¡No me rendiré!

Enrique Ponce de León Garciadiego, S.J. 

Llevo más de cuarenta años compartiendo Ejercicios Espirituales (EE) a muchos ejercitantes, Pero, sobre todo, he tratado de experimentarlos. Nadie puede hablar del Señor Jesús sin haber sido tocado por la Palabra. 

Frente a la experiencia de san Ignacio de Loyola nada es igual. Por eso los EE bien hechos no son para todos, son para buscadores, para los que preguntan y se rebelan ante las situaciones que vivimos hoy. Para los que han sufrido y se han enfrentado a la muerte. Para… los peregrinos de la Luz. 

La transformación de Íñigo 

En el mes de mayo, hace 500 años, se libraba una batalla contra unos pocos hombres que defendían una causa perdida ante el empuje de más de 12,000 franceses y alemanes que atacaban la ciudadela de Pamplona. En medio de estos valientes estaba Iñigo de Loyola, quien pensaba entonces en ponerse como al servicio de un rey «temporal». 

Algún día escribiría en sus Ejercicios: «si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuánto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero» (EE, 94). 

Iñigo, con la espada firme en su mano, gritaba apasionadamente animando a sus compañeros. De pronto sus piernas sangrando lo derrumbaron, en medio del humo y de los alaridos de los heridos que caían. Él también se desplomaba gravemente herido. 

Iñigo estaba herido, pero mucho más que las heridas de sus piernas, sufría las heridas en su honor de caballero, sus sueños derrumbados, su vida fracasada. 

Las heridas, las de todos nosotros, tenemos que enfrentarlas o sucumbir llenos de autocompasión y derrotismo. 

Las heridas en nuestra vida pueden llegar a ser ocasión de superación, de seguir adelante. Las cicatrices son señales que nunca se borran, debemos superarla para sanarlas definitivamente. 

Si Íñigo no hubiera sido herido, sería uno de tantos Loyolas que jamás sobresalieron en la historia; como muchos de nosotros. 

La herida de Iñigo lo transformó en ¡San Ignacio de Loyola! 

Vidrieras — Foto de DesignPicsInc

En el interior del caballero se rebelaba una fuerza que lo impulsó a exclamar: ¡No me rendiré! y jamás se rendiría. En sus largos meses de convalecencia no dejaría que sus sueños de grandeza vencieran sus sufrimientos. Iba apareciendo un deseo que no lo dejaba en paz: magis.1 

1. Magis (más) es una palabra latina de la espiritualidad ignaciana, que implica el dar más en todo aquello que tiene que ver con nuestra relación con Dios y con nuestras decisiones personales. ¡Más! Si los grandes héroes vencieron ¿por qué yo no? Si los santos alcanzaron la santidad ¿Por qué yo no? No, no se rendiría. 

Hasta que Alguien, mucho más grande que sus héroes lo alcanzó: ¡El Señor Jesús! El vencedor fue vencido por el amor de Jesús que lo encontró en su lecho de herido. 

Ignacio, el peregrino, comenzó a buscarlo. Pero el Buscador lo había encontrado. Ya no combatiría por un rey que se le muriera. El Rey Eternal iba conquistando al caballero hasta que éste se rindiera en una oblación radical (EE, 98). Su espada quedaría para siempre a los pies de su Señora de Montserrat y su Principio y Fundamento, el único sentido de su vida sería: «el conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga» (EE, 104). 

Pero… apenas el camino del peregrino comenzaba. Este «conocimiento» no es fruto de las ideas y conceptos teológicos o bíblicos; ni siquiera del esfuerzo humano. ¡Es un don! 

El Espíritu lo esperaba en las orillas del río Cardoner; «una ilustración tan grande que todas las cosas le parecían como nuevas» (Autobiografía, 30). 

Solo se conoce lo que se experimenta desde el interior, desde la entraña y llegó a afirmar «que sus experiencias de su vida entera juntas no alcanzan a igualar lo que vivió en el Cardoner». Íñigo ya no sería el mismo. 

Pero tiene que seguir y le espera una dura batalla, mucho más fuerte que la de Pamplona. El escenario era su interior; el maestro en el discernimiento emprendió entonces una lucha entre la verdad y la mentira; entre el bien y el mal. 

Pidió «conocimiento interno del Señor»… ¡sí! Pero también conocimiento de todos sus propios engaños. La Luz se disfraza de mentira; el bien, de oscuridad. Hay que mostrar «mucho rostro» y valor frente al mal; reconocer nuestras debilidades y con ánimo, vencer al enemigo de la natura humana (EE, 325-327). ¡Difícil aprendizaje para el caballero! 

