ver más

Paradojas de las Iglesias latinoamericanas de cara al mañana  

¿Cómo soñar y construir una Iglesia «para el mañana»? Una que pueda ser trabajada con esperanza, de cara al futuro, superando, de una vez por todas, las discusiones estériles que nos anclan a imaginarios excluyentes en los que la vida no ocupa el centro, sino el dogma y la estructura. ¿Qué podemos hacer de esta Iglesia después de la profunda crisis por la que atraviesa? Ésta es la tarea que se propone Pedro Pablo Achondo, teólogo chileno quien recientemente ha publicado en la editorial Buena Prensa su último libro: La Iglesia después de la Iglesia. Ensayo latinoamericano sobre una eclesiología para el mañana. 

A decir del propio autor, esta publicación forma parte de una propuesta más amplia que ha estado elaborando desde hace tiempo y que invita a pensar en una nueva eclesiología cuyo eje se coloca en la necesidad de transformar la manera como pensamos a la Iglesia, el vocabulario (conceptos) que tenemos a la mano para representarla, las formas en que creemos que ésta funciona y cómo nos constituimos como sus miembros (hombres y mujeres) frente a su entramado institucional y de fe, siguiendo a Jesús para construir el Reino de Dios (epistemología). 

Es así como Pedro Pablo recoge su trabajo pastoral y teológico desde abajo y lo organiza en tres libros: Una Iglesia híbrida. Eclesiología de la liberación, en el que pone los cimientos de su proposición; Los llamo Amigos. Redescubrimiento de la amistad como tejido de vida, a través del cual explora la amistad como uno de los vínculos fundamentales y necesarios entre quienes nos decimos parte de esta gran comunidad católica, y La Iglesia después de la Iglesia, texto que me alegra comentar en estas líneas. 

La voz de Achondo es crítica y provocadora, pero muy lejos de discursos fáciles, derrotistas o puramente clericales, no se agota en discusiones administrativas, políticas o dogmáticas, logra el objetivo de su proyecto mayor, el de hacer una eclesiología en claves totalmente diferentes y renovadas, que escucha los signos de los tiempos desde abajo, en los márgenes, y responde de manera comprometida y solidaria, sin miedo de ir más allá de los temas y las fronteras típicamente eclesiales. Es un llamado entusiasta, una arenga a las y los que se sientan llamadas y llamados a revisar las propias prácticas y creencias desde las realidades populares; el propio autor lo describe como «una celebración, una fiesta de ojos abiertos»  en y con el Misterio que sobreabunda y nos sobrepasa. 

Enfatizaré sólo tres aspectos de los muchos de gran valor que el libro contiene; son algunos de los que llamaron poderosamente mi atención porque nos ayudan a pensar en las posibilidades de esta Iglesia del mañana. Me dio la impresión, cuando terminé la lectura, de que diferentes elementos con los que se describe el proyecto para la Iglesia están elaborados a manera de paradoja, es decir, ideas que aparentemente son contradictorias, incluso contrapuestas, pero que, cuando se las ve juntas desde el Evangelio de Jesús, adquieren completo sentido. No puedo saber si Pedro Pablo deliberadamente las organizó con un ánimo paradojal, pero pienso que son el reflejo de la iglesia laboratorio que él propone, una en la que se ensayan y se exploran formas plurales de ser y hacer iglesia, y donde no siempre sabemos cuál será exactamente el resultado pero que son luz que ilumina un camino de esperanza para ponernos a la obra, para actuar en su construcción. 

Por otro lado, me parece que el carácter paradójico de estas ideas viene dado por el «lugar de sentido» desde el que Pedro Pablo enuncia su palabra, un territorio plagado de pluriversos, híbrido y polifónico debido a su historia y geografía, la inod–afro–latino–américa, bellísima manera de nombrar este pedazo de tierra, que hay que decirlo, se extiende más allá de las fronteras, hasta los países anglosajones del norte y Europa a través de sus diásporas de migrantes (otras formas de colonización, podríamos decir, desde abajo). Desde esas coordenadas planetarias es como leemos estas aparentes contradicciones y es ahí donde adquieren sentido, un sentido de fe y prácticas encarnadas en el territorio. 

La Iglesia después de la Iglesia 

Otra manera de decirlo es una iglesia —con minúscula, desde abajo—, sin Iglesia —con mayúscula, desde las jerarquías de élite—. 

