Evangelio del domingo 12 de abril


«La fe es el tesoro más grande
que podemos tener».

ABRIL

  • Hch 2, 42–47
  • Sal 117
  • 1ª Pe 1, 3–9
  • Jn 20, 19–31

§ Hoy en día es difícil creer. Abundan las noticias falsas, las promesas sin cumplir, el compromiso se vuelve algo relativo y los conflictos mundiales parecen no tener solución. Como los discípulos, podemos permanecer con las puertas cerradas «por miedo». El apóstol Pedro nos dice que la fe de nosotros es un tesoro, «más preciosa que el oro», porque para tener fe se necesita tener valor, coraje, confianza y esperanza en que Dios actúa sin que veamos resueltas todas las dificultades que pasamos en la vida cotidiana o que vemos al mundo atravesar.

§ Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Qué significa que la misericordia de Dios es eterna? A lo cual podemos responder afirmando que Dios se con–misera, se conmueve con nuestras vidas, no es un Dios indiferente al que le resulta irrelevante nuestro más mínimo problema. Dios camina con nosotros en esas dificultades y nos invita a creer en que Él está presente en todo momento.

§ La vida primitiva de la Iglesia nos puede ayudar para alimentar la esperanza en un mundo distinto, en el que todas las personas tienen la oportunidad de vivir una vida en plenitud, con la dignidad de hijas e hijos de Dios. Dios se manifiesta y no da su paz, nos sale al encuentro en Jesús su Hijo que nos invita a creer aunque no veamos.

Que Jesús nos abra los ojos del corazón para verlo entre nosotros, y que su paz nos anime a creer en que Dios no se olvida de su pueblo. 

Ilustración: ©Tzitzi Santillán

Un comentario

  1. Desde el centro…

    No es que hoy sea más difícil creer.
    Es que hoy se ve con más claridad el ruido que siempre ha existido.

    Desde el centro, la fe no lucha contra el mundo…
    lo atraviesa.

    Cuando las puertas se cierran por miedo,
    no es falta de fe:
    es el lugar exacto donde la fe comienza.

    Porque creer no es ver resuelto,
    es permanecer abierto.

    La misericordia no es una idea lejana.
    Es movimiento.
    Es un Dios que no observa desde arriba,
    sino que desciende al punto exacto donde duele.

    Desde el centro, Dios no evita la herida…
    la habita.

    Por eso Jesús no llega a reprochar,
    llega con paz.
    No exige certezas,
    ofrece presencia.

    Y ahí está el equilibrio:

    No negar el miedo.
    No rendirse a él.

    Creer, entonces,
    no es cerrar los ojos…
    es abrir el corazón incluso cuando todo parece incierto.

    Desde el centro,
    la fe no grita.
    Sostiene.

    Y en ese sostener silencioso,
    se revela lo esencial:

    Dios no se ha ido.
    Nunca se ha ido.

    Incluso ahora.

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