El año 2026 comenzó de forma muy convulsa y Donald Trump ha sido la figura protagónica de esta situación a escala global. En primer lugar, vimos la intervención militar en Venezuela, luego la confrontación con Dinamarca y la Unión Europea por el control territorial de Groenlandia, después la crisis política derivada de la actuación del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) en Minneapolis, y finalmente las amenazas del republicano de realizar incursiones militares en México. A esto se suma una fuerte caída en la aprobación del presidente norteamericano.

Intervención militar en Venezuela

Durante los primeros días de 2026 la agenda global de discusión se centró en la intervención militar del ejército de Estados Unidos en Venezuela. Esta acción tuvo por objetivo la detención del entonces presidente Nicolás Maduro, a quien se le acusa de ser parte de una red de delincuencia organizada implicada en el tráfico de drogas y terrorismo. Maduro fue capturado y llevado a Estados Unidos para ser juzgado. En su primera comparecencia el expresidente se declaró inocente, pero se anticipa que el proceso seguirá por largo tiempo. El operativo dejó un saldo de 80 personas muertas y en un primer momento Donald Trump expresó que la razón de esta intervención era para combatir el tráfico de drogas.

Venezuela atravesaba desde hace varios años una crisis política muy grave, que se agudizó luego del descomunal fraude electoral de julio de 2024, situación que fue condenada por la Organización de Estados Americanos (OEA). A la crisis democrática de este país sudamericano se sumaba la crisis económica. Uno de los datos más preocupantes son las condiciones de pobreza que documentan varias organizaciones, entre ellas la Universidad Católica Andrés Bello, de la Compañía de Jesús, que afirma que el 56.5% de las y los venezolanos están en pobreza multidimensional. De ninguna forma se podía afirmar que Maduro era un buen presidente, sin embargo, la intervención militar resultó sumamente cuestionable.

Un asunto clave para entender los motivos profundos de Donald Trump para intervenir Venezuela es el petróleo de este país. A principios de este siglo la producción de petróleo rondaba en los tres millones de barriles al día; para 2020 sólo se producían 300 mil, y durante 2025 se llegó a un millón de barriles al día. Estos datos nos hablan de una industria que tenía problemas a pesar de sus repuntes recientes. Otro dato relevante son las reservas probadas de petróleo de Venezuela que, de acuerdo con la Organización de Países Exportadores de Petróleo, se estima en 303,221 millones de barriles, que lo colocan como la nación con la mayor cantidad de petróleo en todo el mundo, incluso por arriba de Arabia Saudita, que tiene una reserva probada de 267,000 millones de barriles.

Luego de un mes de la intervención militar en Venezuela queda mucho más claro que una de las principales motivaciones para esta acción era que las reservas probadas de petróleo de Venezuela no podían estar en manos de un régimen político encabezado por alguien como Nicolás Maduro, que no sólo dejó de apoyar a esta industria, sino que tenía una clara postura política en contra de Estados Unidos. Para el gobierno de Donald Trump era prioritario tener acceso a las reservas de petróleo más grandes del mundo, y para ello era necesario un gobierno que contribuyera a estos intereses. La intención quedó clara cuando el republicano tuvo una reunión con empresarios petroleros estadounidenses, a los que les ofreció invertir en Venezuela. La sesión fue un fracaso porque ninguno aceptó esta oferta.

En términos políticos, la intervención militar de Estados Unidos en contra de Venezuela y su entonces presidente claramente violó el derecho internacional de los derechos humanos y contravino los procedimientos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y de la OEA. Por la forma en que fue ejecutada esta acción, incluso no estuvo acorde a las propias leyes norteamericanas en la materia, lo cual fue denunciado por políticos demócratas, entre ellos el senador Bernie Sanders. Cuando se dio la intervención militar la respuesta internacional no se hizo esperar y hubo una condena de muchos países, entre los que estuvieron Brasil, Chile, Colombia, Uruguay, México, Cuba, España, Alemania, Bélgica, la Unión Europea en general, China, entre otros.