Aunque parezca evidente, me parece importante subrayar que este libro se publica en el año de la primera reunión en Roma del Sínodo de la sinodalidad, y esto resulta relevante porque la palabra «sinodalidad» o «sínodo» no aparece en este libro. Aquella idea, tan traída y llevada a nivel cupular, tanto como en (algunas) parroquias y comunidades laicales de base, (algunos) obispados, está ausente en este libro. Esto es una de las virtudes de la propuesta de Achondo porque muestra el enérgico llamado a una completa renovación de los discursos, las prácticas y la organización de la iglesia. En este sentido, el silencio del concepto de sinodalidad habla en sí mismo en el contexto que estamos viviendo. Ello no significa que no existan convergencias entre las propuestas del Sínodo y las realizadas aquí por Pedro Pablo, me parece que ambos se encuentran enmarcados en la misma crisis que vivimos dentro y fuera de la Iglesia, en la misma discusión, un trance epocal que excede los muros eclesiales, marcada por la guerra, la pobreza, las exclusiones, la discriminación, las desigualdades y el ecocidio, aspectos que no son desconocidos en la Iglesia y que en muchos de estos casos, ella misma, en sus versiones más conservadoras y menos proféticas, ha sido origen, promotora, cómplice o simplemente indiferente o apática. 

El llamado del libro es entonces una «exigencia a la Iglesia de ser Iglesia», en palabras de su autor, una llamado a responder las preguntas urgentes: «¿Qué deseamos para otra convivencialidad eclesial que sea esperanza, fraternidad, libertad y justicia para hoy y mañana?» «¿Logrará la Iglesia salir de cierto enfrascamiento e irrelevancia para ser don respecto del tiempo de transiciones que vivimos y padecemos?» 

La respuesta de la Iglesia oficial a estas preguntas ha sido la sinodalidad, un intento al que no se le resta su dificultad y lucha en los ámbitos en los que se juega; los cuales son muy específicos y en muchos casos exclusivos de las y los enterados y enteradas. Pero como dice Achondo, parece que «las aguas papales no logran hallar un buen cauce», y esto porque hay temas que son más de fondo que las estructuras y sus actores con intereses involucrados no tienen verdaderamente intención de transformar. 

Por otro lado, la sinodalidad, como modelo de las primeras comunidades cristianas ya ha sido históricamente vivido en territorios y comunidades locales de Latinonoamérica de la mano de teologías como las de la liberación, del pueblo, india, feminista, lgbtiq+, entre otras. Considero la posibilidad de que la idea de sinodalidad haya sido «hegemonizada», y con ello me refiero a lo desarrollado por el líder comunista italiano Antonio Gramsci, es decir, que la sinodalidad como actuar efectivo haya sido apropiada de las prácticas de las comunidades de base, le llamaran o no sinodalidad, y esté siendo instrumentalizada para la legitimación de cierto orden eclesial en medio de las vicisitudes de credibilidad de la Iglesia, la cual, por su parte, históricamente ha tendido a operar de formas no necesariamente sinodales. 

Por el contrario, la respuesta de Achondo se hace desde la subalternidad y en una clave alternativa, fresca y novedosa, con un lenguaje renovado y renovador, una mirada propia encarnada en las realidades latinoamericanas de hoy, sin perder la memoria de los pueblos y su historia; es más cercana a la organización de las primeras comunidades cristianas, cuando ardía la presencia del Resucitado en la vida de sus gentes, y más alejada de la Iglesia cupular, de los ropajes de elegancia y oropel, de los dogmas cerrados y excluyentes, de las jerarquías de dominación. Es como si Pedro Pablo nos llamara a ver que la sinodalidad es desde abajo, en las periferias y con total apertura, o no es sinodalidad. Ello no implica que la Iglesia institucional no puedan funcionar de manera más sinodal, me parece que sí hay un esfuerzo legítimo de parte de algunos actores, el mismo papa Francisco, pero tiene los duros límites de la burocracia institucional. 

