Semana Santa con espíritu y objetivos

Quienes participamos más de cerca en la vida de la comunidad de la iglesia, al hablar de semana santa nos referimos sobre todo a las celebraciones (litúrgicas y no) propias de estos días; pero conviene tomar en cuenta que para la mayoría de la gente simplemente significa vacaciones y muchas veces viajar de paseo. Por otra parte ya al reflexionar sobre la cuaresma señalamos que estos días no han de encerrarse en sí mismos sino que deben tener un influjo y proyección en nuestra manera ordinaria de vivir. Por eso, antes de abordar la vivencia celebrativa de esta semana, reflexiono brevemente sobre esos dos aspectos.

Vacaciones con Espíritu

Las personas y las familias necesitamos descanso. Así lo señala el mandamiento de guardar el sábado y Jesús reconoce que el sábado está en función de la persona humana (Mc 2, 27). Ahora, hay diversas maneras de descansar y, como en todo, podemos distinguir básicamente dos estilos uno egoísta que atiende tan sólo a los propios gustos e intereses sin preocuparse por los demás, y otro que toma también en cuenta a las otras personas y grupos con espíritu de hermandad. Y en la sociedad actual varios ambientes y en particular los medios masivos difunden una mentalidad consumista y hedonista: gasta tu dinero, disfruta, pásala bien y ya. Eso como modo ordinario de vivir que se intensifica en vacaciones. Sin embargo también es posible descansar de un modo que fortalezca los valores personales y familiares y culturales, en contacto refrescante con la naturaleza y sana convivencia… para volver fortalecidos a las actividades habituales en la familia, el trabajo, la escuela, ámbitos sociales… Actividades todas que hemos de realizar tratando de construir hermandad solidaria, según la índole de c/u de ellas.

Cuando este descanso es vivido en esta línea las llamo vacaciones con Espíritu, y para ello me fundamento en lo que San Pablo nos señala como frutos del Espíritu: «amor, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, fidelidad, mansedumbre» (Gal 5, 22).

Foto: Cathopic

Objetivo: vivir siempre con Jesús Resucitado

Hacemos muchas cosas simplemente por costumbre más o menos obligados sin saber bien para qué y entonces con frecuencia no obtenemos el fruto que deberíamos. Así sucede que comemos diario, pero no siempre del modo adecuado y entonces nuestra nutrición corre el peligro de ser deficiente y quedamos débiles y desprotegidos. Lo mismo puede suceder con la cuaresma y la semana santa. No tienen su objetivo en sí mismas, sino que lo que se pretende es que fortalezcan nuestra vida cristiana: incrementando lo que ya va por buen camino y corrigiendo lo que está produciendo perjuicios a nosotros mismos y a quienes nos rodean (verdadero sentido del «pecado»).

Y ahora lo formulo como «vivir con Jesús resucitado», siguiendo lo que Él nos enseñó con sus palabras y acciones desde su nacimiento, y que confirma después de su resurrección. En efecto, Jesús no cambia su proceder una vez resucitado; no se vuelve prepotente y busca venganza de quienes lo mataron. Al contrario, en la cruz misma pide perdón para sus enemigos y ya resucitado nos invita a seguir creyendo que el Amor triunfa sobre las injusticias y también sobre la muerte. Su triunfo no es aplastante e incluso en circunstancias nos parece que lo que predomina en la realidad es el abuso de los poderosos (machos, empresarios, políticos, narcos, etc.) sobre sus víctimas. Sin embargo la vida toda de Jesús y en particular su resurrección nos demuestran que, a pesar de todo eso, la vida sigue siendo posible y que el amor la lleva adelante a veces con alegría y hasta fiesta compartida y a veces con esperanza resiliente. Y en sus bienaventuranzas Jesús nos invita a creerlo y a ser felices como él mismo lo fue y lo sigue siendo ya resucitado comunicando su Espíritu a muchas personas y comunidades.

Entonces hemos de procurar vivir la cuaresma toda y ahora la semana santa de modo que iluminen y alimenten nuestra fe, esperanza y amor para vivir todo el tiempo pascual, todo el año y todos los años con Jesús resucitado.

Acompañarnos con Jesús en su triduo pascual

Antes del triduo pascual, inicia la semana santa con el domingo de ramos que incluye la bendición de los ramos, algún tipo de procesión y la misa en la que se lee el relato completo de la pasión de Jesús que luego se retoma el viernes santo.

