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El ministerio educativo de la compañía de Jesús y su desarrollo en México

En Roma, de marzo a junio de 1539, Ignacio de Loyola y seis de sus compañeros con los que coincidió en el tiempo de sus estudios en París, oraron, deliberaron y decidieron presentar al papa Paulo III la propuesta de constituirse como una nueva Orden religiosa. El 3 de septiembre de ese año el papa dio su visto bueno para el primer proyecto que se le presentó de la nueva corporación religiosa, pero fue hasta el 27 de septiembre del año siguiente que en la Bula Regimini militantis Ecclesiae el pontífice aprobó oficialmente la Compañía de Jesús como una nueva forma de vida religiosa en la Iglesia católica. En lo que puede entenderse como el acta constitutiva de la nueva institución, la llamada Fórmula del Instituto (FI), en el primer capítulo de los cinco que la conforman se menciona que la Orden recién aprobada se funda principalmente para «aprovechar a las almas en la vida y doctrina cristiana», así como para difundir la fe a través «de la pública predicación y el ministerio de la Palabra de Dios» por medio de «ejercicios espirituales y obras de caridad, y singularmente para instruir a los niños y a los rudos en las verdades del cristianismo, y para consolar espiritualmente a los fieles oyendo sus confesiones» (FI, I). La Fórmula también señala que todos los miembros del nuevo instituto religioso tengan «por especialmente recomendada» la instrucción de niños y «gente ruda* en la doctrina cristiana y enseñanza de los diez Mandamientos y en otros rudimentos semejantes de la Religión» tomando en cuenta siempre «personas, lugares y tiempos» (FI, III), «como les parecerá más oportuno «según las circunstancias de personas, lugares y tiempos». Como puede observarse, entre las acciones principales de quienes formen parte de la nueva Orden, la Fórmula no hace alusión a la enseñanza académica, aunque en su cuarto capítulo sí menciona tener «colegios», pero entendidos no como instancias de instrucción, sino como residencias o convictorios de estudiantes que «una vez probados suficientemente, podrán ser admitidos en nuestra Compañía» (FI, IV).

* En el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, considerado como el primer diccionario monolingüe del español, publicado en Madrid en 1611, se define rudo como «el hombre de ruin ingenio, y tardo, que no está labrado, como si cortásemos un palo, y no le quitásemos todo lo que puede embarazar a pasar la mano por él».

No obstante, fue en los primeros años de vida de la Orden que Ignacio de Loyola contempló el alcance del servicio y del bien que podían hacerse a través del establecimiento de colegios y universidades, no sólo para la formación de aquellos admitidos en la Compañía, sino para estudiantes externos. La formación académica en colegios y universidades fue considerada en ese momento por Ignacio como un ministerio con el que se podía hacer el bien más universal, por tanto, «más divino», como se señala en la séptima parte de las Constituciones de la Orden (CC, n. 622). Muy pronto los colegios y universidades a cargo de los jesuitas comenzaron a crecer en número, y a la muerte de Ignacio, en 1556, la Compañía dirigía cerca de 40 establecimientos educativos, la mayoría en Europa.

Foto: Universidad Obrera de México, que ocupa lo que fue el Colegio San Gregorio para indígenas, fundado en 1586, por los jesuitas. © Bernardo de Niz

Con la multiplicación de estas instituciones se vio la necesidad de diseñar un programa de estudios que estableciera finalidades, reglas, contenidos, prácticas y actitudes que contribuyeran a «procurar el edificio de letras y el modo de usar de ellas, para ayudar a más conocer y servir a Dios nuestro Creador y Señor», así como para ayudar «a los prójimos» (CC, n. 307), es decir, para consolidar una formación en «letras y virtudes». Así, después de más de 50 años de que se fundaran los primeros colegios y universidades a cargo de la Compañía, en 1599 se aprobó y publicó el programa de estudios con el título de Ratio atque institutio studiorum, o simplemente Ratio studiorum. Este plan educativo tomó en cuenta lo que durante cinco décadas había dado buenos resultados a los jesuitas en su labor educativa, pero también integró la experiencia académica que el mismo Ignacio y sus primeros compañeros habían tenido como estudiantes en los colegios y universidad de París. Fue así como el método y modos académicos de la Sorbona, el llamado modus parisiensis, fue decisivo en la organización, contenidos y pedagogía que los jesuitas adoptaron para sus obras educativas. En primera instancia, Ratio studiorum determina como cimiento del resto de contenidos, el estudio de Gramáticas latina, griega y hebrea, así como cursos de Retórica y de «letras de humanidad» (Poesía e Historia); posteriormente establece el aprendizaje de la Filosofía y, finalmente, el de la Teología. El programa también indica a los profesores pautas de enseñanza (preparación, exposición, síntesis, explicación e ilustración con ejemplos) y de aprendizaje para los alumnos (repeticiones, composiciones, argumentaciones, disputas, declamaciones, grupos de estudio). Valga mencionar que además de todo lo estipulado en la Ratio, los colegios y universidades de la Compañía integraron actividades litúrgicas y artísticas —piezas teatrales y musicales— en fechas importantes de celebraciones religiosas o civiles; además, en torno a los establecimientos educativos se organizaron congregaciones devocionales en las que sus miembros recibían formación en doctrina cristiana y realizaban acciones caritativas con personas enfermas, presas o pobres.

