En México ser mosca significa ser latoso, metiche, alguien que no fue invitado, pero que insiste en entrar al mundo de los otros. La metáfora detrás del título más reciente del director Fernando Eimbcke (Moscas, 2026) es quizá, de toda su filmografía, la historia más fiel a su nombre.

Desde Tehuantepec, Tulio (Hugo Ramírez) y su hijo Cristian (Bastián Escobar), de nueve años, navegan el doloroso camino de la enfermedad en la Ciudad de México. En este territorio en el que son moscas, la itinerancia también se presta para el juego, la vagancia y la interacción con extraños. Cristian los va incorporando a su paisaje cotidiano durante los días en que ronda por el Hospital 20 de Noviembre del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), a la espera de noticias sobre la salud de su mamá.
Tulio renta un cuarto a Olga (Teresita Sánchez), que vive frente al centro médico, pero miente al decir que va solo. Cristian y su papá deberán ser muy cautelosos para que Olga no los descubra, pues no hay dinero suficiente para pagar una renta por los dos, para las medicinas, ni para comer de forma decente.
Olga es una mujer hosca y seria que, movida por necesidad económica, renta la habitación bajo reglas muy estrictas: no permite visitas, usar la cocina, deambular por la casa ni hablar de la persona enferma. Enfrascada en una cotidianidad que parece tediosa, Olga también está llena de rituales que poco a poco serán descubiertos.
El director vuelve a poner sobre la mesa la enfermedad como un asunto familiar, en un claro guiño a su propia historia. Con algunas actualizaciones respecto a Lake Tahoe (2008), ahora Eimbcke profundiza en el vínculo entre padre e hijo de una forma detallada y juguetona.
Pese a todos los esfuerzos que hace Cristian por entrar al hospital, no logra saber sobre su mamá y, sin embargo, a pesar de su precariedad y del escenario en el que se desenvuelve, no hay un solo momento en el que la película roce la violencia, como suele ocurrir en cierto cine mexicano. Y no la hay porque no es necesaria: la comedia se cuela en medio de todo ese trajín; eso, en estos tiempos, se agradece. Lo cotidiano en aquellos días de espera aparece, más bien, como escenario de lo posible: un lugar donde la fuerza de los vínculos y las afinidades se imponen a pesar de las heridas que cada uno va cargando.
Y así como las moscas atraviesan una metamorfosis que las transforma de larvas en bichos aleteantes, Olga y Cristian también lo hacen por el poder del encuentro honesto y amoroso, movidos por la fuerza que nace de su corazón y de su pasión por los videojuegos.
Olga sale de su propio encierro cuando descubre a Cristian en su departamento, pero será a través del juego como lo reconozca como amigo. A partir de entonces, lo ayudará a mover el «Titanic» que es el ISSSTE para que el niño pueda ver a su madre y a convertirse en el número uno de Cosmic Defenders Pro, un videojuego de maquinitas en el que Cristian pasa buena parte de sus días.
Cristian también vive una forma de conversión, aunque más silenciosa. Él no logra procesar del todo la enfermedad de su madre ni la amenaza de la ausencia, a pesar de las creativas explicaciones de su padre. Pero, a través del vínculo con Olga, encuentra una mediación para atravesar el dolor. Su corazón no entiende la pérdida en términos racionales, pero le da paso desde la imaginación, la ternura y el juego; mucho juego.
El guion (a cargo de Eimbcke y Vanesa Garnica) y el montaje de la película están llenos de silencios y pocas palabras. Pero ese vacío no ensordece. Al contrario: la música original de Camilo Lara, del Instituto Mexicano del Sonido, convierte la experiencia visual en un juego emocionante en el que las maquinitas conectan con la ruidosa «matrix» de la Ciudad de México.
Moscas fue la película seleccionada para inaugurar el Festival Internacional de Cine en Guadalajara en abril de 2026. Fue el propio Fernando Eimbcke quien recordó que, 22 años antes, ese mismo escenario lo había recibido con su ovacionada ópera prima, Temporada de patos (2004). Seguramente la película será muy premiada en los Ariel de 2027 porque Eimbcke consigue combinar, casi de forma magistral, el blanco y negro —ya un sello suyo— con un ritmo que, más allá del melodrama, sostiene la historia desde la esperanza, incluso en medio de lo que bien podría ser una tragedia. Una película que no admite distracciones, que no necesitó de artificios digitales para ser potente y que construye una historia atemporal capaz de engancharnos desde la más bella ternura.
Moscas se estrenó en cines el 2 de julio de 2026 y está disponible en la plataforma MUBI.
«Lo cotidiano en aquellos días de espera aparece, más bien, como escenario de lo posible: un lugar donde la fuerza de los vínculos y las afinidades se imponen a pesar de las heridas que cada uno va cargando».