El autor en realidad no se pelea con estas cuestiones, no propone abandonar la Iglesia ni destruirla y construir sobre sus cimientos, más bien entender que estamos en «transición». El modelo que elabora se parece más al de los movimientos sociales contemporáneos, con células encarnadas en lo local ocupadas de sus necesidades colectivas cotidianas, ahí en lo inmediato donde se juega la vida, «múltiples y periféricas… pequeños núcleos creativos y comprometidos», sin con ello descuidar las articulaciones, el plano político translocal o global (migrantes, redes altermundistas y las propias iglesias), en el que se tejen también las solidaridades de estos movimientos. «Mirar lejos y actuar cerca», dice Pedro Pablo.  

La iglesia como diversidad de comunidades de fe y trabajo por el Reino codo a codo con otros movimientos como los feministas, ecologistas o anticapitalistas, cuyas luchas las iglesias también hacen suyas, porque entienden que también son búsquedas del sueño de Dios para el mundo; que lo sociohistórico no está separado de la salvación, son una y misma cosa. Las iglesias (en plural), como agentes de liberación, llamadas por Cristo a la justicia, la misericordia y a la transformación radical para la eliminación de la pobreza, el sufrimiento, el abandono y la desesperanza, sin miedo, con la libertad que da el Evangelio. 

«¡Qué gran misión sería ésta!», exclama Pedro Pablo, una tarea ambiciosa, como se puede ver, porque excede lo eclesial, incluso los ámbitos religiosos y de fe para enraizar en el mundo, pero sin aquella misión estos ámbitos resultan, pues, un poco inútiles. La tradición cristiana no está exenta de estas semillas, Achondo las arroja a la imaginación de los y las lectoras para que germinen, como las «comunidades de cuidados», de lucha y de restitución de las víctimas, de acogida y perdón, emancipadoras, terapéuticas para sanar y ser sanadas y sanados, «confortadas y consoladas por el Dios de la Vida»; los «laboratorios pascuales socio–eco–políticos», más allá de las estructuras y den respuesta a la inminente crisis climática y sus víctimas humanas y no–humanas, y  una «ética posclerical cristiana»: abierta, que deja los muros y el ensimismamiento patriarcal y colonial para dar testimonio Nazareno en el encuentro. 

Ésta es la utopía que se sueña para las iglesias después de la Iglesia, pero que no se restringe a ella, se plantea, verdaderamente una sociedad renovada con sujetas y sujetos nuevos, en la que las iglesias encarnadas en sus territorios cumplan el papel activo al que están llamadas por amor al Evangelio. 

Unas iglesias empoderadas sin poder 

Uno de los objetivos centrales que plantea el libro es el «empoderamiento» de todas las bautizadas y bautizados, como receptores y emisores de fe verdadera y cómo discípulos misioneros, es decir, llamadas a la acción y a la construcción del Reino en lo concreto. Implica, según lo que se lee en la propuesta, la construcción de comunidades que entiendan la necesidad de luchar contra procesos como el neoliberalismo, el extractivismo, la desigualdad o la discriminación. 

Al mismo tiempo, se previene de buscar «empresas demasiado rimbombantes o proyectos con aspiraciones y pretensiones demasiado grandes». Se plantea la fragilidad y la impotencia como el punto de partida de las nuevas comunidades eclesiales, la sencillez, la pequeñez, su naturaleza no hegemónica, más bien a la orilla. «Quitarse la —histórica— aspiración al poder de la Iglesia». 

Empoderar desde los sin–poder, una idea al parecer contradictoria en la que habremos de buscar otras formas de entender el poder, dice Achondo: «Si hubiera un poder al cual aspirar, éste será el poder del servicio, el poder del amor, el poder de la compañía. Ningún otro, lejos del estatus y el confort y muy lejos de dispositivos reproductores de pecado». 

La búsqueda de una «fuerza teológica popular comunitaria». No es que no haya poder aquí, como potencia, como posibilidad, desde las prácticas concretas cotidianas, desde la suma de muchas pequeñeces y vulnerabilidades que hacen una “fuerza”, unión en la diversidad, un reto importante. Hay una búsqueda por este tipo de poder, el poder de ponerse a la asistencia de la otra, del otro, de socorrer al menor. Esto implica formación, y política, y poder y, más que nada, Evangelio. 

Sí, me parece que hay una urgencia por el empoderamiento de nuestras comunidades eclesiales desde abajo, en sentidos sociales, políticos y económicos, además de los anticlericales. Busquemos este tipo de poder al que nos abre Achondo, un poder “abajado” como en Jesús, que hablaba con la autoridad de la justicia, desde las verdades de los descartados por todas las formas de opresión, no desde la búsqueda de dominación, de totalitarismo, de anulación de la polifonía o la imposición del dogma o del canon. 

