Cuando los Magos volvieron ya no fueron donde Herodes 

«…hemos visto surgir su estrella», dicen al rey Herodes estos sabios que vienen del país de los Magos cuando le preguntan por el lugar de nacimiento del nuevo rey. ¡Cuántos siglos su pueblo miraba al cielo buscando señales que les anunciaran alegría y tiempos de esperanza! Por eso, su camino, guiados por la estrella, no es un camino meramente personal, sino que llevan con ellos toda la tradición de su pueblo y quieren llevar de vuelta una Buena Noticia que alegre el corazón de su gente.

Así llegan a Jerusalén, buscando encontrar en Herodes y en el pueblo de Israel aliados en esa empresa de alegría y esperanza. También en Israel hay toda una tradición a la espera del Mesías, y los sabios a los que Herodes consulta en el templo lo saben y confiesan lo que se les transmitió. El profeta, como el sabio Mago, se convierte en el portavoz de todo el pueblo, que expresa con las palabras proféticas su necesidad de un guía, de un pastor, que sí los lleve a buenos pastos, porque los que actualmente gobiernan no han sabido hacerlo. ¡Qué mejor noticia se le podría dar a un verdadero gobernante, preocupado por su pueblo, que la de que finalmente va a haber una respuesta a sus inquietudes, porque llegará ahora alguien que sí podrá atender las difíciles necesidades de su pueblo!

Sin embargo, no es ese el pensamiento de Herodes, ni de los funcionarios que lo rodean y que el evangelista coloca en el símbolo de Jerusalén. Los habitantes de la gran ciudad y su rey se sienten amenazados por la promesa del buen rey. Tiemblan ante la perspectiva de su nacimiento, porque lo han visto como un competidor, revelando con ello lo que verdaderamente hay en el fondo de su corazón. Herodes y los suyos no han pensado realmente en el bien de su pueblo, no tienen en el corazón los deseos y esperanzas de sus pobres y desfavorecidos, no saben resonar con los trabajos e intentos de los hombres y mujeres a los que dicen regir. Su temblor y sospecha ante el anuncio del buen rey deja ver, inmediatamente, que han traicionado en su corazón, la misión de gobernar que se habían tomado.

Así, los sentimientos contrastan en uno y otro lado: del lado de los Magos de Oriente, alegría. Siendo paganos y con una tradición de estrellas y observación del universo, muy distinta a la de los profetas de Israel, alegría por encontrar lo que resonaba con las esperanzas de su pueblo; del lado de Herodes y Jerusalén, miedo y fragores de guerra. Lo que quieren es destruir lo que de esperanza pueda traer ese nacimiento, porque esa esperanza les resulta una amenaza. No son gobernantes, representantes de su pueblo, sino usurpadores, y el miedo que experimentan ante el anuncio del buen rey lo confirma, pues ni siquiera ellos mismos pueden confiar que se sostendrá lo que han construido, porque no creen que el pueblo los podría apoyar en cuanto se levante ese nuevo rey.

Es esa diferencia la que la Iglesia nos invita a sentir en nuestro propio corazón. ¿Qué es lo que reina? ¿La alegría de la entrega a la esperanza que nos trae la presencia de Dios, cuando responde a las búsquedas y trabajos de nuestro pueblo?, ¿o es, como Herodes, el miedo y la resistencia a soltar, porque sentimos que la presencia de Dios se convierte en la amenaza de perder lo que hemos logrado, y que, con nuestro miedo, nosotros mismos pensamos ilegítimo? La epifanía, la manifestación de Dios en nuestra vida y en nuestra historia, es precisamente el resultado de ese discernimiento.

Herodes no será capaz nunca de reconocer lo que hay verdaderamente en ese Niño y en su nacimiento. No podrá alegrarse y descubrirse invitado por Dios a compartir el trabajo de darle al Niño acogida, oportunidad de crecer y de mostrarnos todo su bien. Herodes, el rey, no podrá sentirse tranquilo en su reinado, sabiendo que todo lo que ha trabajado va en el mismo sentido de lo que podría esperarse de ese buen rey que acaba de nacer. No es que no tenga la sabiduría y la tradición de Israel, sino que, simplemente, no la sabe leer.

Por el contrario, los Magos llevan a su pueblo consigo, y sienten en el corazón su deseo, su esperanza, su búsqueda y lo que les ha guiado a través de los milenios de trabajo y observación. Ahora también pueden comunicar al pueblo el final de sus trabajos, el logro de sus intentos y la plenitud de sus esperanzas. Pueden entonces decir a cada una de las mujeres y de los hombres de su pueblo, «Alégrate, tu trabajo vale la pena, tu esperanza tiene respuesta. No camines ya por los caminos del poder interesado que (como el de Herodes) es traicionero e ilusorio, pues llena de miedo y de sospecha, sino camina por el camino que te traiga esta alegría y permanece fiel a ella». Cuando los Magos volvieron, ya no fueron donde Herodes, sino que siguieron por otro camino. ¿Y nosotros, haremos lo mismo? ¿Qué traemos en el corazón para levantarnos a buscar la Buena Noticia del nacimiento de ese Niño Jesús?

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