Sintetizar y disparar.   A propósito de las acciones sinodales

Víctor Ramos Talavera, S.J. 

Recientemente, en torno al Sínodo, se ha generado un ambiente dinámico en la Iglesia por medio de acciones que buscan, desde la conversación y el camino compartido, dar luz sobre las temáticas actuales que competen al pueblo de Dios A propósito de dichas acciones sinodales, a continuación, quiero presentar un relato imaginario, recreado a partir de los testimonios de las personas que me han compartido su experiencia al participar en varios eventos en torno a la sinodalidad. Aunque el relato es ficticio, bien puede ayudar a presentar estas distintas experiencias de una manera viva e interpelante.

Imaginemos una asamblea durante la cual los asistentes dialogamos sobre la manera en que se podía ir haciendo camino juntos a través de la celebración de los sacramentos. Yo me inserté en esta reunión como un participante más y desde el inicio me di cuenta rápidamente de que, entre los asistentes, yo era el menos formado en el tema. Por prudencia, me enfoqué solamente en escuchar sus opiniones.

A los pocos minutos de haber comenzado esta reunión, la curiosidad me hizo preguntarme: ¿Cómo sería el proceso para seleccionar los temas para reflexionar en estas acciones sinodales? ¿Quién los propondría? ¿Con qué criterio? Fueron preguntas que no externé porque, además de mi poca formación, también había llegado tarde y me había perdido los primeros minutos en donde seguramente se habían aclarado estas preguntas.

Los participantes continuaron y acordaron designar al secretario de la reunión. El elegido fue un joven sacerdote bien formado en teología en una de las universidades más prestigiosas de Europa y que había regresado al país apenas hacía pocos años. En voz baja, las personas comentaban sobre su gran capacidad para escribir, además de su fama de hacer buenas síntesis en este tipo de asambleas.

La reunión transcurrió y en la medida en que se iba compartiendo, pude darme cuenta de la diversidad de personas que asistieron. Aclaro que es una recreación de lo que he podido observar en las asambleas en las que he participado. Para mi sorpresa, no había solamente sacerdotes y religiosas, aunque no había presencia de laicos jóvenes. Después supe que ellos habían asistido a otro encuentro (acción sinodal) para tratar otros temas más acordes a lo que han estado viviendo.

Siguiendo con mi relato, puedo imaginar que hubo momentos en los que las opiniones de los participantes eran encontradas y con un marcado tono de debate. En la discusión, los argumentos expuestos por las personas participantes tenían diferentes cualidades: algunos parecían más claros y finos que otros, y por eso se suponía que serían más adecuados para tratar la situación que el grupo conversaba. Por ende, los argumentos menos claros o que no tenían una estructura tan cuidada se dejaban de lado rápidamente, perdiendo a veces importantes consideraciones o perspectivas novedosas. A su manera, era un diálogo al estilo dialéctico (tesis-antítesis-síntesis), en la forma en como estamos normalmente acostumbrados a escuchar las discusiones escolares.

“Nuestra pluralidad como Iglesia nos demanda trascendernos para integrar otras maneras no occidentales de dialogar, presentes en muchos pueblos colocados en la periferia del mundo”.

Ya hacia el final de la reunión, como un recuento de que lo que pudo haber sido, me imaginé el gran esfuerzo que iba a tener que hacer el secretario para elaborar la síntesis final, pues en ese trabajo tendría el gran reto de unir la gran diversidad de puntos de vista que se estuvieron compartiendo. A mi modo de ver, la síntesis parecía una odisea bastante ambiciosa.

Pero mi relato no se detuvo solamente en el tiempo presente. Pude imaginarme además un escenario futuro. Después de unos días, el secretario entregó su síntesis. En conversaciones fuera de la asamblea formal, algunas personas que habían asistido a la reunión anterior, reconocieron el gran esfuerzo del secretario, pero también mencionaron que el documento final tenía cierta tendencia a privilegiar solamente uno de los puntos de vista que se había compartido; es decir, la síntesis no era neutral ni objetiva, aunque, no por esto dejaba de ser valiosa. Al mismo tiempo y con un espíritu de hermandad, los participantes comentaron el esfuerzo de todas las personas que habían participado.

Aquí termina el relato/recreación de varios eventos y participaciones de muchas personas que me ayudaron a construirlo. Aunque haya sido ficticio, a partir de él quiero señalar dos puntos que han motivado mi reflexión sobre el reto que representa este camino sinodal. En primer lugar, reconozco que nuestra manera de dialogar en Occidente tiende a ser dialéctica (tesis-antítesis-síntesis), dirigida hacia obtener un único producto que supone contener todas las opiniones, vivencias y perspectivas de quienes participan en el diálogo. Indudablemente esta es una manera valiosa de dialogar, pero, como cualquier otra, también tiene sus límites y es normal que se nos escapen algunos puntos propuestos en la conversación que pueden ser de gran importancia.