Durante el momento más álgido del conflicto la narrativa y los mensajes políticos de Donald Trump, tanto en la agenda global como al interior de su propia nación, fue que su país y su gobierno eran los únicos actores sociopolíticos a escala global que podían garantizar el estado de derecho, el goce de las libertades y un gobierno legítimo y democrático en Venezuela. Esta narrativa tiene al menos dos propósitos de fondo: el primero es mandar un mensaje a todo el planeta sobre cómo el presidente tratará de reestablecer la hegemonía política y económica estadounidense, sobre todo en América Latina, donde, por encima de las reglas y las leyes internacionales, Estados Unidos puede, de forma unilateral y sin pedir permiso a nadie, imponer un orden internacional de acuerdo con sus intereses. La apuesta de política internacional estadounidense se tratar de volver a la llamada doctrina Monroe, que afirma que «América es para los americanos» y que, en esta parte del planeta, este país impone la agenda política y económica. El segundo propósito es minar y aminorar la presencia y la fuerza política de organismos multilaterales internacionales como la ONU y la OEA, a los cuales ha criticado desde su llegada al poder, ha reducido los recursos económicos que desde su creación eran aportados por Estados Unidos y ha exhibido y agudizado su crisis y su poca capacidad de acción frente a sus países miembros. Parecería que la llegada de Trump podría representar el fin de estos organismos internacionales que buscaban empujar agendas globales de desarrollo y de paz luego de la Segunda Guerra Mundial.

Dicho lo anterior, no es la democracia, las libertades ni los derechos lo que busca rescatar y promover el gobierno de Estados Unidos: es la hegemonía política y los intereses económicos.

La crisis política en Estados Unidos

La llegada de Donald Trump a su segundo mandato presidencial generó una dinámica de confrontación política permanente en contra de aquéllos que considera sus enemigos al interior del país.

Primero comenzó con la presión y el hostigamiento contra universidades y organizaciones no gubernamentales. Los casos más controvertidos fueron los de las universidades de Harvard y de Columbia, a las que les suspendió fondos gubernamentales, además de revocar cientos de visas a estudiantes extranjeros que cursaban sus estudios en esas instituciones. Otro de los casos paradigmáticos en esta política de presión fue el de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, que desde los años sesenta y hasta la fecha era una de las principales financiadoras de proyectos de desarrollo y derechos humanos en América Latina y en el mundo, que a mediados del año pasado desapareció con argumentos muy poco serios en los que se afirmaba que había desvío de fondos. Esto fue un duro golpe a la cooperación internacional, ya que muchos proyectos sociales ya no pudieron continuar con su misión.

Además de los supuestos opositores de su gobierno, otro de los frentes de conflicto de Trump son los medios de comunicación masiva. Algunas de las acciones que en este sentido ha emprendido son: a) demandarlos judicialmente y b) confrontarlos en el espacio público acusándolos de generar fake news en su contra. Algunos de los casos que más resaltan son las críticas a medios como el Washington Post, CNN y The New York Times, entre otros. Para la organización civil internacional Reporteros Sin Fronteras Donald Trump es un «depredador de la libertad de prensa» y en su manera de gobernar existen muchos riesgos y signos de un gobierno autoritario.

El frente político que por mucho ha provocado la mayor conflictividad en contra de Donald Trump hasta el momento son las reacciones a las políticas de intimidación, amenazas y persecución de ICE en contra de migrantes ya avecindados en Estados Unidos. Esta política de mano dura se agudizó en los estados gobernados por los demócratas, sobre todo las llamadas «ciudades santuario» que han tratado de evitar la política de deportaciones masivas. Las ciudades que encabezan esta resistencia son: Nueva York, Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Chicago, Houston, Dallas, Austin, Seattle, Miami, Phoenix, Detroit, Salt Lake City, Minneapolis, Baltimore, Portland, Denver y todo el estado de Nueva Jersey.

La crisis más violenta se presentó en la ciudad de Minneapolis, en el estado de Minnesota, ya que agentes de ICE asesinaron a Renée Nicole Macklin–Good y Alex Pretti con abuso de fuerza y sin ninguna razón. Estas muertes desataron manifestaciones multitudinarias en la ciudad en contra de Donald Trump y ICE, agencia repudiada de forma potente y generalizada entre los habitantes de Minneapolis.

