La reflexión de Charles Taylor sobre el «punto de inflexión» en A Secular Age (Una era secular) constituye uno de los intentos más sofisticados por narrar la larga y compleja transición desde un mundo en el que la creencia en Dios era prácticamente inevitable hacia otro en el que la fe se ha convertido en una posibilidad entre muchas. Taylor no presenta este desplazamiento como un proceso lineal, inevitable o puramente progresivo. Por el contrario, insiste en que la era secular está marcada por tensiones, imaginarios sobrepuestos y marcos morales en disputa.
A partir de datos contemporáneos sobre la afiliación católica tanto a escala global como en América Latina, y poniendo a Taylor en diálogo con la espiritualidad ignaciana, este artículo propone que la secularización no elimina simplemente la trascendencia. Más bien, reconfigura las condiciones bajo las cuales el sentido, la fe y la actuación moral son discernidos, vividos y encarnados.

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1. Datos contemporáneos y la realidad no lineal de la pertenencia religiosa
Cualquier acercamiento serio al marco de Taylor debe comenzar por realidades históricas y empíricas concretas. Según el Pontifical Yearbook 2025 (Annuarium Statisticum Ecclesiae 2023), la población católica mundial alcanzó aproximadamente los 1.406 millones de bautizados, lo que representa un crecimiento cercano al 1.15% respecto del año anterior. El Anuario señala explícitamente que este crecimiento continúa a pesar del descenso de las tasas de natalidad en algunas regiones y de los cambios en los patrones de práctica religiosa. Como afirma el propio informe, la población católica mundial sigue aumentando, aunque a ritmos diferenciados entre continentes, lo que revela dinámicas pastorales y culturales diversas, según los datos de la Oficina Central de Estadística de la Iglesia del Vaticano.
A escala global, estos datos desafían cualquier afirmación simplista según la cual la religión, y el catolicismo en particular, estaría desapareciendo como resultado de un crecimiento lineal y continuo del humanismo exclusivo secularizado. Más bien apuntan a una relevancia persistente, aunque desigual, de la fe y la afiliación religiosa como camino de sentido para millones de personas. Este panorama global se vuelve mucho más complejo cuando se examina a través del lente de los tiempos, los lugares y las personas.
En América Latina, región históricamente considerada bastión del catolicismo, la situación es marcadamente distinta. Según Latinobarómetro, la autoidentificación católica ha disminuido de manera sostenida durante las últimas tres décadas. Mientras que a mediados de los años noventa más del 80% de la población latinoamericana se identificaba como católica, las encuestas recientes sitúan esta cifra más cerca del 55–60%, con algunos países incluso por debajo de ese umbral. Paralelamente, ha crecido de manera significativa el número de personas que se declaran sin afiliación religiosa, junto con la rápida y amplia expansión de comunidades evangélicas y pentecostales.
Estos datos contrastantes, crecimiento global y declive regional, ya resisten por sí mismos una narrativa de simple sustracción. Revelan un fenómeno que sólo puede ser comprendido atendiendo a los tiempos, los lugares y las personas, y no mediante una lógica universal y unívoca.
2. Tiempos, lugares y personas: el discernimiento ignaciano y la temporalidad en Taylor
La insistencia de Charles Taylor en la temporalidad es, a mi juicio, una de las dimensiones más subestimadas de su libro A Secular Age (Una era secular). De manera reiterada subraya que la secularización se despliega a través de contingencias históricas y no como una necesidad abstracta. El paso de un mundo ingenuamente encantado a uno desencantado no se experimenta de forma uniforme, ni ocurre del mismo modo en todas las culturas, ni, por lo tanto, en todas las personas.
Esta intuición converge profundamente con el marco ignaciano de tiempos, lugares y personas, fundamento para el discernimiento del sentido de vida y el llamado particular en los Ejercicios Espirituales. Para Ignacio, ese discernimiento nunca es abstracto. Siempre acontece en un momento histórico concreto, en un contexto sociocultural específico y en el paisaje interior singular de una persona o comunidad. Esta tríada puede ofrecer una clave hermenéutica para leer tanto a Taylor como los datos religiosos contemporáneos, y, más ampliamente, nuestros propios fenómenos humanos.
