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El amor de Dios que nunca muere 

Pocos años después de perder a mi padre, llevé a mi madre a conocer Oaxaca; y ahí, en un baile público, una canción tradicional nos devolvió la esperanza: el amor de Dios tiene la última palabra en la vida, y también en la muerte.   

Era la primera vez que mi mamá salía de casa a visitarme después de la muerte de mi papá, y quise que fuera algo especial, así que decidí llevarla a Oaxaca, tierra de música y danza. En realidad, yo temía un poco que la ausencia de mi papá reviviera dolores y penas, pero era hora de seguir adelante y quizá el viaje podría servirle de ayuda.  

Tras instalarnos donde pasaríamos esos días, salimos sin demora a conocer la ciudad, comimos en el mercado, visitamos el templo de la Compañía, y caminamos rumbo a Catedral. Conforme atravesábamos el zócalo empezamos a oír cada vez mejor las notas de la orquesta típica de alientos, y nos dejamos atraer como embrujados. Mi madre se vistió con una hermosa cara de alegría y curiosidad, mientras yo agradecía al cielo por el don de la música, que todo cura.  

Bailamos y bailamos -tipitín, tipitín- alrededor del quiosco, desde donde tocaba la banda. Muchas parejas y niños nos acompañaban en la danza; otros mas gozaban de la tarde y la música desde las bancas y jardines.   

En ese momento recordé lo que en un curso de música mexicana me enseñaron sobre una canción con la que se terminaban las presentaciones musicales: “Dios nunca muere”. Esa pieza señalaba el final del baile, o de los velorios y entierros; era una pieza que se escuchaba con un protocolo de enorme respeto. No se tocaba ninguna otra pieza después, pues esta canción tenía la “última palabra”. Por supuesto, yo esperaba con intriga el final del baile para saber si todo esto realmente sucedía, pues me parecía un poco increíble. 

Después de varias piezas la banda entonó la música de Don Macedonio Alcalá, y mi cabeza recordó la letra de Don Vicente Garrido: “Muere el sol en los montes con la luz que agoniza, pues la vida en su prisa nos conduce a morir…”.  Ante mi escepticismo, los danzantes se detuvieron, quienes habían estado sentados se pararon, y todos llevaron su sombrero o su mano al pecho. En profundo silencio escucharon la pieza, que continuaba: “… pero no importa saber que voy a tener el mismo final, porque me queda en consuelo que Dios nunca morirá.” 

Aunque en ese momento no pude evitar recordar e imaginar a mi papá y nuestros muchos difuntos ahí con nosotros, la canción me llevaba a mirar más allá, como apuntando a alguien más grande y amoroso. La canción dice: “Voy a dejar las cosas que amé, la tierra ideal que me vio nacer, pero sé que después habré de gozar la dicha y la paz que en Dios hallaré.” Fue entonces como si la letra y los mismos muertos me despertaran y me señalaran que tenemos a Dios, nunca lo perderemos, y que eso es lo más importante, más importante que nuestro recuerdo y nuestro amor, que en realidad siempre ha venido de él.  

Foto: Lucía Ceballos y Spina /Cathopic

Hasta ese día yo me preocupaba por superar la pérdida y ayudar a mi mamá a lo mismo, como si a base de mi esfuerzo pudiera lograrlo. Sin embargo, la canción me recordaba que “Dios se conmueve de quien busca su beatitud (su bondad)”.  Me imaginé a Dios ayudando a mi mamá más de lo que yo pudiera hacerlo, y que ella, su dolor y el mío, estaban en sus manos buenas.  

En ese momento me pareció que no sólo mi papá y los demás difuntos bailaban con nosotros, sino que el mismo Dios nos cantaba la más profunda verdad que tenemos: ni  siquiera la muerte tiene la última palabra; que sólo Dios es Dios, como dice San Pablo a los Romanos, “ni la muerte ni la vida podrán apartarnos del amor de Dios que recibimos en Cristo Jesús”. Mi mamá poco a poco habría de sanar y un día, no sólo estaremos unidos a nuestros difuntos, que ya es algo bueno, sino unidos a Dios, la fuente de todo el amor que hemos experimentado en este mundo.  

Quizá esa verdad es aun más importante que aquella que nos invita recordar a nuestros seres queridos y  su amor. Necesitamos recordar que en Dios tenemos todo el amor que nuestros difuntos nos tuvieron. Aunque ellos no están, aun incluso si los olvidáramos (cosa que ojalá no suceda) Dios nos sigue regalando el amor que creímos perder con la muerte de ellos y ellas.  

Tras los compases finales la orquesta agradeció brevemente, guardó sus instrumentos y se retiró en un mágico y contundente silencio. Nosotros reemprendimos nuestro camino a Catedral, con algo diferente en nuestro interior. Sentíamos caminar sobre la piedra más segura que nos sostiene: el amor de Dios, que nunca muere. Dentro de nuestro corazón recordábamos que, aunque a veces nos cuesta trabajo recordarlo, Dios tiene la última palabra, como la tuvo esta bello vals.  

6 comentarios

  1. P. Jorge, mil gracias por compartir tu experiencia que ilumina mi propia experiencia de la partida de mi papá, y sobretodo que me recuerda que Dios es la meta final de nuestras vidas y que sólo en Él tiene sentido la presencia y la ausencia… pues a final en Él nos volveremos a encontrar. Bendiciones 🙏

  2. Querido Jorge: con esta bella narración me llevaste a Oaxaca donde hice mi prenoviciado en el Templo de la Compañía. Gusté nuevamente de la ciudad, de sus colores, de su gente, de su música y, en todo esto, del Dios que nunca muere. Gracias por compartir estas letras, la música, la fe y la amistad. Un abrazo.

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