«Dejar de mirar al cielo para mirar la vida que acontece frente a nosotros».
MAYO
- Hch 1, 1–11
- Sal 46
- Ef 1, 17–23
- Mt 28, 16–20
§ Como los discípulos, podemos caer en la trampa de quedarnos mirando al cielo, como esperando a que algo suceda. La pascua que celebramos nos habla de la presencia de Jesús Resucitado de una forma distinta a la presencia física o presencial a la que estamos acostumbrados. Es normal que nos fiemos de los sentidos para corroborar lo que acontece a nuestro alrededor, pero los sentidos nos pueden dejar paralizados en espera de un signo o señal evidente.
§ Jesús nos aseguró una cosa que el evangelista Mateo nos escribe: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Esa presencia del Resucitado ya no es como la presencia del Jesús que caminaba por Galilea, que nació en Belén, es una presencia distinta, una presencia que invade la vida completa y que nos impulsa al canto, al júbilo, a la alegría del salmista que quiere cantar por ese Dios Vivo.
§ En la carta a los Efesios el apóstol Pablo nos invita a que esa presencia del Resucitado nos ayude a vivir la vida con plenitud y esperanza: en la Resurrección de Jesús reconocemos el poder y la fuerza de Dios Padre que no abandona a la muerte a su Hijo, sino que lo levanta para levantar con Él a toda la humanidad. Por ello podemos confiar en ese Dios de la Vida que nos da fuerzas y aliento, que nos levanta cada día para buscar vivir una vida plena y digna.
Que sepamos ser fieles a la presencia que nos sostiene, al dejarnos levantar por el Dios de la Vida y a vivir con plenitud y confianza, sabiendo que Él nos acompaña en cada paso del camino.