Íñigo tenía que aprender a desaparecer en absoluta pobreza, a ser nada con los nadie: «haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno… con todo acatamiento y reverencia posible» (EE, 114). Elegir, por identificarse con su Señor, «más pobreza que riqueza más oprobios que honores» (EE, 167). 

En largas contemplaciones escuchó la invitación de su Amigo para que lo siguiera. La oración contemplativa se hizo mucho más profunda e íntima: «como un amigo habla a otro» (EE, 54) y también, más comprometedora: «hagamos redención» (EE, 107). 

Por los caminos de Galilea acompañó a su Señor a Jerusalén, bajo la bandera de la Cruz. Fue el Espíritu el que lo lanzó a una de sus más grandes experiencias: «considerar lo que Cristo nuestro Señor padece en la humanidad» (EE, 195). 

Vidrieras — Foto de DesignPicsInc

El compromiso para el peregrino se concretaba con más claridad: amar, amar en todo; y que el amor se transforme en servicio, «porque el amor se debe poner más en las obras que en las palabras» (EE, 230-233). 

Consideraciones finales 

Me gusta llamar a Ignacio «maestro», así lo llamaban sus primeros compañeros. Nuestro mundo no es muy diferente al que le tocó vivir. Los siglos xv y xvi experimentaban profundos cambios sociales, políticos, religiosos, económicos… ¡como el nuestro! 

En una «cultura líquida» como algunos la llaman, nada es seguro, todo cambia. Las pestes en esos siglos, como nuestra pandemia hoy, causaron la muerte de millones de seres humanos, con las consecuencias económicas y sociales que todos padecieron. Nadie está salvo… como en los tiempos de Ignacio. 

Ignacio no sólo sufrió la herida de su pierna, le causaba más dolor contemplar a su país, a su familia y amigos, a su Iglesia y a todos sus sueños de gloria y de poder desmoronarse. La tentación de cerrar los ojos, de huir, de refugiarse en un monasterio, de ir a tierras lejana o… de enfrenarse y luchar. Ante todo esto, una vez más exclamó ¡no me rendiré! 

El maestro Ignacio nos enseña una vez más a contemplar nuestro mundo: «ver las personas»: la corrupción, la mentira, la violencia, el consumismo, el sufrimiento de miles de mujeres y de niños, el desempleo, el dolor de los migrantes en todo el mundo, la situación de la Iglesia y de la vida consagrada, etc. 

El grito de Caín sigue resonando en nuestras conciencias: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?» (Gén 4,9). En cambio, el Dios del amor y de la vida nos invita a ser solidarios: «hagamos redención» (EE, 107). 

El Verbo sigue encarnándose hoy en cada uno de nuestros hermanos que sufren, en los pobres, en las mujeres, en los enfermos, en los marginados, en los que sufren persecución y cárcel, en los migrantes. 

El peregrino buscó siempre la voluntad de Dios, siempre en camino: con el Señor Jesús que es ¡el Camino! 

El «conocimiento interno» se le iba aclarando a Ignacio al contemplar a sus hermanos que ya no tenían esperanza en medio de sus sufrimientos. Habían perdido el camino y el sentido de sus vidas. 

La Compañía de Jesús hoy nos invita a todos, como primera preferencia apostólica, a «mostrar el camino hacia Dios mediante los EE y el discernimiento». 

Ignacio, como lo hizo en el pasado, nos va mostrando hoy las mejores rutas para seguir adelante. 

En una sociedad bombardeada por tantas ideologías y noticias falsas, caminamos, con frecuencia, sin rumbo. ¿En qué o en quién creer? Es el grito de los jóvenes; es la angustia de muchas mujeres y hombres en un mundo de mentiras institucionales. 

El Señor Jesús afirmó «que hay demonios que no pueden ser expulsados sino con la oración» (Mc 9,29). Urge la oración; pero no hay verdadera oración sin discernimiento. 

El discernimiento ignaciano es un camino hacia la verdad que nos hará libres. 

Estoy convencido —después de muchos años compartiéndolos—, de que los Ejercicios son un medio extraordinario de encontrar el sentido de la vida; por lo tanto, la felicidad. 

El Evangelio nos hace una invitación a todos. «En el mundo encontrarán dificultades y tendrán que sufrir, pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo» ( Jn 16,33). 

San Ignacio de Loyola jamás se rindió. Con la fuerza del Espíritu Santo y siguiendo al Señor Jesús, tampoco nosotros nos rendiremos. 

 

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