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Los 7 valores cristianos para educar leyendo la Biblia 

“Muéstrale al niño el camino que debe seguir, y se mantendrá en él aun en la vejez… Quiero que pongas tu confianza en Yahvé: por eso, te he escrito estas treinta máximas, para aconsejarte y advertirte, para que conozcas la verdad y puedas responder con seguridad a quien te pregunte”

(Proverbios 22,6.19-21). 

Si estas interesado en dar una educación integral o inculcar valores a tus hijos e hijas, además de enseñarles sobre tus tradiciones y creencias católicas, la lectura de la Biblia (obviamente de versiones adaptadas para pequeños) es una fuente muy buena para lograr este propósito. Dios ama tanto a sus hijos que quiere tenerlos cerca para que vivan en verdad, lo amen en correspondencia y sean transmisores de vida. Por eso, nos hemos tomado la libertad de exponerte en este artículo los siete valores más trascendentales para enseñar a los niños y niñas, a modo de ejemplo, con sus respectivas fuentes bíblicas, así como una palabra de cómo trasmitirlos a nuestros hijos e hijas. 

¿Qué se entiende por valores cristianos? 

Los valores cristianos son los principios que están fundamentados en la palabra de Dios y vividos de manera plena por Jesús. Son criterios que nos orientan en nuestras relaciones para vivir como hermanos, hacer presente el amor misericordioso de Dios e ir permeando toda nuestra realidad según el querer de Dios. 

Los 7 valores bíblicos que resaltamos son: 

La fe. 

El amor. 

La familia. 

La comunidad. 

Los valores y su transmisión 

Salud = vida = salvación. 

Diálogo = oración 

A continuación, ahondamos en cada uno de ellos, junto con su fuente en la Biblia. 

La fe es un don y una tarea 

“La fe es como aferrarse a lo que se espera, es la certeza de cosas que no se pueden ver… Por la fe creemos que las etapas de la creación fueron dispuestas por la palabra de Dios y entendemos que el mundo visible tiene su origen en lo que no se palpa” (Hebreos 11,1.3). 

“Así pues, la fe nace de una proclamación, y lo que se proclama es el mensaje cristiano” (Romanos 10,17). 

Jesús es la fuente de la fe: «Dijeron los apóstoles al Señor: auméntanos la fe» (Lucas 17,5). 

La fe como, ya sabemos, es un don de Dios, y hay que pedirla, como lo hicieron aquellos primeros seguidores de Jesús. La fe es sentirnos seguros de que estamos en las manos de Dios, sentir su presencia amorosa. 

Así la fe, más que un concepto, es algo mucho más concreto. Y tiene mucho que ver con nuestra vida. Pero hay que descubrirla, experimentarla, porque no es suficiente con saberla. La misma experiencia de cómo la descubrimos puedes darnos una pista de cómo enseñar a nuestro hijo o hija para que la experimente también. Ayudarle a que descubra esa presencia, que acepte ese don, y con ello es posible que muchas cosas cambiarán en su vida. La ventaja nuestra es que tenemos a la mano muchos recursos didácticos: podemos ver una película, hablar de alguna experiencia que estamos pasando, leer alguna historia de la Biblia para niños. Los recursos a nuestro alcance son muchos y muy buenos. El reto es darle un poco de tiempo. 

El amor de Dios 

“Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios” (1 Juan 4,7). 

“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos…” (Juan 15,12-13). 

“Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir” (2 Juan 1,6). 

El amor de Dios, más que definirlo, siguiendo la misma dinámica de la fe, hay que vivirlo. Hay que mostrarlo. No es suficiente decirle a alguien “Dios te ama”. Hay que decirle con hechos lo importante que es para nosotros. Esto es lo que llamamos el kerygma, que en palabras del papa Francisco es lo más importante porque está el principio, en medio y al final de todo el camino de la fe. 

El papa Benedicto escribió al respecto: la buena noticia significa que Dios se ha comunicado. Que no estamos solos. Que somos amados con un amor que no imaginamos. Hay que descubrirlo y en la medida en que lo hacemos, hay que compartirlo con los más cercanos: nuestra familia, hijos, hermanos. Aquellos a quienes sabemos les hará mucho bien. 

La familia es vida y fuente de valores 

“Tus descendientes serán tan numerosos como el polvo de la tierra y te extenderás por oriente y occidente, por el norte y por el sur. A través de ti y de tus descendientes serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Génesis 28,14). 

