Ser rarámuri – ser humano

Quise hacer un artículo sobre la espiritualidad de los rarámuri —tarahumares—, pero haber convivido con ellos me hizo poner en cuestión eso que en las tradiciones occidentales llamamos —un poco maniqueamente— espiritualidad, y a replantearla de otra manera.

Prefiero no hablar de espiritualidad porque se suele concebir como algo interior, inmaterial, no terreno; religioso que, se supone, inspira y dirige la realización mundana de una persona y su vida, pero es distinta de ella. Se suele concretar en formas de orar, meditar, de contemplar, o en ciertas ideas sobre Dios o la naturaleza… Se asocia con recogimiento, quietud, interioridad, y suele vivirse individualistamente —aunque sea en grupos— como lo contrario a lo material de nuestra vida, no como la vida misma.

Entre los rarámuri no hay nada parecido: no hay oraciones de ningún tipo, ni mentales ni vocales; no tienen imágenes en sus casas; su relación con Dios es la fiesta, el danzar y el compartir la comida y la bebida, pues su modo —material— de hacerse pueblo humano es ayudar a Dios haciendo fiesta.

Lo que configura como pueblo y como personas a los rarámuri les da su identidad, su sentido e impulso de vida. Son esas realidades y realizaciones materiales mundanas las que les permiten estar humanamente en el mundo; por eso hablaré mejor de humanidad.

Ser rarámuri (humano) es pertenecer a una raza y una cultura sustentadas y modeladas por la orografía y el clima, las plantas y los animales de la Sierra Madre que los alberga y que troqueló su modo de ser humanos, sus comunidades e instituciones, su psique y su corporalidad. De su raza y cultura enraizadas en la tierra —austera y difícil, rocosa pero firme y acogedora—; de su bondad y belleza; de la experiencia —tradición— de los antiguos; de la comunidad y de la fiesta, les viene la vida, su impulso, su sentido, su humanidad.

Más de mil años de caminar esas tierras —nunca tuvieron otro medio de transporte— los han configurado a imagen y semejanza de ésa, su porción de la Sierra Madre Occidental; les dieron nombre —caminantes—, vida, humanidad, sus formas de proceder, su corporalidad y su psicología.

Aprendieron a vivir, a ser humanosrarámuri, en y de ese mundo de belleza deslumbrante y aterradora, austero y abrupto, pero no inhóspito, en el cual las serranías abren horizontes infinitos y las lejanías, la dispersión, el aislamiento y los rigores del entorno imponen austeridad, resistencia, libertad y una solidaridad radicales; donde barrancas, cerros y distancias requieren ligereza y resistencia, pero, también, formas y tiempos de descanso, acogida, protección y comunidad para todos…

No fueron ideas morales o creencias religiosas las que forjaron su proverbial resistencia, austeridad y libertad, ni su solidaridad gratuita, su paciencia y su no agresividad. Fueron las piedras que resisten fríos, calores y vientos, los pinos que se yerguen desde las fisuras de las rocas y sobreviven heladas de hasta 28 grados bajo cero aferrados a los taludes rocosos; los nopales y magueyes que florecen en el desierto desafiando sequías y calores de 50 grados; los paisajes inmensos, los arroyos y senderos que serpentean y conectan los más de 45 mil kilómetros de su territorio… Pero también las tortillas y el batari (bebida fermentada de maíz), los pavos, los venados que cazaban al correr tras ellos durante días, y los osos que se convirtieron en los abuelos de la tribu.

La austeridad geográfica, climática e incluso ecológica de la sierra troqueló materialmente su humanidad: su austeridad, desprendimiento y libertad respecto de las cosas; su resistencia psicofísica a las inclemencias del clima; al frío, al calor, al dolor, a los accidentes y las enfermedades, a la soledad y el cansancio de los caminos, a la austeridad de la vida… y su resistencia a la agresión de la cultura chabochi: a los intentos de reducirlos a pueblos y darles polecía, decían los primeros jesuitas, de despojarlos de su identidad, de su cultura, de sus riquezas y aun la posesión de su territorio.

