
Pocos años después de perder a mi padre, llevé a mi madre a conocer Oaxaca; y ahí, en un baile público, una canción tradicional nos devolvió la esperanza: el amor de Dios tiene la última palabra en la vida, y también en la muerte.

Entre los siglos III y IV aparecen en Egipto las primeras formas de monacato cristiano. La vida separada del mundo buscaba favorecer, desarrollar y mantener una existencia exclusivamente dedicada a la contemplación, renunciando a lo material y orientándose a lo divino.

Una de las facetas de la espiritualidad ignaciana es la de contribuir a la formación integral de los seres humanos y a partir una amplia gama de aspectos que incluyen desde un profundo discernimiento de la propia individualidad, hasta el liderazgo puesto al servicio a los demás.

El año ignaciano nos presenta la oportunidad de convertirnos y revisar la propia interioridad, como lo hizo san Ignacio después de un largo camino.