Éste es el tercero de una serie de ocho cuentos que se irán publicando cada dos meses, cuyo hilo conductor es Filo, un personaje originario de un barrio bravo de Tijuana: cholo, converso y buscador, quien eventualmente llegará a vivir a un país musulmán. A través de Filo podremos sumergirnos en un personaje que trae dentro de sí una manera fronteriza de ser y entender la vida, la cual le irá facilitando transitar con cierta soltura entre tradiciones culturales diversas y experiencias espirituales diferentes. Al llevar más a fondo sus experiencias, Filo nos enseñará que el llamado divino puede surgir en cualquier lugar y que la dimensión social de los sacramentos —de la que mucho nos habla el teólogo Victor Codina, S.J. en sus libros— puede revelarse a través de gestos cotidianos en un contexto marcadamente musulmán, haciendo coincidir lo que aparentemente no debería de coincidir.
Las semanas pasaron sin recibir señal alguna de los agentes del aeropuerto. Filo, para mantenerse ocupado, comenzó a ir todos los días a la biblioteca. Sus conversaciones en inglés fueron tan bien recibidas que incluso le ofrecieron trabajo allí. Filo aceptó, aclarando que sería solo algo temporal mientras lograba continuar su viaje a Vietnam.
Una mañana, mientras el reloj marcaba las 9:30, Filo se disponía a salir de la biblioteca rumbo al Museo de Arte Contemporáneo. Allí lo esperaba un grupo de estudiantes con quienes visitaría el recinto. Saíd, el guardia de la puerta, lo detuvo:
—Una estudiante quiere ir también al museo, pero no sabe cómo llegar. ¿Puedes llevarla?
—Sí, sí, sin problema —contestó Filo mientras se acercaba a la puerta.
Cuando comenzaron a caminar, la estudiante le preguntó:
—Me llamo Rima. Estudio Derecho. ¿Seguro que sabes dónde queda el museo?
—Claro que sí. Pero hay que caminar rápido, vamos algo tarde —respondió el cholo.
Mientras avanzaban, Rima volvió a preguntar:
—¿Y tú qué estudias?
—Yo no estudio. Trabajo en la biblioteca —le comentó Filo y, para hacer conversación, añadió que cuando estaba en la preparatoria le gustaba mucho la clase de Filosofía.
Rima sonrió. Se notaba que le gustaban las pláticas raras. Era de esas personas que nacen con la sospecha tatuada en el alma; de las que no se creen cualquier verdad sólo porque la dijo un profe o un político. Le sobraba cerebro.
—¿De dónde eres? —preguntó Rima.
—De Tijuana, México —respondió Filo.
—Ah, con razón hablas raro. Eso está lejos. A mí también me gusta la filosofía, pero más que leer a los filósofos, me gustan las preguntas existenciales.

Siguiendo el hilo, la estudiante lanzó un dardo:
—¿Tú crees que existan las respuestas absolutas?
Filo tragó saliva. Pensó: «¡Ouh! Esta morra». Después de unos segundos de silencio, contestó:
—No sé si existan las respuestas absolutas, pero a mí me gustan más las respuestas chiquitas. Ésas que no te dicen todo, pero que te dan la información suficiente para avanzar en la vida.
Sorprendida, Rima se quedó callada, mirando al infinito.
«Ahora sí, me la rifé con esa respuesta», pensó Filo para sus adentros.
Continuaron rumbo al museo conversando sobre la vida, la frontera, la espiritualidad, el espacio y las estrellas.
Días después volvieron a coincidir en la biblioteca. Filo la escuchaba atento, mientras por dentro rogaba: «Que no me aviente otra de sus preguntas».
Pero, entre plática y plática, Rima soltó sin titubear:
—¿Tú eres musulmán?
«Oh, esta morra», volvió a pensar él. Para escapar de la situación, aprovechó para contarle de don Lupe, de la iglesia de los cholos guadalupanos y de cómo había terminado en Túnez. Rima lo escuchaba fascinada.
—¿Tú crees que los cholos guadalupanos y los musulmanes son muy diferentes?
—Hay algunas diferencias —respondió Filo—, pero también hay cosas que nos unen, como el deseo de que todos seamos carnales. Hermanos, pues.
Ya en confianza, Rima lanzó la definitiva:
—Filo, ¿crees que exista el Paraíso?
El cholo suspiró y se puso tieso. Recordó una charla con Sóstenes sobre lo trascendental que era el Paraíso para los musulmanes. Entendió que Rima traía esa pregunta clavada desde hacía rato, sacudiéndole el alma.
Filo guardó silencio. Como buen cholo guadalupano, acogió la pregunta. Respetó la duda de Rima; no la confrontó ni la «cholo–guadalupanizó». Más bien, le tiró esquina con el corazón:
—Yo creo que sí.
Dejó pasar un momento y continuó:
—Sabes, a veces creo que nos hace falta expandir la manera en que nos han explicado el Paraíso. Siempre nos dicen que es algo pleno que viene después de la muerte, pero… cuando camino en las mañanas y siento el aire fresco en la cara, me siento vivo. Cuando veo las aves volar o las nubes que se pintan de colores, me emociono. No sé, Rima… Cuando la gente de aquí me invita a comer o me dice «hermano» sin conocerme, yo ya me siento en el paraíso, bien conectado con la plenitud. Quizá el paraíso comienza aquí, en esta vida.
Rima no dijo nada. Sólo sonrió con una honestidad profunda, como si se le hubiera acomodado en el corazón una pieza que no hallaba su lugar. Se sintió conectada consigo misma, con su gente, con su tradición, con la tierra, con Filo, con los cholos guadalupanos… con Dios.
Filo entró en un estado espiritual elevado. Sentía que en esas tierras lejanas comenzaba a vivir la máxima chola de «hacer el bien sin mirar a quién», de la que tanto le habló don Lupe. No hizo falta decir más. Ambos se quedaron allí, dándole el golpe a ese armónico humo de paz invisible que salía desde lo más profundo del corazón reunificado de Rima.