Todos esos factores, más la carencia de ganado y escasez de instrumentos de trabajo, los enseñaron a caminar ese mundo y a sembrar en él, comunitariamente, tierras y casas. Pero también su modo de ser humanos, de caminar y sembrar —haciendo fiesta— reconfiguró su mundo material. Nunca pretendieron domeñar o vencer ni las barrancas ni los cerros, su mundo entorno: los cuidaron, cultivaron y vivieron sencilla y pacientemente. Les bastaba conocerlos, caminarlos y danzarlos, se hicieron a ellos, en ellos. Comprendieron que la vida se camina y danza como la sierra, con pies ligeros, ágiles y gozosos, bien asentados en ella y acompañados.

Ser humanos —Mapuregá Rarámuri— como Pies Ligeros

Los rarámuri se nombran y definen, ponen su humanidad en los pies ligeros —firmes y cuidadosos— con los que corren —re–corren— sus barrancas, su mundo sin lastimarlo; con los que danzan y comparten para reajustarlo y agradecerlo constantemente, porque así van definiendo y constituyendo su ser pueblo–humanidad. Pies ligeros que se han ido constituyendo como tales en ese re–correr ágilmente montes y barrancas; que con el ritmo de la danza en las fiestas se sintonizan, se ponen en común en el deseo y en la constitución de un pueblo y un mundo buenos. Pies ligeros para ayudar, como comunidad, a Dios con la creación: a cuidar y restablecer el funcionamiento armonioso del mundo, como enseñaron los Anayáwari (Antiguos).

Así, la tierra humanizada se vuelve raíz de la comunión–comunidad; pero la comunidad —a su vez— es la raíz de esa tierra humanizada… una y otra como caminos de presencia y encuentro con Dios en este mundo.

Foto: © adfoto, Depositphotos

La comunidad origen y fin de su humanidad

En ese mundo agreste donde comunidades, habitaciones y tierras están muy dispersas, aisladas, es indispensable tener espacios y tiempos de convivencia–comunicación y congregarse para compartirse y compartir los bienes en el trabajo. La fiesta es lo único que puede mantener y humanizar la vida y hacer de ese grupo humano comunidad y comunión.

Y la comunidad es portadora / comunicadora —físicamente— de su tradición–herencia, su Sierra Madre y las formas de caminarla–vivirla; de las realidades–realizaciones que los sustentan y configuran. De la experiencia–sabiduría de los que la caminaron primero —los Anayáwari— aprendieron que la comunidad es su vida; que ella la genera, configura, cuida, restablece y mantiene; que la hace humana como hace humano su mundo. Ella les confiere su identidad y su fuerza; son de y para su comunidad–pueblo, privilegiando la diversidad sobre la uniformidad, pero siempre en sintonía con todos (como en el baile), cuidando con respeto y cariño de todas y cada una de las personas, de su libertad, su dignidad y su forma de ser sin ninguna discriminación.

Mantener viva la comunidad

Dios encargó a los rarámuri cuidar la comunidad: compartirse compartiendo los bienes fundamentales para la vida, en el trabajo y la fiesta… para eso también inventaron la kórima y la fiesta que alimenta y regocija al pueblo, que lo mantiene vivo y lo constituye en comunidad–comunión.

Kórima

La kórima es una costumbre tradicional por la cual una persona o familia, que por algún imprevisto se queda sin el alimento necesario para subsistir hasta la siguiente cosecha, puede acudir a cualquier vecino y pedirle que le convide lo que necesita; no es limosna, ni préstamo o deuda, no engendra obligaciones. No darla sería ser rushurúame (avaro, acaparador), que son los únicos rarámuri que se van al infierno porque se equiparan a los asesinos, lo cual nos recuerda la parábola del Rico Epulón.

Fiesta

La fiesta consiste en reunirse —por las tardes— para danzar toda la noche y comer y beber juntos a la mañana siguiente, aunque hay fiestas que pueden durar con ese ritmo hasta cinco o seis días seguidos en varias casas. En ella se encuentran todos los miembros del pueblo, que se comparten ellos y comparten el mundo, los bienes fundamentales para vivir gozosamente. Entre otras funciones, la fiesta tiene la de compartir la comida, las tortillas y el batari, bebida fermentada de maíz, pero también carne de chivas o vaca…

En 1975 en Tewerichi, una comunidad de unos 300 habitantes, llegamos a contar 135 fiestas en un año —incluyendo domingos—. En 50 o 60 de ellas hubo tónari (carne cocida); es decir, la mayoría de los habitantes comió carne en abundancia 50 o 60 veces ese año, además de tortillas y batari. En promedio, una vez por semana… compartiendo gratuitamente.

