Ni retórica ni alquimias: Actos de paz

Es mucho más fácil hablar y escribir sobre la paz que trabajar a favor de ella. Esa fue la primera conclusión a la que llegué después de asistir al Diálogo Nacional por la Paz realizado en Jalisco hace un par de días. La segunda: Que poner en el centro de la justicia y la reconciliación a las víctimas exige a todas las personas e instituciones asumir la propia vulnerabilidad y nos reclama implicarnos en actos donde es preciso arriesgar el poder, nuestras certezas y nuestra estabilidad.

Como se sabe, el movimiento y todo este esfuerzo de encuentro y promoción de metodologías de paz surgió tras los dramáticos crímenes en Cerocahui, Chihuahua, en 2022; y el estupor no sólo detonó un singular activismo social potenciado esencialmente por organizaciones eclesiales católicas, sino la paulatina integración de muy diversas estructuras intermedias de la sociedad como gremios y colectivos populares, empresarios, centros educativos, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil e iglesias. 

Durante la primera parte del proceso se reconoció el testimonio de las víctimas y los legítimos clamores de los movimientos sociales; en foros, encuentros y diálogos se consolidó un diagnóstico y una agenda de compromisos por la paz que debían ser asumidos tanto por autoridades civiles de los tres niveles como por las mismas estructuras intermedias. Los compromisos se firmaron lo mismo por candidatos a puestos públicos que por burócratas en funciones; por líderes sociales, religiosos y empresariales; por instancias de formación y participación cívica.

A partir de algunas de las acciones emprendidas se sistematizaron metodologías temáticas y operativas para inspirar y motivar su réplica en otros territorios y en otras condiciones. Las metodologías van desde la instalación y seguimiento de círculos de paz territorial hasta procesos de vinculación comunitaria con autoridades, atención de víctimas, mediación, búsqueda de personas o implementación de cultura laboral basada en la ética, la justicia y el cuidado. 

El mero atrevimiento de resumir en un párrafo las incontables, pequeñas y hasta heroicas acciones que a lo largo de los últimos años han constituido este proceso de construcción de paz en México confirma mi primera sentencia: Los inúmeros y silenciosos servicios por la paz corren el riesgo de quedar sepultados bajo frases estudiadas y grandilocuentes, bajo consignas vanas que replican ideas en forma de eslóganes o titulares que apuestan al primetime noticioso. Ya lo apuntó Rimbaud: «Cuando la antigualla poética influye en la alquimia del verbo, las alucinaciones crecen».

Foto: Luis Ponciano-ITESO

Lo más relevante de este Segundo Diálogo, sin embargo, ha sido el reconocimiento de que los esfuerzos por la paz no sólo deben estar animados por el anhelo de alcanzarla sino por la cruda aceptación de una tarea corresponsable, ardua y permanente, casi sisífica: «Es un trabajo que nos va a exigir perseverancia cuando ya no haya reflectores y cámaras. Va a exigir coherencia cuando nadie esté mirando. Nos va a exigir coraje cuando construir la paz no sea tema de moda».

En efecto, los actos de paz no pueden estar sujetos a la lógica de la espectacularidad sino a la de la serena satisfacción de verse involucrado en una cultura de corresponsabilidad y cuidado, de justicia, reparación, reconciliación e identidad comunitaria. Una cultura en la que las propias instituciones y sujetos promotores de la paz no pueden quedar exentos de asumir los compromisos colectivos de transparencia, rendición de cuentas y reconocimiento de las potenciales violencias que son capaces de cometer, así como de las víctimas que han dejado de atender.

Es sencillo decir que hay que poner en el centro a las víctimas, que no se deben invisibilizar, que no se deben relativizar sus afecciones o que no deben ser instrumentalizados sus dolores; pero es mucho más complejo aceptar que sean ellas las que juzguen la autenticidad de nuestras acciones y nuestras palabras.

Por ello ha sido importante poner la mirada en los actos de paz, en los procesos situados y concretos, heridos y débiles, falibles aunque bien intencionados; y ahí resulta imprescindible abrazar la compleja realidad; pues sin esa convicción, la retórica de la paz se convierte en una especie de alquimia espiritual buscando convertir la impureza en perfección.

Precisamente, para no hacer utópica la paz (ni utópico el proceso) es preciso fortalecer la congruencia de los actos más que la belleza de los compromisos. Pues más allá de las teorías del Estado liberal y moderno o de la teologización de los causales de la violencia y la paz; son los actos transformadores de la realidad los que evidencian un tipo de compromiso que es imposible traducir a palabras, firmas o insignias: la transparencia de las instituciones, la democratización de los procesos, el cuidado de las personas vulnerables, el delicado ejercicio entre la justicia y la reconciliación, la educación, la liberación de los oprimidos.

Como afirman los místicos cristianos, la actividad primordial del creyente no es la actitud negativa de lucha contra el mal sino una actitud creativa, restauradora y liberadora. Solo bajo esta actitud, la persona constructora de paz –incluso siendo víctima– se olvida de sí misma y se entrega a un camino duro y sacrificial. El proceso de construcción del mundo marcha entonces con el ser humano liberándose de los límites que le impone aquella falta de paz.


La versión original de este texto se publicó en VCNoticias se reproduce con autorización del autor.

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