Por los caminos de la Amazonía

Laura Vicuña Pereira, HMF

Un antecedente importante para el Sínodo de la Sinodalidad, inaugurado en 2021, fue sin duda, el Sínodo de la Amazonía de 2019, ya que fue un proceso de gran participación, muy amplio, que involucró a grupos de base, obispos, pastorales eclesiales y sociales y a otras organizaciones de este territorio. Así, la Iglesia tuvo la oportunidad de escuchar muchas voces, más de 87 mil personas representando a jóvenes, pueblos indígenas, afrodescendientes, campesinos, mujeres y hombres de la periferia de las ciudades, etc. Con ello se abrieron nuevas ópticas sobre lo que significa ser Iglesia en salida, samaritana y sierva, un concepto fundamental que se ha retomado en el sínodo que se está efectuando actualmente. Podemos decir que, de cierta manera, este tiempo de sinodalidad es consecuencia en parte de toda la acción evangelizadora en la Amazonía, pero sobre todo de la sensibilidad pastoral del papa Francisco.

Para una mejor comprensión del Sínodo de la Amazonía, me gustaría comentar algunos de sus antecedentes, para después vincular varios de sus aportes y elementos comunes con el Sínodo actual, que son básicamente buscar una mayor apertura a los diferentes llamados que vienen de la historia y el momento que vivimos hoy, por ejemplo, la defensa de la tierra, la participación de los excluidos, de los laicos y de las mujeres.

En Brasil, ya desde los años 60, las comunidades eclesiales de base han vivido la experiencia de la sinodalidad, como Iglesia/Pueblo de Dios y han asumido su compromiso como cristianos articulando fe y vida. Los cimientos de mi experiencia como religiosa son estas comunidades, en las que he visto la gran participación y aporte de mujeres y hombres que han dinamizado la vida en la Amazonía. Destaco además el gran papel que han desarrollado las mujeres. No podría llevar un registro de la gran contribución que ellas han hecho en la construcción de la sinodalidad, sobre todo en el mantener funcionando la acción evangelizadora y la memoria de ser Iglesia. Son ellas las que han hecho un hincapié en el anuncio de la vida y en la denuncia de los proyectos de muerte que violan a la Madre Tierra y destruyen los pueblos.

El papa Francisco, en su ministerio, inauguró un tiempo nuevo, donde rescató el sentido original de ser Iglesia, es decir, ser Iglesia «en camino» y «del camino», y desde la fidelidad al Evangelio. Nosotros tomamos esto como el eje central de nuestro andar, sobre todo considerando las circunstancias que se vivían en nuestros pueblos.

Foto: © eteixeirafoto, Depositphotos

El tiempo sinodal, iniciado en octubre de 2017 por Francisco, fue el resultado de los numerosos gritos de la iglesia en la Amazonía, en toda su parte continental. En Brasil, desde 1954, los obispos de la zona ya han estado discutiendo y reflexionando sobre los temas más relevantes como la presencia de la Iglesia dentro de este territorio y los desafíos que representa dicha tarea. En 1972, en el Documento de Santarém, elaborado por los obispos, a partir de la frase de Pablo VI: «Cristo señala hacia la Amazonía», se hizo visible la necesidad de «una Iglesia con rostro amazónico».

En 2019 salió a la luz el documento preparatorio del Sínodo, Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral, elaborado también por los que participaron el Sínodo en Roma. En él se nos exigió la responsabilidad de construir nuevos caminos de evangelización, desde la perspectiva de los pueblos originarios y amazónicos, para que ellos fueran los interlocutores en este proceso de evangelización.

El Sínodo de la Amazonía puso en el centro de la reflexión a los pueblos originarios y la visibilización de las realidades presentes en nuestro territorio como la explotación y devastación ambiental por parte de madereros y mineros, el acaparamiento de tierras, el genocidio de indígenas —un factor que ha contribuido al aumento de la migración y de los cinturones de pobreza en la periferia de las ciudades—. En este evento también tuvimos la oportunidad de mostrar la riqueza de los pueblos originarios y amazónicos, con sus culturas, espiritualidad y religiosidad.

A partir de la experiencia de este sínodo en Roma se gestaron iniciativas que han dado rostro al ser Iglesia en la Amazonía, entre ellas la Conferencia Eclesial de la Amazonía, que ha sido una experiencia novedosa para la vida de la Iglesia, puesto que ya no se trata solamente de una conferencia episcopal, sino de una conferencia eclesial, donde además de obispos y cardenales, también se ha incluido a sacerdotes, hermanas religiosas, laicos y laicas, especialmente, representantes de los pueblos originarios.