Mantener–reconstituir la armonía de la comunidad

La peor falta de un rarámuri es ser oparúame —agresivo—, como los chabochi (mestizos) y el que vive abajo (el diablo). Por eso resisten la maldad —sea entre ellos o venga de fuera— como se resisten los embates de la naturaleza: con firmeza, pero sin violencia. Nunca fueron un pueblo agresivo, ni contra los demás ni contra sí mismos, ni siquiera con la tierra, las plantas o los animales, que son de Dios; nunca fueron conquistadores, aunque sí valientes para defenderse. Son un pueblo que no devuelve mal por mal; para ellos, hacer justicia es reconciliar, reajustar y mantener la armonía de la comunidad y, con ella, del mundo. Esa —y no castigar— es la función de los juicios y de las autoridades.

Algunas características concretas de la humanidad rarámuri

Libertad y cuidado

La libertad como pueblo y como personas es un rasgo fundamental de la humanidad rarámuri. Está asociada a realidades materiales serranas: la amplitud del paisaje y su capacidad de caminarlo largas horas; la austeridad de su vida, la dispersión y el aislamiento de tierras y casas. Ya los primeros misioneros percibieron la relación entre esa libertad, sus formas de vivir y su entorno, y postularon la necesidad de reducirlos a pueblos para poderlos evangelizar y civilizar, e insistentemente se los pidieron. Los tarahumares prometían hacerlo después, pero conservaron su patrón de habitación y su libertad hasta hoy. Los primeros jesuitas se escandalizaron de tanta libertad. Les impresionó —negativamente— que las autoridades rarámuri no dieran órdenes, sino que propusieran o sugirieran lo que había que hacer; que ni siquiera los papás lo hicieran con sus hijos. Cada persona es totalmente libre y se quiere y respeta su libertad, pero igualmente es totalmente solidaria y responsable con la comunidad.

Libertad íntimamente asociada con el querer ser como son y con el hecho de que desde pequeños se les reconoce y respeta esa libertad total. Niños de entre siete y diez años pueden y tienen que tomar decisiones por ellos mismos, y se les respeta. Durante cuatro siglos han sido los encargados de llevar a pastar las chivas, solos, a esa edad, caminando tres o cuatro horas por los barrancos. Es proverbial el escándalo de médicos y enfermeras mestizos cuando un niño de cuatro o cinco años no acepta una medicina y el papá no lo obliga; igualmente sucede si no quiere ir o volver nunca a la escuela. De esa libertad comunitaria surge el respeto y cuidado por cada persona: no–imposición, no–agresividad; sin distinción ni de edad ni de bienes…

Resistencia

Como ya vimos, de su medio ambiente aprendieron a resistir los embates de la naturaleza sin violencia y también a resistir la maldad con firmeza y paciencia. Así han resistido —en sus comunidades, tierras y cultura— durante cinco siglos los intentos de la cultura mestiza de cambiarlos, despojarlos de sus tierras y formas tradicionales vivir, de someterlos.

Austeridad

Son un pueblo, pobre, pero no se quieren ricos; para eso habría que acaparar. Pueden vivir con muy pocos bienes y escasas tierras que saben aprovechar para estar bien. La austeridad y el aprovechamiento cuidadoso e inteligente de los escasos y siempre amenazados recursos ecológicos les ha permitido vivir muy humanamente en la Sierra Tarahumara durante más de diez siglos.

Gratuidad

La pobreza de bienes y la austeridad de su mundo; la necesidad de ayuda mutua para realizar tareas fundamentales para sobrevivir en él; su desprendimiento y libertad; la experiencia festiva de solidaridad y comunión–comunidad han configurado una economía de gratuidad. Por todo eso, el trabajo comunitario —indispensable en casi todos los casos— es gratuito y normalmente se convierte en fiesta. Aunque muchas de las tareas —cuidado de tierras y rebaños, corte de leña, etc.— se realizan de forma familiar o personal, el intercambio de productos y servicios, el trabajo y el cuidado, son gratuitos, como lo son la tierra, el agua y el maíz. Exceptuando sus tratos con los mestizos, casi todo en el mundo, la vida y las relaciones entre ellos, es gratuito. La austeridad y la libertad del mundo rarámuri han hecho que todo se constituya en la gratuidad y gratitud; todo, incluso lo que viene de Dios.

