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Diálogo y reconciliación

Revista SIC
  • Reflexión
  • enero 30, 2026

Por Antonio Pérez Esclarín-Revista SIC

El inicio de las excarcelaciones de los presos políticos abre una gran puerta a la esperanza. Por ello,  los que amamos a  Venezuela, y estamos comprometidos en superar la larga y gravísima crisis que vivimos, debemos trabajar con renovado coraje, mente lúcida  y corazón generoso y solidario por lograr una auténtica reconciliación que se sustente en la verdad y la justicia, apueste por el bienestar de todos, asuma la diversidad como riqueza, y renuncie definitivamente al amedrentamiento, la violencia y la venganza. No podemos seguir por el camino de la rivalidad, el enfrentamiento, el odio y la destrucción del adversario. Necesitamos acercarnos al sufrimiento de las personas con una actitud de respeto y compromiso, recuperar la confianza en nosotros y volver a la  política, como búsqueda del bien común, lo que exige competencia, solidez ética y capacidad de servicio y sacrificio. Cada palabra odiosa que se pronuncia, cada mentira que se dice, cada violencia que se comete, cada odio que se alimenta, cada actitud que impide o retrasa las soluciones, llenan las vidas de angustia e incertidumbre.

Pasan los días y los numerosos problemas,  en vez de resolverse, se agravan más, y las actitudes egoístas, dogmáticas y fundamentalistas nos empujan al abismo. En Venezuela, a las mayorías nos  resulta cada día  más cuesta arriba sobrevivir. Después de tanta prédica igualitaria, nunca fueron tan abismales las diferencias económicas y sociales. Los derechos humanos se sostienen sobre el amiguismo y el dinero, hasta el punto que, por ejemplo, la educación y la salud, están dejando de ser derechos fundamentales para convertirse en meras mercancías, pues sólo pueden disfrutar de dichos derechos los que pueden pagarlos. Los sueldos y bonos  de los empleados públicos no alcanzan para nada y son devorados por una inflación incontenible, que nos impide adquirir los bienes esenciales para una sobrevivencia  digna.

Es  la hora del diálogo y la negociación sinceros para resolver la crisis renunciando con firmeza a  la violencia  que no resuelve los problemas, sino que los agudiza. De pocas palabras se ha abusado tanto como de la palabra diálogo. Su uso interesado y el alejamiento de la ética más elemental ha vaciado a la palabra de significado y la ha convertido en un término ambiguo y problemático. Por ello, los llamados al diálogo resultan sospechosos y no logran credibilidad. Sin embargo, no  nos queda otro camino, pues todos los demás están condenados al fracaso.

Depositphotos

El diálogo supone búsqueda, disposición a cambiar, a abandonar posturas y prejuicios, a escuchar con mente abierta  las opiniones del adversario. En palabras de Antonio Machado «Tu verdad, no; ¡la verdad! Deja la tuya y ven conmigo a buscarla!». El diálogo sincero implica voluntad de quererse entender, disposición a buscar y encontrar alternativas positivas para superar los problemas, respeto inquebrantable a la verdad que detesta y huye de la mentira. Desde la mentira y las medias verdades, desde la manipulación interesada de los hechos o el ocultamiento de la realidad no va a ser posible enfrentar y resolver los problemas. Lamentablemente, hoy  se miente mucho y con el mayor descaro, y hasta algunos  han convertido la mentira en un medio  muy eficaz para ascender y lograr sus intereses. Como ya lo intuyó Quevedo, en un mundo donde impera la mentira, «la verdad sólo perjudica al que la dice». A su vez,  Talleyrand llegó a decir que «hay una cosa más terrible que la calumnia: la verdad». «La verdad les hará libres», nos dijo, sin embargo,  Jesús. Nos libera de la prepotencia, del orgullo, de la convicción de que todo el que no piensa como yo está en el error o es un enemigo, y abre el camino al encuentro y a la convivencia..

No son tiempos  para revanchas,  intolerancias, venganzas La primera condición para un diálogo sincero es aceptar los gravísimos problemas que vivimos y mostrar verdadera disposición a resolverlos. Esto pasa por aceptar no sólo los logros sino también los  errores y fracasos, asumir las responsabilidades sin culpar siempre a otros, y estar dispuestos a cambiar el discurso y sobre todo las acciones que nos han llevado a la penosa situación que vivimos. Ya nos advirtió Einstein que la mayor  prueba de imbecilidad es esperar resultados distintos haciendo siempre lo mismo. Esto supone nobleza, y solidez  ética, humildad y también empatía para ponerse en los zapatos de los que sufren las graves consecuencias de la crisis. Supone también arrancarse las vendas de la ideología cegadora, pues como escribió Octavio Paz, «La ceguera biológica impide ver; la ceguera ideológica impide pensar».

Negarse al diálogo o aceptarlo sin verdadera disposición a cambiar, sin  partir de  la realidad  y sin asumir las propias responsabilidades, pensando que es el otro el único culpable que debe ceder, demuestra soberbia e insensibilidad. Cerrarse a un verdadero diálogo, adoptar posturas dogmáticas, intransigentes o sectarias que impiden avanzar en la construcción de una solución democrática y consensuada, constituye un delito. De ahí que para un diálogo y una negociación eficaces debemos excluir a las personas dogmáticas, fundamentalistas, sin ética ni moral, que tienen la mirada cegada por la ideología  y la soberbia y el corazón envenenado por el odio.


Este artículo fue originalmente publicado por revista SIC y se reproduce con su autorización.

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