Desde su formación, la Conferencia Eclesial de la Amazonía ha tenido como objetivo reunir, articular y caminar todos juntos, para que no se tomen decisiones individuales o aisladamente sobre los rumbos del Sínodo, sino para trabajar en conjunto y tener, como insistió el mismo papa Francisco desde el comienzo de su papado, un modelo de Iglesia que pueda realmente caminar unida y junta con un rostro propio, amazónico.

Esta conferencia tiene también como objetivo la sinodalidad, con el fin de potenciar el sentido de ser Iglesia/Pueblo de Dios, algo ya existente en la región amazónica, tanto peruana como brasileña y además en otros países, puesto que ya contamos con varios líderes —que no necesariamente pertenecen al clero—; pero además de potenciar lo que ya existe, tenemos que ampliarlo y fortalecer el llamado a ser Iglesia samaritana, en salida, servidora, sobre todo, Iglesia «Magdalena», que anuncia al Resucitado y que es capaz de tener una acción profética en las situaciones de muerte para que la vida pueda sobresalir.

Por último, en 2021 tuvimos la asamblea de la Conferencia Eclesial Latinoamericana y del Caribe y a partir de ésta nos planteamos la responsabilidad de ser una Iglesia misionera, en especial entre los pobres y crucificados que viven en nuestros países.

“Una luz, cuando comienza a irradiar, comienza también a iluminar otras realidades. Quién sabe si la Amazonía no será esa luz para las Iglesias de todo el mundo”.

El trabajo en la Amazonía ha dado grandes frutos. Hemos visto que saber escuchar nos lleva a tener una actitud de apertura a las más diferentes voces, espacios y situaciones, voces que nos llaman a la conversión de mente y corazón, a desaprender, aprender y reaprender nuevas formas de ser Iglesia.

La sinodalidad ha ayudado a potenciar estas experiencias de comunión, participación y misión, a expandir más, a articular más las acciones dentro de la Iglesia. No tenemos una luz para ponerla debajo de la mesa, una luz, cuando comienza a irradiar, comienza también a iluminar otras realidades. Quién sabe si la Amazonía no será esa luz para las Iglesias de todo el mundo. La periferia le habla al centro, la periferia expresa una posibilidad de buen vivir a partir de la propuesta de los pueblos originarios y amazónicos, que se identifica con la Buena Noticia del Evangelio.

Los pueblos indígenas de América Latina y el Caribe llevamos en nuestras formas de vida muchos elementos y aportes importantes que surgieron en el proceso de escucha y que nos ayudan ahora a ser una Iglesia acogedora, que camina unida, que acompaña y tejer redes solidarias. Así, nos hemos planteado permanecer como aliados de los pueblos originarios, de su lucha por la defensa de los derechos humanos, la vida y la tierra.

A manera de conclusión, resalto que después de todos los aprendizajes logrados en el Sínodo de la Amazonía, podemos ver que el Sínodo de la Sinodalidad —esa gran escucha de la Iglesia en todo el mundo— es una oportunidad única para responder a los desafíos actuales, con la Buena Noticia de Jesús, a partir del diálogo con diferentes expresiones culturales, espirituales y cosmovisiones, para enriquecer la Iglesia y al mundo. Por eso, el Sínodo no debe correr el riesgo de quedarse solamente en aspectos interiores, sino que debe abrirse a los diferentes llamados que vienen de la historia y el momento que vivimos hoy, como el grito de los pobres y el clamor por la defensa de la tierra. Estos temas no pueden quedar fuera de este gran movimiento que vivimos en la Iglesia. Los pueblos indígenas de todas partes del mundo anhelan encontrar en ella la fuerza viva del Evangelio y, además, mirarla como un aliado incondicional en sus luchas por la vida, la tierra y sus derechos humanos. Estos aspectos no pueden quedar fuera de la reflexión y acción evangelizadora de la Iglesia.

Tenemos que recuperar la dimensión horizontal de la Iglesia, que incluye los diferentes dones y carismas de todos sus miembros —desde la experiencia de diferentes ministerios—, sin excluir a hombres y mujeres, a jóvenes, a los que nunca han participado, asumiendo así su dimensión ministerial y sinodal.

Nos quedan muchos aprendizajes por delante, para construir una Iglesia con rostro amazónico, pero también universal, con los colores, sabores y saberes de los pueblos originarios y de todos los que han sido excluidos, los de las periferias. Así, paso a paso, iremos construyendo la sinodalidad, pero sobre todo el sentido de ser Pueblo de Dios en camino. Ahora es el tiempo, nuestro tiempo, de «caminar juntos para ser Iglesia». 

Foto: @ joasouza, Depositphotos
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