
¿Puede acaso alguno decir que habla en nombre de Dios? ¿O puede proclamar alguien haber sido elegido en nombre de la divinidad para actuar en su nombre?

Una reflexión de la evolución de la consciencia y la masculinidad desde una postura personal.

«…La puerta del corazón de Dios está abierta…» Estas palabras retumbaron en mi corazón el pasado 24 de diciembre, en la noche de Navidad, cuando el papa Francisco abrió la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro y se dio inicio al Año Jubilar de la Esperanza.

Los evangelios están atravesados por una insistente pregunta sobre la autoridad de Jesús.

Hace un par de años tuve la oportunidad de acompañar a un grupo de jóvenes en la experiencia del mochilazo jesuita, una actividad que promovemos en el equipo de Vocaciones Jesuitas México y que trata de caminar entre ocho y diez días por varias comunidades de alguna de nuestras misiones indígenas.

Las ofertas exprés, el número de likes y seguidores, las selfies, las fotos de perfil y la facilidad de no necesitar construir relaciones «cara a cara» para tener la vida resuelta han generado un cambio acelerado en nuestra cultura. Pero ¿serán las plataformas las responsables del daño?

Con 29 años de edad, Íñigo nunca imaginó que aquella mañana de mayo cambiaría para siempre su vida. Se reconocía vanidoso, terco, galán, fiestero; con hambre de comerse el mundo, sobresalir en los negocios y en el ejército, y escalar a un buen lugar social, o quizás al mejor.

Ignacio de Loyola invita a comenzar los Ejercicios Espirituales a través de meditaciones, repeticiones y resúmenes sobre los pecados.

Durante su tiempo convaleciente en Loyola, san Ignacio descubrió un mundo que no conocía: la dimensión de la interioridad. La mayor parte de nuestras vidas las vivimos en la superficialidad de nuestro discurso mental, que nos mantiene permanentemente distraídos.

Pienso en las aves migratorias. Desde Colombia, donde vivo y trabajo como jesuita en el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), en este momento cerca de 490 millones de aves migran libremente a través del aire, bordeando las costas de muchos países para seguir un rumbo fijo hacia el norte del continente americano.