Todo re–configurado por la fiesta

La fiesta es más que culto; es su modo de hacerse pueblo rarámuri. Como la sierra, la comunidad y Dios, es omnipresente en el mundo rarámuri, pues permea toda su vida y humanidad. La fiesta reconfigura todo: configura no sólo las relaciones personales y comunitarias, sino sus formas de cultivar, curar, jugar, trabajar, de humanizar su mundo, su cultura, sus comunidades y sus personas.

Ricardo Robles, S.J., en su diario de Pawichiki, dice que las danzas y las fiestas mantienen y transmiten el ritmo del ciclo agrícola; que sus innumerables circunvoluciones reflejan la circularidad del ir y venir entre vida–labor–fiesta, que pasan de una a otra insensiblemente en un continuo circular. Pero más allá, enseñan a vivir en común, a estar juntos, a colaborar, compartir y concordar. Nos sintonizan en un mismo ritmo, acción e intención que ayudan a Dios a mantener la vida y cuidar el mundo. Su reiteración habla de la resistencia e insistencia común. Es acción para recrear la tierra y rearmonizar el mundo; es regeneración / regreso constante de la vida, que comunica resistencia y perseverancia. La danza refleja y realiza–mantiene el ritmo y movimiento de la vida. La fiesta es sustento–vida del cosmos: lo reconfigura en humanidad.

Mundo reconfigurado en fiesta

Toda la vida se convierte en fiesta: el nacimiento y la muerte, la medicina y las curaciones, el trabajo y sus formas —la siembra, la cosecha, la sequía, la construcción de casas— las carreras, la convivencia, las relaciones, las personas… Toda la vida está permeada de fiesta, y en realidad acaba derivando hacia y convirtiéndose en ella. Por eso podemos decir que la vida de los rarámuri y toda realidad en ella es religiosa.

La fiesta recrea–reconfigura la comunidad, toda la realidad, el tiempo y el espacio, todo su entorno a su imagen y semejanza. Hacer fiesta de todo hace que todo —el mundo, la comunidad, las personas— toda la creación, Dios mismo, sea una fiesta.

Dios mismo —configurado por la tradición, la comunidad y el mundo— es reconfigurado en fiesta

Dios vive arriba como Padre–Madre / Sol–Luna; sin embargo, se encuentra en la vida del pueblo, en su mundo, en sus instituciones y formas de relación, en la sabiduría de los antiguos, pero sobre todo en la comunidad en fiesta. Dios comparte la vida con su gente… reconcilia al pueblo y la naturaleza convocando a la fiesta. Cuida y restablece el buen funcionamiento del mundo y de la comunidad. Pide fiestas para destrabar la lluvia o la nieve, y las festeja con su pueblo. Es importante caer en la cuenta de que sus danzas más tradicionales, prehispánicas —el Yúmari y el Tutuguri— siempre se celebran en la naturaleza, al aire libre.

Dios es pobrecito como los rarámuri, por eso necesita su compañía y ayuda —sus fiestas— para cuidar la creación. Él tiene hambre cuando la comunidad tiene hambre… y pide fiesta… y le convidan tortillas, tónari y batari para que coma y beba con todos. Danzar ayuda a Dios a sostener el mundo, a mantener y alimentar la comunidad, la vida toda (incluso la de los chabochi). Por eso, a Dios y a los rarámuri les gustan las fiestas, las danzas y compartir la comida y la bebida. Así ellos están en y con Dios, y Dios está en y con ellos.

La presencia y el lugar de Dios es su pueblo en fiesta; más aún, el gozo de Dios —su estancia / presencia— es ese pueblo que festeja compartiendo toda la creación.

La omnipresencia de la fiesta hace que toda la vida de los rarámuri, y todo en ella, sea religioso, que esté sustentado por el Repá Betéame, el Dios Padre–Madre que vive allá arriba. La fiesta es el lugar privilegiado, fundamental, de la comunidad y de Dios. Dios es la fiesta de su pueblo y el pueblo es la fiesta de Dios.

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