 Creo importante destacar que en esta ocasión se le presenta a Jesús de una forma intensa la tentación del poder político incluida en el relato de las tentaciones después de su oración en el desierto: «todo esto te daré si me adoras». Y Jesús la rechaza porque sabe que no es ese el camino para salvarnos. Cierto que ese poder, que muchas veces se corrompe, podría traer algunos beneficios al pueblo (y así lo hacen algunos gobernantes honestos); pero en todo caso llegan como desde fuera sin convertir nuestro corazón, y Jesús sabe que para una salvación real es indispensable ese cambio de corazón. Entonces más bien decide entregar su vida para que nuestro corazón se abra a recibir el amor que Jesús nos da en forma tan generosa y valiente, y sintiéndonos amados tan plenamente nos animemos a seguirlo con una vida de servicio semejante a la suya. De ese modo nos salva del «pecado», es decir: odios, rencores, egoísmos, avaricias, injusticias, soberbia, placeres, miedo… de todo lo que destruye el amor de hermanos que constituye la vida verdadera que Él quiere para todas las personas y pueblos. Entonces rechaza la vía del poder y sigue la del amor hasta sus últimas consecuencias.

Este preámbulo teológico nos ilumina y acompaña en el triduo pascual.

Jueves santo: la cena de la pascua liberadora y regalo de la Eucaristía

El día antes de morir Jesús se reúne con sus amigos para celebrar el recuerdo de la cena de la liberación de su pueblo. Esa cena marcó el comienzo del éxodo, de la salida de la esclavitud en Egipto hacia la tierra prometida. Esa es la voluntad de nuestro Dios: que su pueblo santifique su nombre (Ez 36, 22-27) viviendo en hermandad y libertad, quitando todas las cadenas que esclavizan tanto las impuestas por otros poderes como las que se dan al interior del mismo pueblo. Es un parteaguas fundamental, pero tan sólo el comienzo de un proceso, de una peregrinación permanente que requiere la colaboración sinodal de todos los pertenecientes al pueblo. Y para fortalecernos e incluso alegrarnos en esa peregrinación Jesús nos regala esta presencia especial suya en el símbolo del alimento cotidiano que quiere generar comunión profunda con él y entre nosotros: su cuerpo que ha sido y será entregado, su sangre que como el trigo al morir es esperanza de resurrección y vino símbolo también de alegría compartida y fuente de esperanza cotidiana.

Todo ello nos invita a revisar (en nuestra oración y también en el lavatorio de los pies) cómo hemos vivido nuestros sacramentos: 1) si la misa ha sido mucho más que simplemente obligación cumplida semanalmente, 2) si llevamos a ella lo que hemos estado viviendo para celebrarlo, purificarlo y agradecerlo, 3) si nos sentimos en comunión con Jesús y los otros participantes; 4) si salimos con ánimo y creatividad para seguir santificando el nombre de nuestro Padre y construyendo su reino de justicia y paz.

Revisar también si hemos hecho consciente el haber sido bautizados, incorporados a la comunidad del Resucitado para vivir en ella con comunión, participación y misión. (Tomando en cuenta nuestros padrinos, papás, familia y comunidad que nos acompañaron al recibirlo.)

Viernes santo: pasión y sacrificio de Jesús

Este día suele incluir dos celebraciones: el viacrucis de la religiosidad popular y el oficio litúrgico hacia las 3 de la tarde. Ambas tienen el mismo sentido profundo aunque con estilos bastante diversos, podemos participar en las dos o en la que nos aproveche más espiritualmente; no es tanto cuestión de cuánto tiempo, sino de fruto en la oración.

En la vida ordinaria nos damos un acompañamiento recíproco: nosotros acompañamos a Jesús y a nuestra madre María y también ellos nos acompañan a nosotros; igualmente con otras personas y grupos, sea que compartamos con ellas la fe cristiana o que nos unan otro tipo de motivaciones. Y esto lo realizamos en diversas actividades. En el viernes santo ponemos el énfasis en las situaciones dolorosas, sea que el sufrimiento provenga de enfermedades y otros problemas, pero en especial los debidos a las injusticias y persecuciones. Conviene tomar en cuenta en estas oraciones también a quienes padecen en otras regiones, sea de nuestro país o de otros continentes; y en la medida de lo posible hacer también una aportación solidaria, actualmente hay muchos organismos que tratan de llevar alivio a esas comunidades y solicitan ese apoyo. Un ejemplo la colecta que se hace durante la veneración de la cruz suele destinarse para Tierra Santa, más necesitada en estos años por la guerra de Hitler israelita y su cómplice Herodes.

El fruto espiritual de estas celebraciones lo podemos expresar con aquellas palabras: «pasión de Cristo, confórtame», o bien las del canto: «danos un corazón grande para amar, danos un corazón fuerte para luchar».

Domingo de resurrección: la victoria de Jesús amoroso

El triduo culmina con la hermosa celebración de la vigilia pascual y se prolonga un primer lapso hasta la fiesta del Espíritu Santo y luego durante todo el año. Para comprender el sentido de la victoria de Jesús y su vivencia permanente remito a lo que expuse arriba al hablar del objetivo de la semana santa.

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