“Escucha y observa todas las cosas que te mando, y siempre te irá bien a ti y a tus hijos después de ti, por hacer lo que es bueno y correcto a los ojos de Yahvé” (Deuteronomio 12,28). 

“Así, pues, ya no son extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos; ustedes son de la casa de Dios” (Efesios 2,19). 

Todos sabemos de la importancia que la familia tiene en nuestras vidas. Gracias a ella es como llegamos aquí, porque nos cuidaron, nos alimentaron y nos dieron cariño. Pero no es suficiente saberlo. La familia también se hace, se construye día a día con el diálogo, la escucha, el compartir, el cuidarnos, aprender a convivir. Enseñemos esto a nuestros hijos e hijas. Valoremos a nuestra familia, cuidémosla, y a la manera de Jesús abramos nuestro corazón porque, en la fe, todos somos una misma familia. Seamos incluyentes, tolerantes, solidarios. No es nada fácil, pero por experiencia sabemos que nuestros hijos pueden ayudarnos mucho en este tema. Quizá porque han nacido en un ambiente más globalizado, comunicado y relacional. 

La comunidad es vital en nuestro aprendizaje 

Yahvé llamó a Moisés y le dijo: «Esto es lo que dirás a los hijos de Jacob, lo que explicarás a los hijos de Israel: Ustedes han visto cómo he tratado a los egipcios y que a ustedes los he llevado sobre las alas del águila para traerlos hacia mí. Ahora, pues, si ustedes me escuchan atentamente y respetan mi alianza, los tendré por mi propio pueblo entre todos los pueblos…» (Éxodo 19,3-5). 

“Todos lo que habían creído vivían unidos, compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno” (Hechos 2,46-47). 

“Tratemos de superarnos el uno al otro en la forma de amar y hacer el bien. No abandonen las asambleas, como algunos acostumbran hacer, sino más bien anímense unos a otros, tanto más cuanto ven que se acera el día” (Hebreos 10,24-25). 

Los humanos fuimos llamados a la vida para ser seres en relación.  Es más, mientras más nos abrimos al mundo, a los demás, vamos descubriendo que eso es lo que somos: seres en relación; seres para los demás. Abriéndonos es como podemos aprender de la vida, del saber, de otras culturas. ¡Hasta para jugar necesitamos de otros! Pues si jugamos solos no le vemos el chiste; no sudamos, no reímos, no aprendemos. En esto también el gran maestro es Jesús. Su relación con Dios era la medida de su relación con los demás. Por eso sus amigos pueden decir de él: “pasó haciendo el bien”: curando, enseñando, haciendo comunidad. 

Educar en valores como Dios en la historia 

“Estos son los preceptos, las normas y los mandamientos que Yahvé, Dios de ustedes, me mandó, para que yo se los enseñe y ustedes los cumplan en la tierra que va a ser de ustedes” (Deuteronomio 6,1-2). 

“Muéstrale al niño el camino que debe seguir, y se mantendrá en él aun en la vejez… Quiero que pongas tu confianza en Yahvé: por eso, te he escrito estas treinta máximas, para aconsejarte y advertirte, para que conozcas la verdad, y puedas responder con seguridad a quien te pregunte” (Proverbios 22,6.19-21). 

Hijitos míos, les he escrito esto para que no pequen; pero si uno peca, tenemos un defensor ante el Padre, Jesucristo, el Justo… Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandamientos (1 Juan 2,1.3). 

Educar, instruir, enseñar o transmitir son todos ellos conceptos que apuntan en la misma dirección. Para el mundo bíblico, la educación más importante es la que tiene que ver con Dios y su querer expresado especialmente en los mandamientos. Se puede decir que toda la Biblia no es más que una instrucción para que todos podamos vivir como hermanos, teniendo un solo Padre y dador de todo. En esta línea apunta la encíclica del papa Francisco Fratelli tutti (3 de octubre de 2020). Los humanos podemos vivir en armonía mientras nos aceptemos como hermanos, buscando la unidad y cuidando de la Madre Tierra y todo lo que ella contiene. 

Salud, vida y salvación es lo más preciado de Dios para cada uno 

“Que los cielos y la tierra escuchen y recuerden lo que acabo de decir; te puse delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia. Ama a Yahvé, escucha su voz, uniéndote a él, para que vivas y se prolonguen tus días, mientras habites en la tierra que Yahvé juró dar a tus padres” (Deuteronomio 30,19-20). 

“¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él” (Juan 3,16). 

“Porque te salvarás si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos. La fe del corazón te procura la verdadera rectitud, y tu boca, que lo proclama, te consigue la salvación” (Romanos 10,8). 

“Al comienzo de su ministerio, Jesús anuncia la venida del Reino de Dios, acompañándolo con señales; «proclama que ha sido enviado a anunciar a los pobres la buena noticia (Cf. Lc 4,18), dando a entender, y confirmándolo después con su vida, que el Reino de Dios está destinado a todos los hombres», empezando por los más pobres y pecadores, invitando a la conversión (Cf. Mc 1,15). Él inaugura y anuncia el Reino de Dios para cada persona” (Directorio para la catequesis, n. 15). Este número del nuevo Directorio expresa bien el contenido de este valor: vida, salud y salvación tienen el mismo contenido. Dios quiere la vida de sus creaturas y por eso Jesús las cura para reintegrarlas a la sociedad. La salvación empezó con la persona de Jesús: una vida en plenitud que comienza aquí, pero que tiene su culmen en la vida con Dios. 

Diálogo, oración y trascendencia es a lo que estamos llamados todos 

Dios crea el mundo dialogando. 

“En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Dijo Dios: Haya luz… cielo…tierra… hortalizas… lámparas… monstruos marinos y aves…animales vivientes… Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…” (Génesis 1,1-27). 

Dios lleva la historia dialogando a través de profetas. 

“En los tiempos de Ozías… Isaías, hijo de Amós, tuvo esta visión acerca de Judá y Jerusalén. ¡Cielos y tierra, oigan! Escuchen la queja de Yahvé: «Crié hijos hasta hacerlos hombres, pero se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño y el burro el pesebre de su señor; pero Israel no me conoce, mi pueblo no comprende» (Isaías 1,1-3). 

Dios se encarna en Jesús para dialogar con su pueblo. 

“En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba ante Dios en el principio. Por ella se hizo todo… Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan… Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su gloria: la gloria que recibe del Padre el Hijo único; en el que todo era don amoroso y verdad” (Juan 1,1-14). 

Como se desprende de estos tres pasajes, podemos decir que Dios es diálogo, principio de comunicación. Dios inicia este mundo dialogando, luego lo conduce vía los profetas mediante el diálogo y finalmente se encarna en la persona de Jesús, quien, a su vez, realiza todo a través del diálogo. Ya sabemos que el diálogo más profundo es lo que llamamos oración: esa relación amorosa que a diario hacemos con quien sabemos que nos ama. Necesitamos, como el pueblo de la alianza, aprender esta dinámica de Dios con nuestros hijos y seguir la misma pedagogía: dialogar siempre, proponer, sugerir, vivir el diálogo. Para dialogar necesitamos escuchar, para escuchar necesitamos poner atención… El diálogo lo vamos aprendiendo en la medida que lo vamos poniendo en práctica. Lo bueno es que siempre podemos seguir aprendiendo de la vida. 

Como puedes caer en la cuenta, la Biblia está llena de valores. Dios no solo crea un mundo, un jardín hermoso, un ambiente donde nacer y desarrollarnos. También nos ofrece valores para la vida y nos va llevando de la mano con delicadeza, en diálogo, con llamadas de atención, pero siempre atento, presente, cercano. Ojalá pudiéramos hacer lo mismo con nuestros hijos e hijas. Es por eso que te invitamos a ir a la fuente, a la Palabra fundante de la vida. Aquí anotamos tres pasajes de cada uno de estos valores, pero hay muchos más. Lee los textos, interiorízalos. Busca su significado. 

Estos siete valores compartidos son solo una muestra de muchos otros que podemos aprender de la Biblia. Te compartimos estos porque creemos que son necesarios para la vida de hoy, sobre todo ante el ambiente de crisis y violencia que estamos viviendo en diferentes lugares de nuestro planeta. 

Creemos que hace falta que todos pongamos nuestro granito de arena y empecemos a cambiar la situación desde casa, en la familia, desde pequeños. Necesitamos reconocernos hermanos todos, hijos amados de un mismo Padre y llamados todos al encuentro con él. Dios es amante de la vida y no quiere que nadie se pierde, pero él no puede hacerlo todo porque nos hizo inteligentes y libres por amor. 

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