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Mozart y la fe 

Wolfgang Amadeus Mozart es uno de los más grandes músicos de la historia. Nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo, Austria, llamada “el corazón de Europa” por el poeta Hugo von Hofmannsthal. Evoluciona desde “niño prodigio” hasta músico maduro de invención rica y muy bella. 

Su música ha sido utilizada como recurso pedagógico para estimular la inteligencia de los niños. “Analizando los distintos beneficios que conlleva el escuchar la música de Mozart, se pudo determinar que ayuda en gran medida a las personas, ya que su música contiene componentes frecuenciales muy bajas, lo que hace que el cerebro se relaje y, por consiguiente, todo el cuerpo; cosa que no ocurre con otro tipo de música, en las que se obtenían amplitudes espectrales mucho más altas”. 

Se habla del efecto Mozart para referirse al influjo positivo de la música de Mozart en niños y adultos, pero sobre todo en los niños. “El efecto Mozart, según los resultados obtenidos en distintas investigaciones, ayuda en un gran porcentaje a desarrollar capacidades intelectuales tanto en adultos como en niñas/os. Varios de estos estudios revelan que la gran mayoría de las muestras tomadas, en este caso de las personas, respondieron de manera favorable, demostrando que este efecto es válido”. Como suele suceder, estas afirmaciones son aceptadas por unos y cuestionadas por otros (ver “Análisis del Efecto Mozart en el desarrollo intelectual de las personas adultas y niños”, Ing. Esteban Ordoñez Morales y otros, eordonez@ups.edu.e). 

En el cine, la película Amadeus presenta a Mozart en el contexto de la rivalidad con el compositor italiano Antonio Salieri. Nos presenta a un Mozart desenfadado, incluso algo pretencioso, muy superior a Salieri en cuanto músico. Y también nos presenta el lado doloroso de su vida. Al final vemos a un Mozart carcomido por la enfermedad, que muere a una temprana edad, 35 años. Y la película Elvira Madigan hizo popular el segundo movimiento, andante, del concierto para piano y orquesta 21 de Mozart, tanto que se llegó a conocer ese trozo musical como “el concierto de Elvira Madigan (de Mozart)”.  

Pero hay en Mozart una veta poco explotada. Su música religiosa tiene claramente “huellas de trascendencia”, como las llama el teólogo Hans Küng. Mozart era católico. Su padre, Leopold, trabajó para el arzobispo de Salzburgo, Hieronymus von Colloredo, pero tuvieron dificultades. Esto le causó a Mozart una cierta aversión hacia el arzobispo. Pero la sensibilidad religiosa -católica- de Mozart no sufrió. Se muestra claramente en su Misa de la Coronación. Esta misa fue ejecutada en san Pedro, en una misa celebrada por el papa Juan Pablo II, el 29 de junio de 1985, dirigida por Herbert von Karajan, con cantantes de primerísima calidad. Fue una experiencia extraordinaria. Se manifestaba en el director la vivencia religiosa encerrada en la música de Mozart. 

En cuanto al sobrenombre de esta misa, probablemente se debe a que se interpretó en Viena durante las celebraciones de la coronación del emperadorLeopoldo II, en 1791, o la del emperador Francisco II, en 1792. Por otra parte, la música del Requiem es de un sentimiento religioso muy profundo. Mozart hace del tremendo himno Dies irae (El día de la ira) un canto a la misericordia de Dios: “Sálvame, oh fuente de piedad”, le cantamos a Dios con una melodía muy expresiva. 

Estatua de Wolfgang Amadeus Mozart/ Depositphotos

El Papa emérito Benedicto XVI es un gran admirador de Mozart. Dice «…Mozart penetra hondamente en nuestras almas y su música aún me conmueve profundamente, porque es tan luminosa y al mismo tiempo tan profunda. De ninguna manera es mera entretención; la música de Mozart contiene el total de la tragedia de la existencia humana… así como en Beethoven se siente el drama del hombre ante Dios, en Mozart se nos presenta la pura belleza que tiene su origen en Él” (ver Jaime Donoso, “Hans Urs von Balthasar y la música de Mozart”, Facultad de Artes, Pontificia Universidad Católica de Chile). 

Pero quizá la mayor alabanza hecha a Mozart vino del gran teólogo Hans Urs von Balthasar. El dijo que, al escuchar la sinfonía 41 de Mozart (llamada “Júpiter” por su fuerza y grandiosidad) sucede lo siguiente. Hemos escuchado los movimientos primero, segundo y tercero, formidables, bellos; ya no se espera más. Y de pronto, inesperado, inmerecido, gratuito, llega el cuarto movimiento, simplemente grandioso. “Así es la gracia de Dios, dice von Balthasar”. ¿Se podía decir algo más? Pues ese es Mozart. 

2 comentarios

  1. Agradezco profundamente este artículo. Continuen transmitiéndonos de este tipo de artículos que desde luego son de mucho provecho.

    Saludos a todo el equipo de este espacio informativo.

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