Signos de vida y esperanza (II)

La humanidad de los sacramentos

En el encuentro múltiple de las manifestaciones del mundo, el ser humano no se siente neutral: las juzga, las valora, las interpreta, las integra. En la convivencia con el mundo va sintiendo cómo este se convierte en su morada. Y su pueblo, su ciudad, su colonia son una parte del mundo que ha logrado ‘domesticar’. Descubre en esos objetos, que eran simples «cosas», reflejos de sí mismo. Esos objetos son ya parte de su vida, de él mismo. Han cobrado un valor especial. La conciencia sacramental —que incluye la mirada y el pensar sacramental— puede ayudar al hombre a realizar más plenamente su vocación humana.

Podemos decir que los sacramentos participan de lo humano, porque expresan y simbolizan al ser humano.

Los sacramentos y lo divino

El sacramento primordial de Dios es Jesucristo, en quien la sacramentalidad alcanzó su máxima densidad. Después, la densidad sacramental de Jesucristo pasó a la Iglesia, sacramento de Cristo, que ha continuado a través de los siglos.

El hombre puede vivir una profunda experiencia de Dios, porque Dios no es un concepto. El hombre lo vive como una experiencia interior, que tiene que ver con las raíces de la existencia.

Todo en el mundo nos habla de Dios, de su belleza, de su bondad, de su grandeza. Y el ser humano no es solamente humano. En la creación, es el sacramento mayor de Dios, de su inteligencia, de su amor y de su misterio. Jesús de Nazaret es más que un simple galileo. Es el Cristo, el sacramento vivo de Dios, encarnado en Él. La Iglesia es más que una sociedad de bautizados. Es el sacramento de Cristo resucitado que se hace presente en la historia.

Si queremos descubrir el sacramento en el mundo necesitamos aprender a ver la realidad desde Dios. Entonces podremos constatar que el mundo es un gran sacramento y que cada evento o acontecimiento histórico aparece como sacramento de Dios. Pero sin esta mirada de fe, el mundo es una realidad opaca. Decía Teilhard de Chardin en Milieu divin: «El gran misterio del cristianismo no es exactamente la aparición, sino la trascendencia de Dios en el universo».

Foto: enriquesanchez, Cathopic.

El sacramento supone la fe. Sin la fe, el sacramento no dice nada. La fe consiste no en una adhesión a un credo de verdades teóricas sobre Dios, sobre el ser humano, el mundo y la salvación, sino en abrir el corazón a Dios y cultivar con Él una amistad. La fe, por tanto, dice relación personal.

Nosotros no alcanzamos directamente a Dios, sino mediante el mundo y las cosas del mundo. Por eso, la experiencia de Dios es una experiencia sacramental, porque lo experimentamos en las cosas. Como creyentes, somos invitados a abrirnos a la luz divina que resplandece en el mundo, a ver con más profundidad hacia el corazón del mundo. Por eso, no estamos disculpados de escrutar y descubrir en la misma naturaleza la presencia, la huella y la acción de su Autor. El apóstol Pablo reprendía la ceguera de los paganos, porque no fueron capaces de descubrir al Creador en su creación (Rom 1,19–21). El hombre terreno está llamado a hacerse hombre sacramental.

Si contemplamos la realidad a la luz de Dios todo se convierte en señal y símbolo del Trascendente: el mundo, el hombre, las cosas todas. Para la Iglesia primitiva la historia humana era sacramento de modo particular, porque dentro de ella se realiza el plan salvífico de Dios. El pueblo judío fue maestro en la interpretación de la historia humana, que leía como historia de salvación. A partir de una experiencia, podían releer el pasado, y después de una nueva síntesis, llegaban a la experiencia presente de la fe.

En el año 950 a C. apareció el «Yahvista», una figura notable en esta interpretación de la historia, uno de los mayores genios teológicos de la historia, que fue capaz de elaborar una vigorosa síntesis religiosa. Gran intérprete de la paz del presente como encarnación de la salvación de Dios para su pueblo. Desde el presente, el Yahvista pudo releer todo el pasado desde esta óptica salvífica.

Jesucristo resucitado constituye el hecho salvífico decisivo de la humanidad. Lo que parecía imposible se demostró, con él, que no lo era: la liberación de la muerte y de lo absurdo de la historia. Podemos releer, a partir de Él, todo el pasado, como hizo el Nuevo Testamento.

Todo se constituye en sacramento: la creación, los pueblos, las religiones, las comunidades políticas, Jesucristo, la Iglesia. La vida humana es relectura del pasado.

En un pueblo perdido y alejado en el campo, en Brasil, se hablaba de un profesor de primaria, el Sr. Mansueto, y se decía de él que era un verdadero símbolo sacramental de valores fundamentales de la existencia, como el servicio a los demás, la abnegación, la humildad, la sabiduría, todo puesto al servicio del pueblo. La gente lo recordaba con cariño, admiración y gratitud. Con él se demostraba que los valores no se comunican en abstracto, anunciándolos o proclamándolos de palabra, sino en concreto, practicándolos en personas reales de su entorno.

Los Padres llamaban «sacramentos» a las figuras históricas de Abraham, Noé, David, Sara, Rebeca, Ana, María, etc. Jesús de Nazaret es el sacramento por excelencia, por su vida, sus gestos de bondad, su muerte valiente y su resurrección. Él es el sacramento fontal de Dios.

Jesús es el rostro humano de Dios, que es amor y perdón, que se identifica con los marginados del orden de este mundo. Es el sacramento vivo de Dios, que contiene y comunica la simpatía amorosa de Dios hacia todos. Con Jesús de Nazaret «apareció la bondad y el amor humanitario de Dios, nuestro Salvador» (Tit 3,4; 2Tim 1,10).

Un comentario

  1. Querido Tito, que gusto leerte. Jesús se comunica a través de toda la Creación y nos llena con su amor. Un saludo cariñoso desde Guadalajara.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Síguenos en nuestras redes sociales
Suscríbete al boletín semanal