En cuanto al tiempo, Taylor identifica un desplazamiento desde un mundo donde la fe era la opción por defecto hacia otro en el que la creencia es frágil y disputada. Esto no implica la desaparición del anhelo de trascendencia. Más bien ese anhelo se transforma a través de lo que Taylor distingue como chronos, el tiempo homogéneo e inmanente del humanismo exclusivo, y kairós, el tiempo oportuno del encuentro, del llamado y de la conversión. La espiritualidad ignaciana habita precisamente esta tensión y se mueve dentro de ella, invitando a discernir en la historia, no a escapar de ella.
En cuanto al lugar, el análisis de Taylor, a pesar de su brillantez, permanece en gran medida eurocéntrico —o, más ampliamente, occidental—. La experiencia latinoamericana no reproduce necesariamente el tránsito europeo occidental desde el encantamiento comunitario hacia el desencantamiento individual de forma lineal o teleológica. En muchos contextos latinoamericanos las personas han vivido en mundos híbridos donde coexisten el ritual, la comunidad, la racionalidad moderna y la religiosidad popular. El declive de la afiliación católica en esta región no puede leerse simplemente como el triunfo o la consecuencia directa del humanismo exclusivo, de una razón intelectual por encima de la experiencia de fe.
Finalmente, las personas son, y deben seguir siendo, el centro de nuestra comprensión de las transiciones sociales, incluida la secularización. La crítica de Taylor al «yo desvinculado» resalta el riesgo de que la subjetividad moderna se encierre en sí misma. La espiritualidad ignaciana responde a este riesgo subrayando una libertad interior ordenada a la relación: relación con Dios, con los otros y con el mundo.
3. Los cuatro eclipses revisitados desde los Ejercicios Espirituales
Los cuatro eclipses de Taylor, tal como han sido interpretados y sistematizados por James K. A. Smith, ofrecen un mapa conceptual de lo que está en juego en la era secular. Sin embargo, leídos desde la espiritualidad ignaciana, estos eclipses aparecen menos como pérdidas definitivas y más como espacios de purificación y tensión.
El eclipse del propósito mayor y trascendente
Taylor identifica un desplazamiento respecto de la orientación de la vida hacia un bien superior y trascendente. En términos ignacianos, este momento se corresponde con el movimiento inicial de los Ejercicios Espirituales: el Principio y Fundamento. Aquí, quien recorre la experiencia es invitado a reordenar su vida no rechazando el mundo, sino discerniendo su propósito concreto dentro de él. No se trata de un retorno al encantamiento ingenuo, sino de una profundización de la intencionalidad y del sentido. Lo que parece un eclipse puede ser, en realidad, una llamada a redescubrir el propósito desde la libertad y no desde la obligación: a buscar el sentido de la vida, de mi vida, de esta vida… no de una vida imaginaria.
El eclipse de la gracia
El énfasis moderno en la disciplina, el control racional y la autosuficiencia puede leerse como un oscurecimiento de la gracia divina. Ignacio, sin embargo, ofrece una alternativa radicalmente integradora. La dinámica de la co–creación, actuar plenamente confiando totalmente, rehúye tanto el quietismo como el pelagianismo. La gracia no anula la agencia; la profundiza. Desde esta perspectiva, las afirmaciones contemporáneas de una búsqueda de autonomía en la experiencia de fe no implican necesariamente la ausencia de Dios, sino una comprensión reconfigurada de la cooperación humano–divina. La contemplación en la acción y la invitación «a hacer todo como si dependiera sólo de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios», son expresiones claras de esta lógica desde los Ejercicios Espirituales.
El eclipse del misterio
La racionalidad científica y el naturalismo metodológico han ido estrechando progresivamente el horizonte de lo que se considera real y creíble, reduciendo la realidad a aquello que puede medirse, verificarse y controlarse. Taylor nombra este proceso como la pérdida del misterio como dimensión vivida del mundo, no por nostalgia, sino como una reducción antropológica. Lo que se pierde no es rigor, sino profundidad.