La indignación ha estado presente en varios ámbitos de la vida estadounidense y resaltan las críticas de actores y actrices de Hollywood que han denunciado y condenado públicamente las acciones de Donald Trump, especialmente por sus políticas migratorias y el papel de ICE en operativos recientes. Entre los artistas más destacados están Natalie Portman, Mark Ruffalo, Ariana Grande, Jennifer Aniston, Tom Hanks, Meryl Streep y Robert De Niro, que han utilizado eventos artísticos de renombre para criticar a su presidente. El último evento en esta línea fue la intervención artística de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, donde hizo una presentación en la que reivindicó la diversidad cultural latina en Estados Unidos y que tuvo como respuesta la crítica directa de Donald Trump.

Sin duda que todos estos hechos y frentes abiertos de conflicto nos indican que el gobierno de Estados Unidos vive una crisis política sin precedentes en su historia moderna y que la actuación de Donald Trump encuentra cada vez más resistencias y críticas al interior de su país, lo cual apunta a que los republicanos pierden cada vez más terreno y legitimidad política. En varias mediciones la aprobación del presidente de Estados Unidos en enero de 2026 oscilaban entre el 37% y el 40%, lo cual refleja un desplome en sus niveles de popularidad.

La relación entre México y Estados Unidos

Luego de los acontecimientos ya explicados anteriormente, conviene tratar de desentrañar cuáles serán los efectos para México derivados de esta situación. Al menos podemos señalar tres.

El primero fue que, luego de la invasión a Venezuela, donde las fuerzas armadas estadounidenses detuvieron a Nicolás Maduro, algunos opositores políticos de la llamada Cuarta Transformación expresaron su simpatía por la posibilidad de una intervención militar en México en contra de la presidenta Claudia Sheinbaum. Más allá de que éste es el deseo de algunos que no tiene ningún tipo de sustento político o legal, sobre todo porque hasta ahora la presidenta de México ha sido muy condescendiente con Donald Trump en varios asuntos —sobre todo en materia migratoria y económica—, además de que ha respondido a las presiones del gobierno de  Estados Unidos en lo referente a la agenda de seguridad, pues hasta ahora el gobierno federal ha extraditado a 92 delincuentes a lo largo del primer año del segundo mandato del magnate republicano.

Sin embargo, en repetidas ocasiones durante los últimos meses Donald Trump ha señalado que en México los narcotraficantes gobiernan y que algo hará con ello. Lo que no se puede descartar es que, de acuerdo con sus dichos y hechos, la posibilidad de que su gobierno realice operaciones militares en contra de grupos de la delincuencia organizada en México es un escenario latente. Esto no se puede omitir en el futuro próximo, sobre todo porque Donald Trump ha demostrado una y otra vez que los límites no son un impedimento para su actuación.

El segundo efecto que ya está presente en la relación de México con Estados Unidos es en materia económica. Como ya sabemos, durante 2026 se realizarán las negociaciones para continuar con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Desde hace tiempo el presidente Trump ha señalado que el tratado comercial con México y Canadá no es de gran importancia y que más bien beneficia a estos países y no al suyo. Es claro que éste tratará de generar simpatías en su base social, al buscar un acuerdo comercial notoriamente favorable para los capitales de su país. La política migratoria de Donald Trump ya tuvo impactos en el envío de remesas de Estados Unidos a México. De acuerdo con el Banco de México, fruto de la implementación de estas políticas, luego de una década el envío de remesas decreció en un 4.6%, es decir, pasó de 64 mil 746 millones de dólares en 2024, a 61 mil 791 millones de dólares recibidos en 2025. Algunos bancos internacionales prevén que, de continuar estas políticas, se podría experimentar una disminución en las remesas del 13%.

El tercer efecto de lo que ahora pasa en Estados Unidos, también ligado con la migración, son las deportaciones de personas que necesitan encontrar hogar y trabajo en México. Durante el primer año del segundo mandato de Donald Trump 151 mil 617 mexicanos fueron regresados a México, lo que significa un promedio de 415 por día. No se compara con las cifras que arrojó su primer periodo presidencial, cuando el promedio fue de 524, sin embargo, frente a una economía estancada como la que tiene nuestro país, se convierte en un reto mayúsculo la incorporación de estas personas a la vida social y económica de México.

El primer mandato de Trump fue convulso y complicado para México y el mundo. En el segundo mandato tenemos a un Donald Trump 2.0 recargado, más inestable, con una actuación sin límites y resquebrajando la institucionalidad estadounidense y global. Habrá que seguir atentos a este gobierno.

Foto: © thenews2.com, Depositphotos

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