La tarde del 20 de junio de 2026, decenas de fieles se unieron en oración por los padres Javier Campos «El Gallo» y Joaquín Mora, S.J., en la parroquia de la Sagrada Familia, en la Ciudad de México. A cuatro años de su asesinato en la comunidad de Cerocahui, en la Sierra Tarahumara, el padre Provincial de los jesuitas mexicanos, Enrique Mireles Bueno, S.J., ofreció una homilía en la que recuperó la memoria y el legado de quienes compartieron vida y misión con el pueblo rarámuri.
«Pidamos a Dios que nos conceda vivir sin miedo», expresó el padre provincial, retomando las palabras del Evangelio de Mateo (10,31): «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». La exhortación resonó como una clave para comprender el legado de Javier Campos «El Gallo» y Joaquín Mora, S.J., cuya vida y ministerio estuvieron marcados por una fe que se negó a ceder ante la violencia, aun en los últimos minutos de su vida.




Fotos: Jesuitas México
«El Gallo y Joaquín vivieron así: sin miedo a las amenazas que enfrentaron allá, en la Sierra. Y vaya que fueron muchas a lo largo de su vida. Vivieron con la seguridad y la confianza puestas en Jesús. No tener miedo y confiar en Dios implica poner toda nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestro corazón para cambiar las estructuras que matan y destruyen a la gente», apuntó el Provincial.
También recordó que ambos jesuitas no permanecieron indiferentes ante el sufrimiento: Javier alcanzó a llamar a la policía cuando los sicarios perseguían al guía de turistas, mientras Joaquín administró los santos óleos al hombre recién asesinado. «Nuestros hermanos Javier y Joaquín demostraron su valentía y su fe. Murieron cumpliendo su misión como sacerdotes dentro de la iglesia de Cerocahui, donde El Gallo era párroco y Joaquín, vicario».
Sobre el padre Javier, dijo: «El Gallo fue un jesuita de corazón grande, donde todos cabían. Así lo definían y lo definen algunos padres allá de la Tarahumara y mucha gente de allá de la Sierra, de corazón grande (…) Él conocía la Sierra como la palma de su mano y amaba la diócesis de Tarahumara, los pueblos indígenas y los pueblos mestizos con un corazón donde todos tenían un lugar. Él era muy platicador. A veces, así como que la gente decía ya, ya, córtenle. Contaba muchas, muchas historias y luego iba abriendo caminos y más historias. Anunció la Buena Nueva, anunció el Evangelio de Jesús y procuró atender las necesidades de la gente desde lo más práctico, como arreglar máquinas de coser y lavadoras. Y así, desde lo más práctico hasta lo más profundo y espiritual de las personas allá en la Sierra, siempre mostrando un rostro de Dios alegre y cariñoso. En su estado en el WhatsApp era “Sé en quien he puesto mi confianza”».
Por su parte, Mireles contó que el padre Joaquín Mora «fue un jesuita muy ocurrente, sencillo, alegre, muy querido por la gente. Él nació en Monterrey en 1941. Su papá fue el fundador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Joaquín como jesuita trabajó la mayor parte de su vida en Tampico y en la Tarahumara. También pasó por Parras y algunos otros lugares. En la Sierra estuvo cerca de 25 años. Él sabía escuchar muy bien a la gente. Visitaba las comunidades y caminaba con un sombrero y un bordón allá en la sierra. Era muy cuidadoso y muy previsor y algunas veces un poco necio. (…) Llevaba la comunión a los niños de los internados, recibía a la gente en la parroquia, era cercano y muy, muy alegre. Yo recuerdo allá en la Sierra que me tocó un aniversario de sacerdocio de Joaquín, y él agradeció en ese momento porque siempre estuvo Jesús a su lado; él dijo: “No me ha faltado Jesús en todos, en todos estos años”».
A cuatro años del martirio de Javier y Joaquín, de 79 y 81 años de edad, el padre provincial recordó que «estamos llamados a llevar el mensaje de Cristo para que su Buena Noticia cobre fuerza y queden al descubierto las intenciones ocultas del mal, de la injusticia y de la violencia». Y enfatizó: «Cerocahui se ha convertido en un símbolo del martirio y la inseguridad que viven tantos mexicanos, pero al mismo tiempo es un símbolo de esperanza en donde la gente busca superar las pérdidas causadas por la violencia que ejercen los grupos del crimen organizado».
El padre Mireles terminó su homilía con una cita que le gustaba al padre Joaquín: «Doy gracias a mi Dios por todo lo que recuerdo de ustedes».
La misa en memoria de Javier Campos «El Gallo» y Joaquín Mora, S.J., fue concelebrada por los padres José de Jesús Segura Paniagua, S.J.; Gerardo Cortés Padilla, S.J.; Luis Arriaga Valenzuela, S.J.; Enrique Carrasco Alcántara, S.J.; Arturo González González, S.J., y Gonzalo Rosas Morales, S.J.
Las y los desaparecidos «son también hombres y mujeres de fe»
A la misa también se unieron algunas familias de personas desaparecidas, que acompañaron el momento y compartieron las historias de sus hijos e hijas ausentes.
Vanessa Gámez, mamá de Ana Amelí, recordó que el 12 de julio de 2025 su hija subió al Ajusco para hacer una caminata y no regresó. A casi un año de su desaparición, compartió la impotencia de su familia ante la falta de respuestas de las autoridades y pidió no olvidar a las más de 135 mil personas desaparecidas en México, ni a los restos que aún no han sido identificados.
«Les invito a orar por nosotros, a hacernos esta fuerza que a veces nos hace falta, porque se están llevando a nuestros jóvenes», expresó. También rechazó los señalamientos que criminalizan a las víctimas: «No necesariamente andaban en malos pasos. También son jóvenes, hombres y mujeres de fe».

Foto: Jesuitas México
Carolina Espinoza busca a su esposo, Ignacio Santiago Pérez, médico del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), desaparecido el 12 de junio de 2020 en la alcaldía Magdalena Contreras, en la Ciudad de México. A seis años de su desaparición, señaló que su familia continúa en la búsqueda, en medio de una crisis que, tan solo en la capital del país, suma más de seis mil personas desaparecidas.
También pidió acompañar a las familias compartiendo las fichas de búsqueda: «Esas horas pueden ser valiosas para encontrarlos todavía con vida».
Trinidad Parra, mamá de Efrén Emmanuel Castro Parra, compartió que su hijo desapareció el 15 de octubre de 2025 en el Centro Histórico. Desde entonces, dijo, no han tenido ninguna pista sobre su paradero. Ante la falta de respuestas, afirmó que su fe y el acompañamiento de la Iglesia la sostienen para seguir luchando por encontrarlo.
La abuelita de Ana Amelí agradeció la escucha y las oraciones de quienes acompañan a las familias buscadoras. «Una oración vale más que mil pesos —dijo—, pero la Palabra de Dios es lo más importante».

Foto: Jesuitas México