Este estilo educativo concebía una formación realmente integral en la que se buscaba el crecimiento intelectual, humano y espiritual de los alumnos: jóvenes estudiantes no solamente instruidos, sino cultivados en el buen gusto, en el comportamiento y en el ejercicio de virtudes interiores y exteriores. Este fue el proyecto que la Compañía adoptó como guía de todo su ministerio educativo ahí donde se establecieran sus colegios y universidades, ya fuera en tierras europeas, asiáticas, africanas y americanas.

En el caso de la acción educativa de los jesuitas en México, los primeros miembros de la Compañía de Jesús arribaron a la Nueva España el 9 de septiembre de 1572. Eran 15 jesuitas bajo el superiorato del padre Pedro Sánchez de Canales, quien traía la instrucción de Francisco de Borja, tercer superior general de la Orden, de darse un tiempo de espera y exploración de dos años antes de ofrecer cursos académicos. Si bien a los pocos meses de su llegada a la capital del virreinato, el padre Sánchez estableció el Colegio Máximo Mexicano de la Compañía*, y además impulsó la creación de un internado para niños y jóvenes, no fue sino hasta octubre de 1574 que en el Máximo se ofrecieron los primeros cursos de gramática. Al año siguiente se abrieron los cursos de Filosofía y, finalmente, los de Teología. En cuanto a los internados, los llamados colegios-seminarios o convictorios, los jesuitas —dada la demanda que comenzaron a tener— instituyeron algunos en torno al Máximo. Posteriormente esos convictorios se fueron fusionando en varias etapas (1583, 1588) hasta que en 1618 quedó formalmente establecido el Real y Más Antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo y San Ildefonso, conocido en ese tiempo y hasta hoy simplemente como Colegio de San Ildefonso. Los estudiantes que habitaban en San Ildefonso —que en el siglo XVIII llegó a albergar a 300 entre niños y jóvenes— acudían a las clases del Colegio Máximo.

* Que posteriormente, en 1576, fue dotado con un buen capital para su fundación por el «opulento ciudadano» —dice el padre Alegre— don Alonso de Villaseca.

Todas las actividades que se tenían en el Máximo junto con las de San Ildefonso constituían un espacio formativo integral —humanístico, espiritual, filosófico-científico y teológico— que capacitaba al estudiante para relacionarse con otras ramas del saber como la Astronomía, la Cartografía, las Ciencias Naturales, la Arquitectura, las Artes, el Derecho y el aprendizaje de otras lenguas. Cabe señalar que todos los cursos que se ofrecían en el Máximo, como en todos los colegios de la Compañía, eran gratuitos; en cuanto a los gastos de alimentación y alojamiento de los convictores en los colegios-seminarios, se procuraba gestionar becas, ya fuera de bienhechores locales o directamente de la Corona.

En la Nueva España se llegó a tener el conjunto formativo de colegio y colegio-seminario en varias ciudades: Ciudad de México, en donde además del colegio-seminario de San Ildefonso, cuyos alumnos acudían al Máximo, también se estableció desde 1586 el colegio de San Gregorio, dedicado a la instrucción para niños; Pátzcuaro, con el colegio y el seminario de San Ignacio; Puebla, en donde hubo tres colegios y dos colegios-seminarios; Zacatecas, con el colegio de la Purísima Concepción y el seminario de San Luis Gonzaga; Guadalajara, con el colegio de Santo Tomás y el seminario de San Juan Bautista; Mérida, que contaba con el colegio-universidad de San Francisco Xavier y seminario de San Pedro; Guatemala, con el colegio de San Lucas y el seminario de San Francisco de Borja; Querétaro, con el colegio de San Ignacio y el seminario de San Francisco Xavier; Durango, con el colegio también llamado de San Ignacio y el seminario de San Pedro y San Xavier. Hubo otras ciudades que solamente contaron con colegio: Oaxaca, Valladolid (Morelia), San Luis Potosí, Veracruz, Ciudad Real (actualmente San Cristóbal de las Casas), La Habana, Celaya, León y Guanajuato. Además, varias residencias de jesuitas en otras ciudades no tenían el estatus de colegio, pero sí ofrecían cursos de Gramática, como las de Parral, Chihuahua, Campeche y Puerto del Príncipe (actual ciudad de Camagüey, en Cuba). Por otra parte, había algunos colegios que no tenían cursos o, en todo caso, los ofrecieron en muy pocos periodos, como el colegio de San Andrés de Ciudad de México, el de Sinaloa, o incluso el de San Luis de la Paz. Aunado a los buenos resultados de la formación ofrecida en estas obras educativas, otro aspecto que también favoreció su gran demanda fue que en ese tiempo los colegios y universidades de la Compañía estaban bien fundados por la dotación de bienhechores particulares, ayuntamientos o autoridades eclesiásticas, por lo que, como se había mencionado, no se cobraba por los cursos impartidos.

