capítulo titulado «La imagen de Dios en el tránsito migratorio de niñas y niños a través de México» documento la viva voz de la niñez en movilidad y la severa realidad a la que se enfrentan —sometidos a la intemperie física, a la vulneración psicológica, a los riesgos de distintas violencias y a la desprotección a la que la exponen los adultos—. En ese texto, que es fruto de un proyecto de investigación con la Universidad Iberoamericana y que se realizó tanto en las rutas migratorias como en diferentes centros de acogida, demuestro cómo estos niños, niñas y adolescentes, aun en medio de la adversidad, conservan la capacidad de sobreponerse y la capacidad de jugar para tratar de entender su realidad, al mismo tiempo que manifiestan un profundo sentido de trascendencia, pues ellos mismos experimentan a Dios:

  • «Dios me da mi juguito y mi comida», me dijo Lía, una niña de cinco años proveniente de Honduras.
  • «Dios me ha salvado la vida», me dijo el pequeño Geiderson, de ocho años, quien en su camino desde Venezuela sobrevivió a un secuestro en la selva, además de haber presenciado acontecimientos terribles.

Como se puede ver, para los niños y las niñas que entrevisté Dios no es algo abstracto, frío o ajeno a sus vivencias, sino que es Alguien que se encarna en su vulnerabilidad extrema y en su cotidianidad itinerante. Alguien que les impulsa a vivir aun en medio del peligro: Dios es Alguien que los cuida. Su experiencia es, sin duda, un tesoro —«joyitas», como dice Mistral— para nuestros días.

Ellos, aun siendo los más pequeños, saben y sienten que Dios está con ellos; sin embargo, tal parece que las sociedades no lo están. Por eso toma más relevancia la insistencia del papa León en proteger a estos pequeños y a «custodiar la huella divina impresa en las niñas y los niños en movilidad». ¡Dios está en la niñez y por medio de ella nos interpela como sociedad! No podemos ignorar la voz de Dios en estos pequeños, pues atender su clamor no es una mera cuestión de política pública, sino la prueba decisiva de nuestra propia humanidad. ¿Vamos a seguir ignorando el clamor que brota de sus voces, de sus experiencias en medio de su vulnerabilidad? ¿Vamos a seguir ignorando la voz de Dios que nos pide actuar en medio de tanta indiferencia? ¿Vamos a reconocer a Dios en la simpleza de los detalles del servicio así como ellos lo hacen?

Silvia Correa Ávila tiene una maestría en Teología y Mundo Contemporáneo por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Actualmente realiza un doctorado en Investigación Psicológica, un programa interinstitucional entre el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

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