Tejer desde los cantos de Nana y Baba

Memorias, resistencia y reexistencia en Abya Yala

Este texto incluye fragmentos de de la tesis «La Memoria de la Madre Tierra: Relato de Nana Ologwadule y de Génesis 1—2:15», publicada por la misma autora en febrero de 2021.

Para el pueblo gunadule, la tierra tiene más de 72 nombres; uno de éstos es Nabgwana, el corazón de Baba y Nana, cuyo significado etimológico es «el corazón de Papá y Mamá». Ya que la tierra es nuestra madre, porque de ella emergemos, somos alimentados por las bondades de Nana y Baba, y al morir somos cultivados en ella. Es Nabgwana un espacio sagrado que alberga las memorias indígenas de las ancestras del espíritu de Nana y Baba, que se entretejen en la vida colectiva del pueblo gunadule y de los cientos de pueblos indígenas en toda Abya Yala.

Abya Yala es el nombre con el que el pueblo gunadule llama al continente de América. Significa «tierra madura, tierra vital, tierra de sangre». Este nombre le da un sentido de pluralidad en el que todos los saberes indígenas pueden converger en su cuerpo–territorio. En las ceremonias, cantos, relatos, símbolos y arte de los pueblos indígenas se entiende que la tierra es un ser vivo, una fuente de energía y belleza que transmite el arte de vivir en comunidad; es el tejido que realizan estos pueblos, esta presencia divina que sostiene toda forma de vida.

La tierra es, en definitiva, un espacio de encuentro con lo sagrado, un acto de teología en movimiento espiral, una memoria viva que respira en las ceremonias, en los cantos y en los relatos orales que transmiten las abuelas y los abuelos. Es un método ancestral, que muchos investigadores hoy en día siguen abordando como método de investigación histórica, como señala David Mariezkurrena Iturmendi. Estos relatos y cantos no son sólo narraciones del pasado, sino que se actualizan con las vivencias del presente. También son acciones políticas y teológicas que mantienen viva la resistencia frente a las amenazas externas que en muchas ocasiones se camuflan y hacen daño desde adentro.

La memoria de la Madre Tierra en la cosmovisión indígena está inscrita en sus cantos, en sus símbolos y en cada acto cotidiano; en la forma en que cultivan, cuidan y celebran su territorio. La tierra, en estas historias, es un acto de amor, de reciprocidad, de presencia de Dios.

Desde esta cosmovivencia, la memoria de la tierra se manifiesta en relatos ancestrales que describen su origen, sus memorias y su relación con lo divino. La tierra habla en su lenguaje silente, en su movimiento, en los cantos de las abuelas, en los símbolos que se tejen en las molas, en los ritos que conservan y transmiten en cada ceremonia. La tierra es la matriz de la vida, que da y recibe en un acto de comunión. Por lo tanto, es la Madre Tierra el canto de Nana y Baba.

Este acto de rememorar y cantar de la tierra y a la tierra es un acto de justicia. La memoria enraíza la identidad cultural y establece un pacto sagrado: cuidar, proteger y honrar la tierra desde la reciprocidad. La tierra no es propiedad ni mercancía: es un ente vivo que está en constante relación con sus habitantes y con lo divino. Es por eso que los pueblos indígenas manifiestan que «todas las relaciones son importantes», como parte de la ética del buen vivir que responde a su espiritualidad.

La protección del territorio es también una protección de su memoria espiritual, su historia y su relación con Nabgwana. El relato de la tierra revela que en ésta habitan secretos y conocimientos que se pueden comprender cuando hay una interconexión de reciprocidad y cuidado hacia ella, pues se aprende a escuchar su voz en las dimensiones que la tierra vive. Y es la tierra la que guarda en su seno las memorias de los abuelos y abuelas, las enseñanzas del tiempo pasado, las formas en que la creación señalaba a sus hijos e hijas el camino de la vida en armonía con todo el cosmos. La tierra es un espacio sagrado donde lo mítico y lo real se unen, donde la historia antigua y la presencia divina se entrelazan en relatos que aún hoy mantienen su vigencia y poder de resistencia.

«La tierra es un espacio sagrado donde lo mítico y lo real se unen, donde la historia antigua y la presencia divina se entrelazan en relatos que aún hoy mantienen su vigencia y poder de resistencia».

El acto de recordar no es sólo una repetición de relatos, de memorias e historias, sino una declaración de vida, de resistencia y reexistencia. La oralidad y los cantos constituyen una memoria que se transmite y se actualiza continuamente y en espiral. La repetición de los relatos ancestrales en los cantos y ceremonias revela un acto de teología que refleja la continuidad de un pacto sagrado con la tierra y los antepasados. La tierra, en esencia, es esa memoria sagrada que vivifica el pasado, alimenta el presente y proyecta un futuro de continuidad. Por ello, la memoria de la tierra adquiere un significado sagrado y político. Es un acto de resistencia frente a los procesos de destrucción, desplazamiento y apropiación forzada de territorios. La tierra, en las historias y cantos, se presenta como un acto de rebeldía, en el sentido de que no podemos «domesticar» un espacio donde los pueblos reafirmamos que somos guardianes de un legado sagrado que debe ser protegido y transmitido a las próximas generaciones.