«Aunado a los buenos resultados de la formación ofrecida en estas obras educativas, otro aspecto que también favoreció su gran demanda fue que en ese tiempo los colegios y universidades de la Compañía estaban bien fundados por la dotación de bienhechores particulares, ayuntamientos o autoridades eclesiásticas, por lo que, como se había mencionado, no se cobraba por los cursos impartidos”.

No obstante, con la expulsión de los jesuitas de todos los territorios de la Corona española en 1767 se interrumpió de golpe todo el conjunto de actividades académicas, formativas, científicas, apostólicas, artísticas, espirituales, catequéticas y sociales que se hacían en torno a los 26 establecimientos de la Orden en los que se impartían cursos y en los seis territorios o provincias de misiones (Sinaloa, Chínipas, Tarahumara, Sonora, Baja California y Nayarit) que en ese momento los jesuitas tenían a su cargo.

Muchos de los desterrados de los territorios españoles llegaron a los Estados Pontificios entre 1768 y 1769 y se distribuyeron en varias ciudades: los de la Provincia de Aragón en Ferrara, los de Castilla en Bolonia, los de Toledo y Andalucía en Forlì y Rímini, los de México en Bolonia y Ferrara, los de Perú también en Bolonia, los de Paraguay en Faenza, los de Filipinas en Bagnacavallo, los de Chile en Ímola y otros pocos en Cesena, los de Quito y de la Provincia del Nuevo Reino o Santa Fe se situaron en varias ciudades de las Marcas y del ducado de Urbino. En la medida de lo posible, los expulsos procuraron retomar su vida habitual, pero el incremento de religiosos que se registró en los Estados Pontificios con su llegada, así como la prohibición de ser recibidos en las casas jesuitas de esas ciudades y el que muchos sacerdotes los miraran con sospecha, limitó a los exiliados para ejercer muchas labores apostólicas. Aun así, y a pesar de haber sido expulsados y de padecer el terrible golpe de la extinción de la Compañía de Jesús en 1773, varios de los jesuitas exiliados de México contribuyeron de manera muy significativa en favor de su patria con la elaboración de obras académicas sobresalientes de carácter historiográfico, científico, estético, filológico, literario, filosófico y teológico. Tenemos, por ejemplo, la Storia antica del Messico y la Storia della California, de Francisco Xavier Clavigero; la Rusticatio mexicana de Rafael Landívar; los Due antichi monumento di architetture messicana y Sobre lo bello en general de Pedro José Márquez; las Institutionum theologicarum, de Francisco Xavier Alegre; el De Deo Deoque Homine Heroica, de Diego José Abad; los Prodromus ad Institutiones philosophicas y las Institutionum Elementarium Philosophiae ad usum studiosae juventutis, de Andrés de Guevara y Basoazábal, y el De vitis aliquot Mexicanorum aliorumque qui sive virtute, sive litteris Mexici inprimis floruerunt, de Juan Luis Maneiro.

En 1814 el papa Pío VII restauró la Compañía de Jesús en la Iglesia universal y en mayo de 1816 dos septuagenarios sobrevivientes de la antigua provincia jesuita de México, José María Castañiza y Pedro Cantón, se dieron a la tarea de restablecer la presencia de la Orden en esta tierra. Lo primero que el régimen virreinal les restituyó ese mismo año fueron el antiguo colegio-seminario de San Ildefonso, así como el colegio para niños indígenas de San Gregorio. A fines del año siguiente se les devolvieron tres antiguos colegios de Puebla, el del Espíritu Santo (en ese tiempo ya denominado colegio Carolino), San Francisco Xavier (también consagrado a la formación de niños indígenas) y San Ildefonso.

* Este colegio de San Ildefonso de Puebla se dedicó desde su fundación en 1625 a los estudios mayores de filosofía y teología. El del Espíritu Santo ofrecía los cursos menores de gramática y humanidades. San Ildefonso en Ciudad de México era convictorio, aunque después de la expulsión de los jesuitas en 1767 sus espacios se dedicaron también para ofrecer cursos académicos.

