En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer, aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.
Así es el Reino de Dios: como un hombre que ha sembrado la semilla en la tierra y, lo mismo si duerme que si vela noche y día, la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. (Mc.4,26–29).
Siempre me gustó la tierra. Te sientas sobre una roca. No ves nada. No oyes nada. Y sin embargo, algo está irradiando, en silencio, a tu alrededor…
—Lo que embellece la tierra —dijo Jesús— es que, en algún lugar, el surco esconde la semilla.
Quedé asombrado al comprender de repente esa misteriosa irradiación de la tierra… Y caminando, caminando, descubrí unas espigas al caer la tarde.
—Tengo hambre —dijo Jesús—, vamos a comer.
Entonces comprendí lo que Él había estado buscando. Jesús llevó la espiga hasta sus labios. El trigo era un suavísimo gozo. Era mucho más que un alimento. Había brotado de la andadura bajo el sol… Era grato al corazón, como un regalo.
Aquella tarde fue definitiva en mi vida. Jesús llevaba días hablando en parábolas. Los que le seguíamos estábamos confundidos. No las entendíamos. Pero creíamos que Jesús nos invitaba a cambiar de dirección, a despertar el alma. Las parábolas no eran pequeños cuentos para entretener o adormilar, ni siquiera eran un cambio en su estilo de predicación. Las parábolas eran quemadura, llamaradas para poner los corazones de pie, un grito de combate para meterse en la aventura. Sólo las entenderían quienes tuvieran las manos vacías.
Y nosotros no las entendíamos…
Una y otra vez Jesús se sorprendía de que no las comprendiéramos. Después las explicaba pacientemente. Hubo una en especial que a mí me sacudió. Fue la primera que dijo. Sin más, comenzó diciendo: «Salió el sembrador a sembrar su semilla…».
Al terminar, cuando le preguntamos su significado, Él pareció decepcionado, como si esperara más de nosotros: «Pero… ¿no entienden esta parábola? Si no la entienden, ¿cómo entonces entenderán todas las demás».
Jesús le daba un valor singular a esa parábola. Y durante días siguió hablando del Reino como una siembra que ponía en juego nuestras vidas. Cada nueva parábola complementaba algo, lo iluminaba, le daba sentido. Pero a nosotros nos costaba salir de nuestros viejos conceptos, desterrar los prejuicios, retomar la vida. Por eso no entendíamos.
Sin embargo, amábamos a Jesús, queríamos abrirnos y apostar a favor de ese Reino que Él anunciaba y que tanto comprometía… si nos atrevíamos a vivirlo. Por eso Él explicaba sus parábolas a todo el que realmente quisiera acoger su invitación, y recordé que, en el principio, Jesús había comenzado a hablar directamente. Anunciaba el Reino de Dios sin rodeos y sin demasiadas explicaciones.
Empezó acompañando su palabra con signos de que su anuncio no era un sueño ni una imaginación: los milagros eran el sello del Rey, el pregón de que el Reino ya estaba en medio de quienes experimentaban en la piel volver a ver, escuchar o caminar como anuncio de la llegada de este nuevo mundo.
Poco a poco, la experiencia se había ido haciendo cada vez más amarga para Jesús. Sus milagros no resultaban tan convincentes, sino que, al contrario, excitaban a muchos en su contra. Otros tomaban sus palabras, las miraban al trasluz, las analizaban, buscando en ellas algo que les permitiera seguir atados a sus viejas rutinas. No buscaban la verdad sino sorprenderle en una blasfemia o una herejía, para eliminarle.
Todo les parecía válido con tal de oponerse al reinado del amor que Jesús encarnaba; todo les parecía justificado con tal de aferrarse a salvaguardar sus intereses personales y la concepción de un Dios a su medida.
Por otro lado estaba el pueblo, dispuesto a desviar sus predicaciones hacia lo material. Más preocupados por un pan que llenara sus estómagos, por un Dios que resolviera sus problemas, que en una verdadera transformación de sus vidas.

Y nosotros, sus apóstoles y discípulos, tampoco entendíamos…
Era claro que este fracaso entristecía a Jesús, pero Él comprendía la torpe pasta con que a veces nos moldeamos los hombres…
Por ello, aunque viendo no veíamos y escuchando no comprendíamos, vislumbrábamos que únicamente quedarían cegados los que hubieran renunciado a sus ojos y que las maravillas del Reino se abrirían para quienes osaran tenerlos.
Sólo entendería quien quisiera entender; sólo escucharía quien estuviera dispuesto a aceptar… y a comprometerse con lo escuchado.