¿Desde los márgenes se ve mejor? 

En este último apartado me refiero al tema de las territorialidades que se desarrolla particularmente en el capítulo dos, en el que se da cuenta de que se ha instalado, también y desde hace tiempo, una marcada crisis en la relación de las iglesias institucionalizadas con los lugares en que se encuentran y sus contextos sociapolíticos, económicas y culturales. 

Entiendo estas territorialidades como el ámbito de gestión de las arquidiócesis, diócesis, decanatos y parroquias, la división administrativo–territorial de la Iglesia. Como lo leo, en algún sentido también éstas son las iglesias de «abajo», del último peldaño en la jerarquía, sin embargo, existe una franca ruptura de éstas, que se instauran como unidades de burocracia sacramental, con sus territorios y con lo que le alegra y preocupa su gente. Las parroquias no responden a la realidad de sus territorios y comunidades, la pretensión universalista y la uniformidad que desde las direcciones superiores se ha impuesto a la manera de trabajar de las unidades territoriales eclesiales está clericalizada y carece de sentido. Se trata de un problema estructural; el diagnóstico de Pedro Pablo es contundente; no alcanza a florecer lo situado, lo encarnado, la originalidad de cada territorio y el «pluriverso» de sus múltiples formas de ser y hacer, la alteridad y lo distinto, lo polifónico. Como las personas, «el Evangelio también habita y no lo hace igual en todas partes». 

Para mí esto significa que no sólo «arriba» —para seguir usando justamente una metáfora de localización en el espacio— en las élites cupulares, hay una situación problemática, también «abajo» en las comunidades concretas, las cuales están atravesadas, en muchos de los entornos de Nuestramérica, de violencias, ruptura del tejido social, apatía política, indiferencia social, individualismo y desesperanza. Dice Pedro Pablo que las «pequeñas comunidades se escapan [de la complicidad perversa con los sistemas de opresión] en muchos casos”, pero en otros no, no logran escapar de ello y habrá que entender el papel que desempeñan y sus complejidades locales concretas. Pienso en los machismos y la violencia de género, la discriminación de las disidencias sexogenéricas y colectivos lgbtq+ o ciertos conservadurismos en temas morales que generan exclusiones, temas que atraviesan tanto a las élites como al pueblo en muchos casos, dentro y fuera de la Iglesia, porque las personas creyentes también pueden ser agentes de estas miradas sociales distorsionadas que segregan y producen dolor. 

Todas las personas estamos convocadas a una profunda conversión, desde luego, con obligaciones diferenciadas que tienen que ver con el grado de responsabilidad y poder de cada cual. La oposición «abajo/arriba» o «territorio/cúpula» es productiva y nos sirve para denunciar las injusticias y tomar un posicionamiento político ineludible; Jesús, como Dios hecho carne, vino por los pobres, ése es el centro de su mensaje, pero ése no es un «ya», sino un «todavía», un proyecto, un proceso, también «abajo» el camino de las iglesias es transición. Existen y han existido experiencias empíricas desde abajo para la construcción del Reino, pero habrá otras latitudes donde se requerirá de más manos, más recursos y más tiempo. Por eso Achondo se refiere al «mañana», todavía no amanece, debemos ponernos todas, todes y todos al tajo, trabajar con esperanza en el futuro. 

Como decía Bell Hooks, activista feminista afroamericana, efectivamente, «desde los márgenes se ve mejor», pero esa mirada mejorada y de liberación en las iglesias periféricas es aún una realidad por hacer en muchos lugares. 

Ver la presentación del libro:


Para saber más: 

Achondo Moya, Pedro Pablo, La Iglesia después de la Iglesia. Ensayo latinoamericano sobre una eclesiología para el mañana, Buena Prensa, Ciudad de México, 2023. 

Achondo Moya, Pedro Pablo, Una Iglesia híbrida. Eclesiología de la liberación, Espacio Popular de Exploración Cristiana, México, 2021. 

 Achondo Moya, Pedro Pablo y Elías González Gómez, Los llamo amigos. Redescubrimiento la amistad como tejido de vida, San Pablo. 


Imagen de portada: Cathopic

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete al boletín semanal

    Enlázate con
    Previous slide
    Next slide