Los Ejercicios Espirituales proponen otra forma de conocer, cultivando lo que podría describirse como una suerte de mística racional. No se trata de abandonar la razón ni de eludir el discernimiento crítico, sino de integrar razón, afectividad, memoria, sentidos e imaginación al servicio de la libertad y de las decisiones fundamentales de la vida. Meditaciones como el Rey Temporal y el Rey Eternal, las Dos Banderas, los Tres Binarios y los Tres Grados de Humildad funcionan como procesos pedagógicos estructurados que ayudan al ejercitante a discernir qué fuerzas conducen a una vida más plena y cuáles la empobrecen, de modo progresivo y con una profundidad cada vez mayor, tanto de comprensión como de implicación desde la voluntad. Aquí, el misterio no se opone a la razón, sino que la desborda, devolviéndole su vocación más amplia: leer la realidad con atención, discernir y elegir responsablemente y comprometerse de manera concreta en la historia.
El eclipse de la transformación
Finalmente, Taylor señala una creciente pérdida de confianza en la posibilidad de que los seres humanos puedan ser verdaderamente transformados mediante la participación en la vida divina. En el horizonte moderno dominante, el sentido profundo suele reducirse a la autogestión o al ajuste externo, mientras que la posibilidad de una reconfiguración más profunda del deseo, la libertad y del misterio queda silenciosamente excluida.
La Contemplación para Alcanzar Amor reabre este horizonte al insistir en que Dios está activo y actuante: creando, sosteniendo, llamando y trabajando —laborando— en todas las cosas creadas. Esta contemplación no aparta del mundo, sino que devuelve a él con una mirada transformada, capaz de reconocer a Dios actuando presente en la naturaleza, en las relaciones, en la propia experiencia y en la historia. Encontrar a Dios en todas las cosas no es escapar de la inmanencia, sino permitir que sea transfigurada desde dentro. La transformación, en este sentido, es un modo más hondo de habitar la realidad, marcado por la gratitud, el discernimiento y un compromiso renovado con la vida que sigue creciendo.
Leídos conjuntamente desde Taylor e Ignacio los datos religiosos contemporáneos resisten claramente las narrativas de una simple sustracción de los elementos mágicos de la religiosidad. El declive de la identificación católica en América Latina no equivale a la desaparición de la fe, ni el crecimiento global del catolicismo garantiza por sí mismo profundidad de conversión. Ambos fenómenos apuntan, más bien, a una pluralización de los caminos de sentido. Lo que parece eclipsarse no es necesariamente Dios, sino la suposición de que la fe deba adoptar una única forma institucional o cultural.
Humanismo exclusivo, educación, vida cultural e imaginación social
El relato de Taylor sobre el humanismo exclusivo describe un orden moral que encuentra su plenitud exclusivamente en el florecimiento humano, por sí mismo. Este marco influye de manera decisiva en la educación superior, la vida cultural y las instituciones sociales y políticas contemporáneas. Sin embargo, la persistencia de la trascendencia, incluso en espacios llamados seculares, sugiere que el humanismo exclusivo nunca es total.
La educación superior, en particular, se encuentra en la intersección de este punto de inflexión. Las universidades pueden reforzar un marco inmanente autocentrado o bien cultivar espacios de discernimiento donde múltiples horizontes de sentido se mantengan en tensión creativa y abiertos. Inspirado en Guardini, el papa Francisco abraza esta perspectiva que no huye de la tensión, sino que permite que se desborde hacia nuevas formas creativas de vida y de pensamiento.
El punto de inflexión de Taylor no es un destino. Es una invitación al discernimiento más que a la nostalgia, a la integración más que a la polarización. Leída desde la tríada ignaciana de tiempos, lugares y personas, la secularización aparece no como una pérdida, sino como una fuerza purificadora que deja al descubierto preguntas más hondas sobre el sentido, el llamado a la acción, y sobre la esperanza.
El futuro de la fe, de la cultura y de la educación dependerá de nuestra capacidad para habitar este punto de inflexión con sabiduría, navegando las aguas turbulentas de la secularización no con miedo, sino con discernimiento, creatividad y amor. No está en juego la supervivencia de las instituciones, sino la posibilidad del florecimiento de seres humanos capaces de mirar el mundo con otros «nuevos y renovados» ojos.







Un comentario
Me parece un comentario muy esperanzador y un enfoque holístico sobre el ser humano que a través de la historia ha buscado el sentido de su vida. Independientemente de una institución religiosa .En los tiempos actuales no es la esepcion.