En la entrega anterior veíamos que la jerarquía, por su propia naturaleza o esencia, no escapa de la delimitación y administración del desarrollo ajeno, aun cuando este modelo esté gestionado por líderes o grupos reducidos humanistas con una misión y objetivos loables preestablecidos. Cabe la pregunta: ¿quién los ha puesto en el poder de decidir y dirigir en vez de servir? ¿Y por qué permitimos que sea el modelo definitivo para la administración de la vida social?
En el caso de la Iglesia Católica, que es en el espacio en el que me he desenvuelto sustancialmente, entiendo que todo recae en la voluntad divina de Jesús. Si se le pregunta a un cura u obispo más o menos formado y actualizado, nos dirá que la jerarquía es algo que así quiso Jesús porque quiso permanecer íntimo y cercano a doce personas y que designó una tarea exclusiva a Simón Pedro para que, tanto los doce como Pedro, custodiaran su nueva doctrina y legado.
Sin embargo, esto es tan sólo la interpretación más aceptada y sobre todo autorizada por el Magisterio de la Iglesia Católica; una interpretación bíblica reafirmada en el Concilio Vaticano II cuyo sustento fue influenciado únicamente por el clero, y no todo el clero sino obispos y altos jerarcas tanto del catolicismo como de otras confesiones cristianas; de ahí su carácter ecuménico.
Para distinguir la interpretación del fundamento bíblico, conviene traer el pasaje clave que fundamenta la sucesión apostólica de Roma:
Mateo 16, 13–20: 13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 15 Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, [a] y sobre esta roca[b] edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. 20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.
La interpretación oficial es que Pedro, por significar piedra, se le vinculó con el fundamento o roca inconmovible del nacimiento de la Iglesia de Jesús, y cuando dice que «sobre esta roca edificaré mi iglesia» se hace referencia a la persona de Pedro como primicia y punto de partida asignados por Jesús para dar continuidad a su misión. El punto de referencia por excelencia es la persona de Pedro y su confesión de fe. Esto llevó a pensar que Jesús quiso asignarle una tarea especial y exclusiva a Simón Pedro para suceder la fe y custodiarla, es el llamado depósito de la fe y la instituida sucesión apostólica mediante la imposición de manos desde Pedro hasta nuestros días (LG, 18).
Sin embargo, el pasaje tiene un juego de palabras que nos parece crítico y decisivo. «Petros», nombre asignado por Jesús, quiere decir «piedra», y hace referencia a una piedra individual; mientras que «petra», en donde se habla de la «roca», hace referencia a una masa rocosa o base sólida. Echando mano de la hermenéutica de Juan Mateos, S.J., lo que aquí se quiere explicar es que la piedra individual (Pedro) es toda aquella persona dispuesta a seguir a Jesús y su proyecto del Reino de Dios en tanto que persevere en la roca o base inconmovible para tal labor (la confesión de fe que expresa Pedro como algo revelado por el Padre).
Dicho esto, se puede decir que para que el Reino de Dios se haga realidad en medio de la sociedad, tanto la persona como su convicción de fe son tomadas en cuenta, y esto abre la posibilidad de que Pedro haya sido el primer confesor de esta verdad revelada y el primero en tomar la iniciativa del grupo para el encargo, pero no necesariamente quiere decir que Jesús le asignó un cargo específico a Pedro, pues tenemos en otro pasaje la disputa entre los discípulos sobre quién era más importante. Jesús los reprende diciendo que quien quiera ser el más importante debe hacerse último y servidor de todos. En las nuevas comunidades humanas que busca Jesús no hay rangos ni cargos que subordinen al hombre.
Así, todo esto se lee no como un cargo o título particular, sino como una forma peculiar de invitar a la entrega y servicio incondicional para con la humanidad, y Pedro es invitado por Jesús a tomar la iniciativa y dar el ejemplo. Ese llamado, en realidad, lo tenemos todos aquellos con la disposición de crear nuevos caminos y relaciones humanas que transformen al mundo desde su interior. Ser piedras que edifiquen una nueva sociedad tomando como base o roca inconmovible la confesión de fe por excelencia: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Esto último sería para todos los creyentes nuestra referencia espiritual y existencial en el camino de Jesús por ser una verdad revelada por el Padre al primero registrado en pronunciarlo y tomar la iniciativa: Simón Pedro.
¿Qué se sigue de esta interpretación? Aunque no es una explicación tan vinculante y tradicional como la oficial para explicar este pasaje, de esto se puede seguir una forma aún más radical de volver a esa buena noticia que Jesús quiso compartir con sus contemporáneos. Se sabe que no dejó un modelo de organización comunitaria específico, y eso permite aún mayor libertad entre los grupos de Jesús frente a la dinámica de la realidad y las circunstancias históricas que se van actualizando conforme la humanidad va construyendo su propio destino. Implicaría, ciertamente, tomar distancia de la sucesión apostólica tal y como la entendemos y como viene establecida desde Roma. Asunto para nada fácil, pero quizás necesario.

Si pensamos en comunidades circulares a modo heterárquico, donde existen varios facilitadores o gestionadores que administren la unanimidad de la vida en común y estas personas fueran rotadas cada cierto tiempo por la misma comunidad, podríamos resolver el asunto de las «carreras eclesiásticas», las cuales se sabe que son una realidad dentro de la jerarquía de la Iglesia. Aunque esta falsa correlación entre carrera y éxito viniera de una ideología ajena al Evangelio, la Iglesia no deja de ser un sistema que está vertido en una vida social determinada, con todo y sus estructuras.