Poco a poco se fortalecía la presencia jesuita en México, pero en enero de 1821 se fechó el bando del virrey Juan Ruiz de Apodaca en el que se urgía el cumplimiento de un decreto de las Cortes emitido en agosto del año anterior y por el que se decretaba la extinción de la Compañía en España y sus dominios de ultramar. Si bien ahora no se ordenaba una expulsión, sí se desconocía totalmente a la Orden en la todavía llamada Nueva España y se volvía a despojar a los jesuitas de sus colegios. Con la proclamación de independencia en septiembre de 1821, la suerte de los jesuitas fue bastante inestable, sobre todo en una nueva nación en la que durante el siglo XIX en México hubo sesenta y cuatro presidentes, dos imperios, tres regencias y tres triunviratos. Aun así, en 1870 se fundó el colegio Católico del Sagrado Corazón en Puebla, y en 1872 en la misma ciudad, un colegio de Artes y Oficios (que la Compañía dejó en 1895). En 1870 se estableció el colegio de San Juan Nepomuceno en Saltillo, y para 1896 el Instituto Científico San Francisco de Borja (o colegio de Mascarones) en Ciudad de México.

Ya en el siglo XX, en 1906 los jesuitas vuelven a la actividad educativa en Guadalajara al lograr instaurar el colegio San José. Nuevamente la presencia de los jesuitas en México y su ministerio educativo comenzaban a tener una cierta estabilidad, hasta que en 1914 fuerzas revolucionarias carrancistas y villistas despojaron con lujo de fuerza a los jesuitas de sus colegios en el país. Fue en 1920 que con muchos esfuerzos y habilidad se pudieron retomar dos colegios, el de Guadalajara (llamado ahora Instituto de Ciencias y en una nueva sede) y el de Puebla (que al poco tiempo tomó el nombre de Instituto Oriente). Poco a poco comenzó a haber peticiones y oportunidad de establecer nuevos colegios: en Chihuahua, que funcionó en tres periodos: 1921 a 1926, 1929 a 1933 (cuando adoptó el nombre de Instituto Regional) y 1941 a 1974; en Ciudad de México el Instituto Patria, cuyos inicios fueron en 1930 y funcionó hasta 1973; en León se crea el Instituto Lux en 1941, en 1942 la Escuela Carlos Pereyra de Torreón, en 1962 el Instituto Cultural Tampico y en 1982 un bachillerato en Tijuana (colegio que actualmente cuenta también con secundaria).

En cuanto a las universidades, la Provincia mexicana retomó la oferta de los estudios superiores en 1943, en Ciudad de México, con el Centro Cultural Universitario, el cual 10 años después adoptó el nombre de Universidad Iberoamericana. Para 1957 se crea el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) en Guadalajara; en 1978 se establece la Universidad Iberoamericana León, la de Torreón en 1982 y la de Puebla en 1983. Una obra cuyos primeros pasos datan de 1934 y sigue hasta la actualidad, es el internado de la Ciudad de los Niños fundado por el padre Roberto Cuéllar. Si bien no tiene el estatus de colegio, esta institución se considera actualmente en el sector educativo de la Provincia mexicana, pues la labor formativa que ha desarrollado se inscribe en el crecimiento humano, espiritual y también académico de sus internos.

Ya en el siglo XXI, en 2006, se crea el Instituto Superior Intercultural Ayuuk, y posteriormente varios bachilleratos —en Ciudad de México, Puebla, Tlaxcala, Mérida y Guadalajara— dependientes de algunas de las universidades del Sistema Universitario Jesuita.

En la actualidad, los colegios y universidades a cargo de la Compañía tienen la responsabilidad de continuar y enriquecer una tradición educativa de casi cinco siglos, así como el compromiso de tener presente el espíritu que motivó a Ignacio de Loyola a inscribir e impulsar ese ministerio en la misión de la Orden. El crecimiento de estudiantes que algunas instituciones educativas jesuitas en México han tenido en los últimos 20 años puede considerarse como un indicador de reconocimiento a la educación que imparten. No obstante, a mayor número de colegiales, mayor esfuerzo y desafío para ofrecer a cada uno una formación que fomente e integre el ejercicio de la inteligencia, el cultivo del espíritu, la creatividad, la sensibilidad y el servicio hacia las demás personas.  

Para saber más: 

Alegre, Francisco Javier, S.J. Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España, 4 vols. Roma: Institutum Historicum, 1956.

Decorme, Gerard, S.J. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial, 1572-1767, Fundaciones y obras, vol. I. México: Antigua librería Robredo de José Porrúa e hijos, 1941.

Reynoso, Arturo, S.J. Francisco Xavier Clavigero. El aliento del Espíritu. México: Artes de México–FCE, 2018.

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