Las mociones pueden ser buenas o malas. Su cualidad se reconoce por lo que sugieren, pero, sobre todo, por lo que decantan anímicamente: claridad + quietud + alegría (consolación) y, en el polo opuesto, confusión + turbación + tristeza (desolación)
En el artículo anterior indicábamos que para conocer las mociones es importante prestar atención a dos elementos: el contenido (es decir, a qué decisión concreta nos invitan) y el estado de ánimo que suscita la posibilidad de elegir.
Por ejemplo, pensemos que me viene a la conciencia la posibilidad de ofrecerme para un servicio comunitario y hacerlo de manera gratuita. Este sería el contenido. Es común que la posibilidad de hacerle caso a la invitación despierte en mí una reacción afectiva. Puedo sentir entusiasmo y deseo por hacerlo o también sentir rechazo (molestia). O me puede dejar indiferente (“Me da igual”).
El discernimiento de las mociones se basa tanto en el contenido como en el estado de ánimo que las acompaña. En cuanto al contenido, se sobreentiende que toda acción que nos separa de los valores del Evangelio (amor de comunión, servicio alegre, solidaridad, humildad, cuidado de las personas más vulnerables, etcétera), y que nos lleva por los caminos del egoísmo, la dureza de corazón y el desprecio a nuestros semejantes, debe ser desechada. Es decir, hay contenidos buenos y contenidos malos. Un ejercicio que nos puede ayudar en este sentido es preguntarnos si esa acción a la que me siento invitado es algo que el Señor Jesús realizaría, o que me encomendaría a mí realizar. Si distingo un contenido negativo, pues ahí termina el discernimiento. Debo rechazar esa sugerencia porque me lleva al mal, al desamor.
Pero el arte del discernimiento de mociones desarrollado por Ignacio da por supuesto que el creyente (quien desea seguir al Señor Jesús y actuar en sinergia con él) básicamente tiene elementos para establecer la bondad, o maldad, de los contenidos de las mociones a través de la manera de sentir de Jesús que nos transmiten los Evangelios, de los mandamientos, de la doctrina de la Iglesia y de la propia experiencia personal. Para lo que necesitamos una metodología más elaborada es para poder distinguir, entre varias posibilidades buenas, cuál es la mejor para mí. Y en esto se centra la enseñanza ignaciana.
Una categoría importante para tomar en cuenta es si estamos ante una moción “superficial” o una moción “interior”. Normalmente, una moción superficial significa que puedo establecer claramente el vínculo entre el contenido y el estado de ánimo que lo acompaña. Por ejemplo, si se me ocurre la posibilidad de realizar una actividad que me gusta y pensar en hacerla me llena de entusiasmo, es claro el vínculo entre el contenido (realizar la actividad) y la alegría que me causa poder hacerla (porque es algo que me gusta hacer). El estado de ánimo se explica perfectamente por el “discurso” al que acompaña.
Y esto también sucede en mociones que, en vez de entusiasmarme, me desaniman. Por ejemplo, pueden venirme a la mente las consecuencias de permanecer en un trabajo que me disgusta y me desgasta. Es natural que pensar en tener que aguantar esa situación mucho tiempo traiga consigo un estado de ánimo negativo: frustración, ira o tristeza.
Ambos casos han de ser considerados en principio como mociones superficiales, porque probablemente vienen de mi propia historia (mis gustos, mis traumas, apegos y rechazos históricos, etcétera). También pueden venir de mi entorno: lo que la familia o la sociedad me proyectan y esperan de mí. Las repercusiones anímicas de esas mociones son casi “predecibles”: hay circunstancias que generalmente me animan, otras que me desaniman y otras más que no alteran mi estado de ánimo, que “me dan igual”.
A diferencia de estas mociones superficiales, las mociones interiores (que sólo pueden venir de Dios) se dan con independencia a motivaciones externas, y/o con efectos desproporcionados a motivaciones. Estas son las más útiles para darle dirección a nuestra vida. San Ignacio las vincula a lo que denomina “consolaciones sin causa precedente” —si bien también existen desolaciones a las que podemos considerar “sin causa precedente”—, es decir, Dios puede suscitar internamente, para nuestro bien, una moción consoladora o una desoladora, y así ayudarnos a descubrir en qué dirección nos está invitando a actuar.

Ignacio elabora esta distinción a partir de su propia experiencia. Él, al igual que todas las personas, experimentó estas mociones interiores. Por ejemplo, en el relato de su autobiografía vemos cómo le llamó la atención que a alguien como él, acostumbrado (y en permanente búsqueda de) a la riqueza, al poder y el honor, le pudiera entusiasmar tanto la idea de dejarlo todo para seguir al Señor en pobreza, humildad y sencillez. Esa alegría inexplicable (y que sólo Dios puede suscitar en el creyente) era para él un signo claro de que Dios estaba actuando “interiormente” en su conciencia.