En los sagrados relatos indígenas la tierra no es un espacio de producción o consumo, sino el lugar donde lo divino se manifiesta y se transmite en las memorias de los pueblos. La tierra, en su memoria, nos llama a vivir en comunión con ella, a respetar sus ciclos y a ser custodios responsables en un acto de teología activa que desafía la lógica del dominio y la explotación. Porque la tierra es ancestra, maestra, sanadora y, por tanto, teóloga y sabia.

Baba y Nana y los cantos gunadules

En los relatos del pueblo gunadule existen personajes históricos que son importantes en el proceso de ser gunadule. Uno de ellos es una mujer llamada Inanadili, quien descendió con sus tres hermanas en un olobadde (recipiente de oro) de las estrellas del cielo. Fue ella quien le enseñó al pueblo a cantar porque no sabíamos hacerlo. Fue en el mes de la caña blanca cuando Inanadili dio a luz y, en una noche de luna llena, habló a toda la comunidad: «Yo me llamo Olonadili, y vengo de allá arriba —señaló con su dedo al firmamento— donde parpadean todas las estrellas. Allá arriba corre un gran río hinchado de agua, en sus orillas florecen plantas de todos los colores y de todos los tamaños». La gente que la escuchaba sollozaba por la ternura que brotaba de las palabras de Olonadili (misma que Inanadili, pero en gunadule la misma persona se puede llamar de distintas maneras). «Nosotras, las hijas de las estrellas, bajamos a visitarlos en la alta noche mientras ustedes duermen. Allá arriba cantamos a nuestros niños y niñas que desde pequeños escuchan nuestros consejos. Nosotros aprendemos a defender nuestra tierra, así deben ustedes hacerlo también».

Ella, que improvisaba canciones, pensamientos y versos para la niñez, enseñó a las abuelas la importancia de arrullar a los hijos con una canción, con el propósito de formar personas con sentido de comunidad en Abya Yala. A través de los hermosos cantos de las madres, los abuelos, desde niños, fueron educados para vivir en comunidad. También mostró cómo recordar con cantos la vida de quienes amamos cuando mueren, y su canción, además, hacía crecer las fuerzas de nuestros ancianos. La palabra y el llanto de Inanadili se hicieron como una red fuerte para proteger a nuestro pueblo. La sonrisa, el encanto de la mujer, es la canción valiente de nuestra lucha.

Baba y Nana (Dios) hicieron bajar a Inanadili para enfrentarnos con entereza a los peligros. Inanadili enseñó a la nación gunadule a cantar, demostrando que a través de esta prác-tica se vive y marca el bien comunitario. La máxima ética del pueblo gunadule es la vida en comunidad, que debe ser armónica y no sólo pensada para los seres humanos, sino para todo el cosmos y de la mano de Mamá y Papá (cocreadores de todo lo que existe). De acuerdo con el sagla Belisario López, líder de la nación gunadule, «si no cantamos, morimos», como dijo en una entrevista realizada en febrero de 2020.

El canto tiene una connotación profundamente espiritual, pues va dirigido a alguien, no a la nada. Cantamos a Dios, a la vida, a los animales, a las plantas. La tierra tiene energía y es esa energía la que se trasmite y nos da vida. El canto nos conduce a entrar en una espiritualidad que nos conecta con Nana y Baba, y nos invita a vivir acciones concretas de armonía con la tierra. Por ejemplo, en un mundo donde vivimos la emergencia climática, es importante afirmarnos en los cantos que transmiten parte de la espiritualidad de los pueblos indígenas y que son cantos orados, en el caso del pueblo gunadule, de Nana y Baba.

Foto: © tiagofernandez, Depositphotos

La realidad del cambio climático en Gunayala

Aumento en el nivel del mar, cambios en las temporadas de cultivo, contaminación marina y muerte de corales… Gunayala, uno de los territorios de la nación gunadule en Panamá, conformado por alrededor de 400 islas, de las cuales 49 están pobladas por los gunadules y las demás por animales y plantas, enfrenta una serie de amenazas interrelacionadas debido al cambio climático: la elevación del nivel del mar amenaza con sumergir islas enteras, los patrones climáticos impredecibles dificultan la agricultura tradicional, y la contaminación y el calentamiento de los océanos dañan los arrecifes de coral de los que dependen para su sustento. Al escuchar cada semana los cantos sagrados en las casas de congreso del pueblo gunadule, los habitantes se revitalizan y recuerdan el sentido de la ética del Balu Wala, del buen vivir. Fortalecen sus formas de vivir en armonía con la tierra con técnicas como el nainu, método y estrategia clave en la resistencia gunadule, pues es un sistema agrícola ancestral que prioriza la rotación de cultivos, la reutilización de la materia orgánica y la evitación de la deforestación El nainu no es sólo una técnica agrícola; es una práctica comunitaria que fomenta el diálogo entre generaciones, transmitiendo la historia del pueblo y la importancia de cuidar la tierra. El canto como resistencia y conexión espiritual se nutre de una profunda conexión espiritual con la tierra, expresada a través de la tradición oral y el canto. Las canciones y los cuentos transmiten la sabiduría ancestral, reforzando la identidad cultural y recordando la responsabilidad del pueblo gunadule como guardianes del medio ambiente, de la Madre Tierra, de Nabgwana.

