La palabra «jerarquía» está compuesta por dos palabras griegas: 1) «hieros», que significa «sagrado» o «divino», y 2) la palabra «arkhei», que significa «orden» o «gobierno». Este modelo organizacional no es único de la Iglesia ni tampoco es la pionera de esta forma de gobernar. La cultura está sumergida históricamente en la jerarquía como un modelo que ha resultado práctico y eficiente a la hora de establecer un orden en la sociedad. Desde civilizaciones como la egipcia, la maya y hasta el judaísmo son ejemplos de cómo esta forma de organización ha estado muy ligada al desarrollo histórico del hombre y las culturas.
Sin embargo, la jerarquía ha permitido que tengamos como sociedad esta creencia de que existen cosas, modelos o sistemas que no cambian: el trabajo, en que las empresas han adoptado este modelo organizacional; la familia, la cual ha ido evolucionando en la perspectiva, de modo que nuevas generaciones buscan una relación matrimonial más cooperativa que subordinada, esto último antes abundaba en lo social. Y, finalmente, en la religión, la jerarquía es tomada como algo intocable porque se cree que este modelo organizacional ha sido voluntad divina al establecerla como el orden definitivo para las cosas humanas.
Es el caso, por ejemplo, de la Iglesia Católica, la cual ha establecido como algo constitutivo y dogmático en su documento Lumen Gentium, donde afirma que Jesús quiso instituir su Iglesia al escoger a personas cercanas (los apóstoles) y finalmente designar una tarea única, especial y exclusiva a Pedro, la sucesión apostólica romana (LG, 19). Y justifican muy bien esta institucionalización divina en pasajes del Evangelio como Mateo 16, donde Jesús cambia el nombre a Simón por Pedro, y que le ha dado las llaves del Reino para atar y desatar cuanto sea necesario tanto en la tierra como en el cielo.
El problema aquí radica en no tener claro y seguro si esas palabras salieron efectivamente de la boca de Jesús, o bien, si fue añadido posteriormente a su muerte y resurrección por la comunidad o el hagiógrafo que escribieron este testimonio de Jesús en nombre de Mateo. Otro dato interesante es que este pasaje solamente aparece en Mateo. No hay rastros de este acontecimiento ni en Marcos, ni en Lucas, mucho menos en Juan.
Esto tiene mucho sentido si pensamos que Mateo, o la comunidad que escribió su evangelio, fue un grupo de seguidores de Jesús que provenían directamente del judaísmo; es decir, estaríamos hablando de judíos conversos y que el destino del mensaje del evangelio de Mateo estaría dirigido especialmente a judíos que habían optado por creer y seguir a Jesús, pero que arrastraron los viejos esquemas estructurales de su sistema de creencias proveniente.

Esto justificaría por qué sólo esta especie de decreto aparece únicamente en Mateo. A nuestro considerar, se trata de un resabio que no proviene realmente de la propuesta de Jesús y del proyecto del Reino de Dios y de las nuevas comunidades humanas; de modo que toda esta cuestión hace ver que los primeros creyentes, incluso los cercanos y testigos del Jesús de la historia, no terminaron por convencerse plenamente de la novedad que Jesús les propuso. No creyeron en su proyecto, y eso quiere decir, además, que tampoco le creyeron plenamente a Jesús. No es cosa fácil porque lo que Jesús vino a proponer y a vivir tuvo un carácter disruptivo y desafiante. Su modo de vivir invirtió la lógica del poder y de la religión.
Además, es importante mencionar que la jerarquía, por naturaleza, es la subordinación de un hombre sobre otro. Esto quiere decir que existe un sujeto que cuenta no sólo con el poder, sino también con el conocimiento, los medios y las herramientas suficientes para controlar a otro sujeto que no cuenta con todo lo anterior y que debe ser adiestrado y orientado para evitar el caos. Cuando esta jerarquía no está al servicio de la comunidad o del pueblo, se convierte en una forma fáctica de opresión y dominación, venga de donde venga. Esto nos permite concluir que, si volteamos de nuevo al origen etimológico de jerarquía podríamos decir que, para quienes ejercen este modelo, tienen la idea de lo sagrado como algo que se impone y se acata porque es mandato divino y no debe ser cuestionado ni refutado; de modo que refleja, por tanto, a un Dios autoritario y, desde luego, a hombres cegados por el poder.
Pero esta imagen de Dios está a kilómetros de distancia de lo que Jesús vino a compartirnos. Muchos justifican la jerarquía como una herramienta que puede usarse para bien en la medida, y sólo en la medida en que, quien ejerza el modelo, tenga las capacidades humanistas, el liderazgo y el carisma suficientes para potenciar al hombre que se halla subordinado dentro de este modelo. Aquí es cuando se equivocan porque la historia ha revelado que la jerarquía ha sido una forma de organización que ha estado en constante paridad con los poderes de este mundo, tanto políticos y económicos como religiosos, y ahora hasta empresariales.
Cuando las cosas no van bien y un sector específico poblacional está regido por una jerarquía y entra en crisis, los dirigentes y cabezas de la organización no titubean en tomar medidas drásticas que no siempre favorecen a las personas subordinadas, sino que terminan salvaguardando el entramado de intereses, relaciones y capital que se halla en el sistema, con tal de no perderlo todo y mantener a flote el barco. Es una acción que si no se toma prudentemente termina siendo utilitaria, sin favorecer realmente a las personas, especialmente a los subordinados del primer nivel inferior. Esto deja en evidencia que la jerarquía como modelo organizacional piramidal no tiene como centro el cuidado por la persona y su bienestar.
Luego, tenemos una especie de híbrido que combina jerarquía y heterarquía, o bien, un orden «otro». Este mixto busca proponer una nueva forma de gobernar en la que existen grupos dentro de un ecosistema donde hay mayor colaboración, participación y toma de decisiones; hay uno o varios representantes que gestionan la unanimidad de su sector delimitado, pero a la vez esos sectores están subordinados a una jerarquía en la que existe una minoría que va indicando el camino, los objetivos, la estrategia, la misión y visión, entre otras cosas.
Este mixto es un intento por superar los efectos autoritarios de la jerarquía, pero no termina por ser una forma de gobierno en la cual las personas sean plenamente libres de decir, pensar y proponer cuanto consideren para el desarrollo del grupo y que esto impacte sustancialmente en la dirección del todo. Se parece a lo que ocurre en Hechos de los Apóstoles, donde se menciona que las comunidades seguidoras de Jesús inicialmente lo ponían todo en común, de modo que a nadie le faltaba nada y no se pasaba necesidad (Hch 2, 45), pero en un momento secundario estos bienes, tanto materiales como espirituales, son puestos «a los pies de los apóstoles» (Hch 4, 35). ¿Qué cambió ahí? Valdría la pena un estudio riguroso en ese asunto particular.
Para saber más
Concilio Vaticano II. (1964). Lumen gentium: Constitución dogmática sobre la Iglesia. Libreria Editrice Vaticana.
DeChile.net. (s. f.). Etimología de jerarquía. Etimologías de Chile. https://etimologias.dechile.net/?jerarqui.a
Mateos, J., & Barreto, J. (1982). El evangelio de Mateo: Lectura comentada. Cristiandad.






