
La maternidad no había sido un destino para las mujeres. Hasta antes del siglo XV era común que las mujeres dieran a sus hijos a una nodriza para la crianza y, ante la carencia de sistemas de salud, legalmente regulados, muchos de esos hijos morían.

Como seres sociales estamos unidos a todos los demás, a los que nos antecedieron, a los que vendrán y a nuestros contemporáneos.

Acompañar a un joven en su camino de vida es una tarea llena de matices. No se trata sólo de estar presente físicamente, sino de compartir algo más profundo: la esencia de la vida misma.

En este mes de noviembre el papa Francisco nos invita a orar con él por los que han perdido un hijo: «Oremos para que todos los padres que lloran la muerte de un hijo o una hija encuentren apoyo en la comunidad y obtengan del Espíritu consolador la paz del corazón».

Junto a los problemas del desarrollo, a vicios arraigados en la estructura social y a inercias estructurales en los poderes del estado, en este siglo parece haber una mayor sensibilidad a temas que nos obligan a ver más allá de los límites nacionales y del bienestar humano.

El 23 de noviembre de 1927 fue fusilado el jesuita Miguel Agustín Pro, por órdenes del presidente Calles, acusándolo de haber participado en un complot para asesinar al general Álvaro Obregón cuando se perfilaba a su reelección como presidente de la república.

En 2016, treinta jesuitas de varios países de América Latina se reunieron en la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA) en la vibrante capital de El Salvador.

Don Gustavo nos enseñó que la historia de la salvación es en realidad la historia de la humanidad.

En el mes de noviembre, en el que tradicionalmente la Iglesia recuerda a los fieles

«Los jóvenes son el presente, no el futuro», dijo el papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en 2024. La frase cambió mi perspectiva de lo que un joven es para mí.