Los cantos, como los que enseñó Inanadili, contienen en su estructura simbólica una conexión intensa con lo sagrado, con la realidad presente que amenaza a Nabgwana. Desde esta conciencia sabemos que cada verso, cada ritmo, es una manifestación de la relación entre los seres humanos y la Madre Tierra, en un acto de reciprocidad y amor divino, de lucha y defensa con ella.

Cantar, en esta cosmovisión, es una forma de hablar con Dios, de mantener vivo el pacto sagrado con Nana y Baba, los cocreadores, y con la Madre Tierra, que es fuente de energía y vida. La tierra sustenta la existencia, pero también habla y transmite la presencia de Dios en medio del pueblo. Cantar y narrar, además, es un acto político de resistencia. En un contexto de amenazas, desplazamiento y extractivismo, las memorias orales y los relatos ancestrales son la declaración de un pacto social y espiritual que reafirma su derecho a la tierra, su historia y su cultura. La memoria ancestral se convierte en una resistencia teológica, en una afirmación de que la tierra no es mercancía, sino un acto de Dios en movimiento, una manifestación del amor divino en comunión con la vida.

Desde una perspectiva teológica, estos relatos muestran que la protección del territorio y la conservación de la biodiversidad están enraizadas en un acto de fe: una teología de la vida en la que defender la tierra es un acto de justicia y de adoración. La tierra revela un Dios que se manifiesta en la relación, en el acto de cuidar, en el canto que conecta el corazón humano y el corazón de la Madre Tierra.

Por ello, los relatos y cantos no sólo son historias del pasado, sino también acciones en el presente, actos sagrados que reafirman la identidad, la resistencia y la esperanza del pueblo gunadule frente a las amenazas externas. La fuerte interpretación que estos relatos contienen, la repetición de los cantos y la transmisión oral son una teología en acción, una manera de vivir y transmitir la fe en medio de las luchas políticas y ecológicas por la tierra.

«Estos relatos muestran que la protección del territorio y la conservación de la biodiversidad están enraizadas en un acto de fe: una teología de la vida, en la que defender la tierra es un acto de justicia y un acto de adoración».

Desde una visión teológica, estos relatos expresan que Dios se revela en la tierra, en sus ciclos, en su movimiento y en sus voces. La tierra, en su ciclo de nacimiento, crecimiento, parto, dolor y nacimiento nuevamente, refleja la misma dinámica de la creación bíblica. El relato del Génesis, desde esta perspectiva intercultural, se conecta con las narrativas ancestrales en las que la tierra misma es un acto de la palabra y del espíritu de Dios. La tierra da a luz, vive, siente y experimenta los dolores del sufrimiento causado por la humanidad y llama a la recuperación, a la sanación. La tierra, por tanto, se convierte en testigo y profeta que denuncia el daño que la humanidad ha causado a sus propios cuerpos y al cosmos. La relación de la tierra con Dios se asemeja a un acto de parto y de creación continua, donde el dolor y la esperanza se entrelazan. La tierra nos enseña que en ella está la memoria de todos los seres, en su ciclo de vida y muerte, y que su sufrimiento llama a la acción de sanación, reconociendo en su cuerpo la presencia de Dios que acompaña, sana y renueva.

Desde esta hermenéutica intercultural, la tierra es un espacio físico, pero también un texto sagrado en el que Dios escribe su historia de amor con la comunidad cósmica. La memoria de la tierra, transmitida en relatos, cantos y ceremonias, es una teología en movimiento, una llamada a la protección de la vida en todas sus formas y de la creación en su totalidad. La resistencia de los pueblos es política y teológica, basada en la memoria viva y en la relación sagrada con el universo.

Comprender la tierra como memoria sagrada, como teología en movimiento y acto de resistencia, es reconocer en ella el rostro de Dios que sufre, sana y restaura, invitándonos a vivir en comunión y en justicia con toda la creación. La tierra, en su dolor y esperanza, nos llama a un diálogo de vida con el Creador y con todos los seres que habitan en ella. En esa relación sagrada, la memoria ancestral se convierte en un acto de fe, justicia y esperanza para la humanidad y la comunidad cósmica.

Para saber más:

Boff, L. (2024, 25 de abril). Somos Tierra que piensa, siente, ama y cuida. https://bit.ly/4iD0kSj

Solano, J.R. (2019, 27 de septiembre). Las narrativas como resistencia política: La experiencia de la nación Gunadule. Memoria Indígena. https://bit.ly/4pffJKZ

Solano, J.R. (2021). La Memoria de la Madre Tierra: Relato de Nana Ologwadule y de Génesis 1—2:15 [tesis de maestría, Comunidad de Estudios Teológicos Interdisciplinarios]. Memoria Indígena. https://bit.ly/4oxtOSO

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