Podemos detenernos y escuchar, esto nos puede ayudar a ser conscientes de que, en nuestro modo occidental de dialogar, muchas veces tendemos a poner como meta final del diálogo una sola forma de claridad, única y homogénea, que buscará ser aceptada por las personas participantes, como si entre ellas se pactara sacrificar la pluralidad de opiniones, ya que siempre es mejor obtener una sola postura. Incluso, a veces se nos cuela una tendencia a querer conquistar al otro a través de algún argumento elaborado. Esto nos impide acercamos a la comprensión profunda del otro y a dejar abiertas puertas para que la conversación se siga desarrollando, debido a que no todos los puntos han de quedar resueltos de la misma manera y no todo lo que es parte del diálogo busca ser determinado, sino que puede también considerarse como una expresión necesaria de la diversidad de posturas y perspectivas que nos constituyen como Iglesia.

Foto: © Rodrigo Pinto S.J.

Esto nos lleva a un segundo fruto: para mí, es claro que somos una Iglesia muy diversa en la que las acciones sinodales necesitarán ser reconocidas como zonas de contacto donde confluyen diferentes maneras de pensar, de expresarse y de elaborar la experiencia vivida. Por lo tanto, uno de los retos del Sínodo será abrirnos a otras maneras de dialogar y procesar lo dialogado, sin temor a perder la posición de privilegio en que se ha colocado nuestro estilo occidental de dialogar (tesis-antítesis-síntesis), el cual se ha expandido y enfatizado en diferentes espacios y momentos de la historia. Tenemos que reconocer que éste no es el único modo de diálogo, ni el que, tal vez, nos permite recuperar y reconocer la riqueza de la experiencia vivida en la conversación. Por eso, necesitamos estar alertas para no reducir la acción sinodal a la mera conversión de los participantes, a las propias ideas, a nuestra manera dialéctica de dialogar o a nuestro esquema lógico-racional de entender y articular la experiencia eclesial. La tradición de nuestra Iglesia no es monocromática y el Sínodo puede ser, entonces, una oportunidad para reconocer la diversidad de colores en nuestras comunidades. Es esta diversidad la que hemos de hacer significativa en un diálogo abierto y tan acogedor como lo es el Reino de Dios.

Nuestra pluralidad como Iglesia nos demanda trascendernos para integrar otras maneras no occidentales de dialogar, que son, sin embargo, comunes en muchos pueblos colocados en la periferia del mundo. En ellas tal vez encontremos la oportunidad de integrar también a la Creación y la diversidad de seres que la formamos, sin privilegiar solamente a los seres humanos. Esto permitirá palpar la verdadera riqueza que caracteriza a la Iglesia y su misión en la creación de Dios.

Foto: © Luis Ponciano @photoponciano00

Será importante que este diálogo no olvide nuestra responsabilidad como cuidadores de la Creación, dando espacio al reconocimiento de nuestra convivencia con las diversas criaturas del mundo: y tener momentos de contemplación, comprensión y cuidado de la naturaleza donde, con un tono de gratitud y reverencia, se modelen nuestras opiniones y pensamientos para vivir con responsabilidad nuestra pertenencia a la Casa Común.

Así las acciones sinodales podrán entenderse como un momento para sintetizar (dirigir hacia un punto) la diversidad, como lo hicieron los participantes de la asamblea que narro al inicio de este texto, pero también, como un momento para disparar (lanzar en direcciones diferentes) la diversidad de nuestra Iglesia y de la Creación a la que está llamada a servir. Será una buena señal cuando la sinodalidad provoque que nuestra sensibilidad sea disparada, cuando nuestras maneras de pensar sean disparadas, cuando los estilos de dialogar sean disparados, cuando nuestra diversidad cultural sea disparada, cuando los lenguajes sean disparados, cuando la horizontalidad sea disparada. Esto, en consecuencia, permitirá que las diferentes formas de caminar juntos sean disparadas, lo cual, desde mi punto de vista, habrá de ser uno de los principales frutos del Sínodo.

Será un gran acierto cuando al final de alguna acción sinodal podamos terminar con una síntesis concreta, pero también lo será cuando terminemos con una actitud más abierta para abrir más espacios a todas las personas, sus culturas y su manera particular de convivir con las otras criaturas de nuestra Casa Común. Esto será un proceso abierto en donde, más allá de la XVI Asamblea General Ordinaria que se realizará en octubre de 2023, esperamos que la pregunta que anima el Sínodo sobre cómo caminar juntos se mantenga generando un estado de desestabilización, que nos saque de nuestros lugares conocidos y cómodos y dé pie a reconocer e integrar cada vez más nuestra gran diversidad como Iglesia.

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