Otro criterio importante descubierto por san Ignacio es que las mociones que vienen de Dios tienden a ser más estables y prolongadas. Siguiendo la experiencia relatada por Ignacio en su autobiografía, este percibe que cuando dedica tiempo a imaginarse a sí mismo recibiendo honores, premios económicos y puestos de autoridad en reconocimiento por su valentía en la defensa de Pamplona, se deleita. Pero cuando deja de alimentar esos escenarios imaginarios, queda triste, vacío, con una sensación de carencia de sentido. Dicho en otras palabras, el deleite sólo duraba el rato que estaba ocupado en esos pensamientos. Por el contrario, cuando se imaginaba siguiendo al Señor en una vida de amor y entrega al prójimo, o imitando la abnegación y la congruencia de los santos cuyas vidas estaba leyendo, la alegría que le daba pensar en seguir ese camino le duraba, no sólo el tiempo en que estaba conscientemente ocupado en esas imaginaciones, sino que esta lo acompañaba por mucho tiempo después de que había dejado de considerar esos pensamientos.
Las “mociones externas”pueden venir de mí, de mi historia, del contexto en el que me encuentro, o del mal espíritu. En ellas siempre puedo descubrir un“objeto”, generalmente un discurso, que es el que suscita en mí el estado de ánimo: consolación, desolación o indiferencia. Por ejemplo, si tengo hambre es natural que me entusiasme la idea de conseguir algo de comer. Si me piden que haga algo que no me gusta, o me es incómodo, es natural que sienta resistencia a convertirlo en realidad.
A veces no nos sentimos ni en consolación ni en desolación. San Ignacio llama a ese estado “tiempo tranquilo”. Como podemos comprender, no le gustaba esta situación porque dificulta mucho el discernimiento.
Nos va quedando claro que las mociones pueden ser buenas o malas. Su cualidad se reconoce por lo que sugieren, pero, sobre todo, por lo que decantan anímicamente. Por un lado, está la tríada claridad + quietud + alegría (consolación) y en el polo opuesto están la confusión + turbación + tristeza (desolación).
Las mociones se pueden englobar en dos grandes grupos: consolatorias y desolatorias. En “Reglas de Discernimiento de Espíritu de la Primera Semana” de los Ejercicios Espirituales (EE) san Ignacio hace una equivalencia general de la consolación como viniendo del buen espíritu y la desolación proveniente del malo. Con todo, subraya que la percepción del actuar de los espíritus depende de la condición interna (ética/moral) de quien los experimente. Él piensa en dos estados básicos del ser humano a este respecto. Por un lado, están quienes tienen en sí mismos los sentimientos (la sensibilidad) de Cristo: ven el mundo con amor; están comprometidos con hacer el bien, especialmente a las personas más necesitadas; tienen un deseo profundo de formar cuerpo en una comunión centrada en el amor de ágape. Y por otro lado están los que tienen los sentimientos opuestos a Jesús: son egoístas, insensibles, crueles y con tendencia a despreciar y violentar a los demás.
A quienes sienten con/como Jesús y, aunque no sean perfectos, cometan errores y tengan momentos de ofuscación egoísta, mantienen su deseo de amar y servir (lo que en teología moral se describe como tener una opción fundamental por la vida), san Ignacio los describe como yendo “de bien en mejor subiendo”. Por el contrario, a quienes tienen los sentimientos contrarios (que tienen una opción fundamental por la muerte), Ignacio los describe como yendo “de pecado mortal en pecado mortal”, es decir, haciendo constantemente el mal a quienes les rodean, a la creación, al proyecto de Dios.
San Ignacio inicia su lista de “Reglas de Discernimiento de Espíritu de la Primera Semana” (EE 313-315) subrayando la diferencia fundamental en la manera como actúan los espíritus (el de Dios en oposición al mal espíritu) en personas con diferente disposición interior(reglas 1 y 2 de la Primera Semana). Es decir, en quienes tienen una opción fundamental por el proyecto de vida que Dios propone (“los que van de bien en mejor subiendo”) y quienes, por el contrario, tienen como opción fundamental el egoísmo y la muerte (“van de pecado mortal en pecado mortal”).
Ignacio mostró que ese dato del actuar divergente de los espíritus se convierte en el primer criterio fundamental para discernir las mociones. Ese será el tema de nuestra siguiente entrega.
Este artículo fue originalmente publicado por revista Magis y se reproduce con su autorización







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