La jerarquía, por naturaleza, es piramidal, y en el mundo laboral cuanto más escales más éxito profesional tienes; mayores bienes, privilegios y sueldo. La jerarquía como organigrama inscribe en la mente humana que, para crecer, hay que escalar los niveles a costa de otros, o bien, por mérito propio. Esa lógica se halla arraigada en el cuerpo eclesiástico y se crea cierta atmósfera competitiva porque la jerarquía entendida como modelo está constituida en su ser. Por ello, vale la pena preguntarse si un modelo que amplifica las ambiciones del ser humano es esencial en la organización y desarrollo humano integral de los bautizados.
Seguir esta interpretación no implicaría renunciar a la fe ni mucho menos a la transmisión de ésta, porque el depósito de la fe radicaría en la misma comunidad, y puede ser incluso una madre tarahumara que le quiere enseñar a su hija lo más esencial de su fe en Cristo, y ella transmitiría la misma fe en la medida en que haya visto esta fe reflejada en la vida de su madre; lo cual le daría peso y credibilidad al depósito de la fe e imprimiría un mayor compromiso en quienes nos consideramos seguidores de Jesús para poner en práctica sus palabras.
Tampoco implicaría renunciar a los sacramentos. La Eucaristía sería custodiada y gestionada por la misma comunidad, reivindicando la autonomía de los grupos de Jesús como lo fueron, y siguen siendo, pero en minoría, las comunidades eclesiales de base que emergieron de la teología de la liberación y los movimientos populares del siglo pasado, cuyo legado se sabe que fue injustamente silenciado y censurado por la jerarquía eclesiástica.
La sonrisa estructural otorgada por el papa Francisco hacia esta teología y movimientos latinoamericanos da pie para pensar que el Espíritu quiere una renovación profunda y radical de la Iglesia visible, la que dice creer en un judío y palestino marginal del siglo primero. No se trata de reformas que se jactan de sinodales, pero terminan siendo remiendos nuevos en un vestido viejo. Reformulando y renovando los mismos canales de participación, pero pasando por encima y superficialmente por el mayor problema que ha tenido la Iglesia por siglos: el clericalismo y el poder religioso. Los sacramentos serían plenamente apropiados y restituidos al pueblo.
Dicho todo esto, es necesario hacerle frente a la cuestión con toda firmeza y honestidad: ¿es voluntad de Dios que la Iglesia tenga una constitución jerárquica o termina siendo contradictorio al proyecto humano y liberador de Jesús de Nazaret? Si de verdad creemos en la igualdad, la solidaridad, la autonomía y la libertad que ofrece una vivencia tan liberadora como la que Jesús vivió con su experiencia del Dios–Padre, queda entonces entredicho que la jerarquía formal, organizativa e institucional queda fuera de la vivencia del reino. Y no hablamos de las personas sino más bien de los cargos y puestos justificados por un supuesto mandato divino que les impide volver a la vida más humana y alegre que los laicos tenemos el gozo y la dicha de tener muy cerca. Son los curas y obispos más recordados quienes dejan a un lado su formalidad y se hacen uno más con el pueblo y sus luchas. Conocemos los rostros y sabemos los nombres.
Así pues, podríamos decir, en suma, que un modelo organizativo como lo es la jerarquía suele estar vinculado al poder, y la historia ya ha definido que las constituciones provenientes del poder terminan por ahogar la novedad y la liberación que el Espíritu trae a la humanidad; el constantinismo, el cesaropapismo y casos más cercanos y concretos como la guerra cristera, por ejemplo, son pruebas de ello. Cuando un modelo funciona por subordinación, quienes administran el modelo tienen el poder para imprimir sus ideas y convicciones en la gente de abajo, delimitando la libertad con una lista interminable de códigos y reglas de conducta que nos alejan de la vida y su belleza; de modo que, al restringir la libertad humana, se termina por sesgar y hasta mutilar la creatividad.
Jesús vino precisamente a revertir todo eso, ofreciéndonos una imagen de Dios que libera, pero sobre todo que humaniza la vida y las relaciones humanas. Eso para el poder siempre es desafiante y peligroso. Lo intrigante es saber si como laicas y laicos estamos preparados para dar el paso y tomar la iniciativa al estilo de Pedro ante una religión que pierde credibilidad, influencia y carisma. Frente a ese fenómeno social, me parece que no es camino fructífero ensanchar la estrategia de atraer al mundo hacia la Iglesia, sino cómo y de qué manera hay que proyectarnos hacia afuera, en salida, para vivir verdaderamente el Evangelio en lo humano y en lo cotidiano. El mundo es la Galilea a la que Jesús resucitado se adelanta en el camino.
Para saber más
Concilio Vaticano II. (1964). Lumen gentium: Constitución dogmática sobre la Iglesia. Libreria Editrice Vaticana.
DeChile.net. (s. f.). Etimología de jerarquía. Etimologías de Chile. https://etimologias.dechile.net/?jerarqui.a
Mateos, J., & Barreto, J. (1982). El evangelio de Mateo: Lectura comentada. Cristiandad.