Jesús nunca se impondría a nadie. Dejaría en cada persona la gran elección. Escoger vivir con el sol ardiendo en las manos, porque se ha decidido tener una vida plena, radiante, llena de años luminosos como antorchas, con una gran ilusión que le diera sentido a las horas, o elegir pasar por la tierra apagados, encerrados entre bagatelas como candiles sin luz. Esa era la estremecedora llamada del sembrador. Y en su entraña llevaba la pasión porque dejáramos a Dios ser Dios, porque le permitiéramos enseñarnos a estar vivos de verdad.
Así fui entendiendo. Dios es el único que siembra. Su palabra es la semilla, y toda la tarea del hombre está en acogerla, en dejarla fructificar. Nacimos para engendrar… como la tierra; pero lo que define el tamaño de cada alma es su apertura a la invasión de Dios, por la sencilla —y apasionantemente maravillosa— razón de que sólo Él puede unirse íntimanente a cada uno de nosotros para hacernos fecundos.
Por eso Jesús había comenzado removiendo obstáculos, insistiendo en que Dios sólo puede sembrar en quien se abre. Más que conquistar, se trataba de dejarse conquistar por el gratuito amor de Dios. Antes que nada había que ser buena tierra.
Paso a paso, Jesús describía los más profundos escondrijos del alma…
Hay hombres que son como un camino, hombres endurecidos por la vida, hombres que entre desconfianzas ya no se abren a nada. Son personas a las que el dolor y los años endurecieron en lugar de madurarles, personas de paso sin huella, personas atemorizadas y escépticas. El Dios de su fe, si la tienen, es un Dios apisonado, rígido como los conceptos que de Él tienen. Valen más sus razones que la palabra de Dios, porque no existe más Dios que el de sus propias razones.
Es inútil que la semilla de la palabra de Dios caiga sobre ellos. No la recogerán. Han apostado por la letra de la ley y han caído en la cerrazón; vendrán las aves del cielo, vendrá el viento también, arrebatarán la semilla y, con ella, la esperanza.
Otros son como terreno pedregoso. Son muchos los hombres que tienen más piedra que tierra en el alma. Son apasionados, idealistas, fervientes. Reciben con gozo cualquier idea nueva. Son gentes entreabiertas, fáciles a la entrega, hasta se diría que generosas. Pero pronto se ve que su piedra es fuente de dureza, no de solidez. La vida les trae y les lleva. Y cualquier nueva idea seca la anterior. Se convierten en los grandes espectadores de la vida: gozan hablando de cambiar el mundo, y hasta llegan a empujar a otros en la lucha; pero sobreviene la tribulación o la persecución por causa de la palabra o por los clamores de quienes menos tienen, y permanecen inmóviles, turbados, cimentados en la belleza de sus conceptos, pero sin arriesgar nada.
Estos hombres tienen corazón de entusiastas, no de mártires. Dicen que aman a todo el mundo como una hermosa manera de esconder que no aman a nadie. ¿Y su Dios? Su Dios es el de los bellos textos sagrados, el que conmueve a puerta cerrada, el que «se siente bonito» al orar o al acudir a las ceremonias religiosas, al que admiran pero jamás imitan. Estos hombres son los grandes estetas del alma: se complacen escuchando la palabra… siempre y cuando no les duela cambiar la dirección de sus vidas.
Otros hombres tienen el alma construida de buena tierra. Tierra que sería fecunda… si no estuviera cubierta por espinas. Personas muchas veces hasta bien intencionadas, con el alma llena de fuerza y aun de valores; pero comidos por el amor a los negocios, por la solicitud del dinero, por el placer o las comodidades, por los quehaceres, amores y preocupaciones cotidianas…
En ellos, la semilla brota y hasta se diría que pujante. Pero pronto es asfixiada por las espinas. Estos hombres viven corriendo, como si trajeran el alma descalza sobre arenas ardientes. Trabajan sin cesar, se afanan sin descanso, se sienten responsables principalmente de quienes comparten el mismo techo, exprimen cada segundo en las pequeñeces de la vida, pero nunca tienen tiempo para lanzar a vuelo el corazón.
Su Dios es el de la obligación cumplida, el del deber hacer, el de la constante previsión para el futuro, el de la satisfacción porque se ha dejado el alma agotada en el servicio a los demás o en los objetivos cumplidos. Viven convencidos del «a Dios pidiendo y con el mazo dando», aunque sus horas se consuman únicamente aferradas al mazo.
Y sin embargo… la palabra del Dios verdadero sólo crece en la alta soledad de quienes han logrado liberarse de tanto sobrepeso.
Cuando Jesús terminó de hablar yo sentí que mi alma estaba construida con parcelas de todas esas tierras. Por eso no entendía. Pero ansiaba hacerlo. Durante días mi corazón vagaba insatisfecho, como ante una tarea imposible de realizar con mis propias fuerzas.
Hasta que llegó aquella tarde…






