Mujeres que toman caminos y pantallas

Luis García Orso, S.J.

En estos años recientes, las manifestaciones de la sociedad civil en México han tenido en la mira, principalmente, la exigencia de paz y seguridad contra la violencia, la defensa de los derechos humanos individuales y sociales, la búsqueda de personas desaparecidas por el crimen organizado, la protesta contra los feminicidios y la violencia de género. En todas estas causas sociales, la participación de la mujer ha ido creciendo.

Para la Iglesia sigue vigente el criterio del Vaticano II, presentado en el documento Gaudium et spes (GS), de hacer nuestros «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS, 1) y de «responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura» (4).

Creo que las formas de intervenir en una causa social no se restringen sólo a actos públicos en las calles, sino también a formas más simbólicas y artísticas, como teatro, danza, música, literatura, cine, y otras más, donde la expresión de conciencia, denuncia y propuesta, se da no sólo por la palabra sino por una diversidad de «lenguajes» y de expresiones. Por fortuna, estas manifestaciones han ido creciendo en México. Cada una de ellas merecería un abordaje especial para acoger lo que nos quieren decir y a qué nos convocan como sociedad, en la esperanza de una vida mejor para todos.

El cine mexicano refleja mucho de nuestra realidad social, de las preocupaciones y esperanzas de los que hacen cine. En ellas resaltan como protagonistas: migrantes, marginados sociales, personas abandonadas en el desamparo y la soledad, madres que buscan a sus hijos desaparecidos, niños que quedaron huérfanos por la violencia del narco, adolescentes desconcertados… Estas realidades toman el corazón de nuestros cineastas, de las que muchas son mujeres jóvenes. En esta presentación tomaré algunos ejemplos de películas (hay muchos más) de los últimos cinco años, todas dirigidas por mujeres. En estos filmes trataremos de ver qué se denuncia y qué se anuncia a través de la riqueza del lenguaje cinematográfico.

Historias de mujeres

Comenzaremos con Tempestad (Dir. Tatiana Huezo, 2016), en donde ambas protagonistas son mujeres, Miriam es una joven madre que trabaja en el aeropuerto de Cancún y es acusada, sin pruebas, de delincuencia organizada y llevada al penal de Matamoros. Paralelamente, vemos la historia de Adela, una mujer a quien le secuestraron a su hija universitaria, y a la que ya lleva buscando diez años.

Tempestad es la confesión en pantalla del dolor acumulado, pero también de la esperanza que jamás desaparece. Y aunque las dos mujeres, Miriam y Adela, son las protagonistas centrales, aparecen muchos rostros a lo largo del viaje —geográfico y emocional— que seguimos en el documental. Rostros tristes, silenciosos, cansados, temerosos, que nos representan a millones de mexicanos, en este México actual donde cualquier persona puede ser secuestrada, extorsionada, asesinada, o puede desaparecer y nunca se le encontrará; o buscará justicia y no la hallará. Tempestad es un lamento de amor, sereno, esperanzado, que se mete en las entrañas y ya no nos deja.

La película documental Plaza de la Soledad (Dir. Maya Goded, 2017) nos presenta un encuentro muy cercano con mujeres que trabajan de sexoservidoras en la zona de La Merced, Ciudad de México, y que son madres, esposas, amantes, amigas, compañeras; mujeres con cuerpos reales, viejos y flácidos, un placer pasajero de desconocidos. Mujeres entre 50 y 80 años de edad de las que nadie habla y a las que a nadie importan; violentadas y señaladas, sobrevivientes de una larga lucha por la vida; pero mujeres que creen en ellas mismas, que tienen ilusión de vivir y de amar, que se abren camino con dignidad, que tienen deseos hondos y necesidades espirituales. Mujeres que abren su alma y nos la comparten, e iluminan la pantalla con sonrisas, picardía, coquetería, dignidad, ilusiones, sueños, amor. Encontrarnos con ellas nos hace bien, nos devuelve humanidad y dignidad en medio de tanta desgracia.

La directora de este documental declaró que lo que motivó su trabajo fue destacar: «que es necesaria la hermandad entre todas las mujeres, porque cuando se siente esta unidad, cuando se juntan muchas mujeres y se crea una aceptación, hay algo muy poderoso. Todos debemos trabajar en eso, todos los días; fortalecernos las unas a las otras, avanzar, quitar el estigma que hay, uniéndonos».

La camarista (Dir. Lila Avilés, 2018), relata la historia de Evelia, empleada en un prestigioso hotel de la Ciudad de México y vive largas y pesadas jornadas laborales. De pronto pareciera que Evelia es un huésped más del lugar, o que es como un fantasma que va de habitación en habitación recogiendo lo que otros dejan o tiran. En sus horas libres toma clases de inglés y aprovecha para llamar a la mujer que cuida a su hijo. Cansada y silenciosa, poco sonriente, entregada toda a su labor, aspira a ascender en la escala laboral y convertirse en camarista de las habitaciones de lujo.

El hotel es el microcosmos de un país desigual y racista, México. La camarista refleja esa desoladora sensación de estar preso, de querer más y enfrentarse con una realidad que quizá nunca se alcanzará. Es la historia de emancipación de una mujer desde su soledad e invisibilidad, desde el empeño silencioso por reivindicar su dignidad.

Melissa Elizondo pone en el centro de su historia El sembrador (2018) a Bartolomé, un maestro rural de una escuela primaria multigrado, en la alejada comunidad de Monte de los Olivos, del Municipio Venustiano Carranza, en medio de las montañas chiapanecas. Para Bartolomé, una escuela verdadera es más que un edificio, pupitres, libros de texto… Una escuela es una comunidad de personas y de experiencias, en que unos van a aprender de otros (sin importar la edad ni la lengua), al escucharse, ayudarse, trabajar en común, compartir costumbres y esperanzas. El sembrador son todos, somos todos, si nos reconocemos iguales, aunque diversos, si acogemos la semilla buena que llega de los demás. Una historia muy hermosa que nos acerca a lo más humano que hay en cada persona.

El documental El guardián de la memoria (Dir. Marcela Arteaga, 2019) toma su nombre de la labor del abogado Carlos Spector, de El Paso, Texas, quien, en una de las escenas de este documental, comenta que se ha convertido en una suerte de depositario de los recuerdos de muchas de las personas a quien defiende. Spencer se encarga de proteger a los sobrevivientes de la violencia en México, para resguardar la memoria de su pueblo, defender sus derechos, y mostrarlos como los testigos del genocidio que vivieron en Guadalupe, Chihuahua, un lugar en donde en 2008 había 17 mil habitantes y hoy sólo quedan mil. La entrada de la Policía Federal y el ejército, en operativos enviados por el presidente Felipe Calderón, inaugura una cadena de atentados dirigidos no al crimen organizado, como lo anunciaran las autoridades, sino a los cuerpos de las policías local y estatal y aun a la misma población civil. En las calles los muertos aparecen descabezados, mientras que la lista de desapariciones forzadas se va haciendo cada vez más larga, hasta convertir a una comunidad que estuvo viva en un pueblo fantasma en medio del desierto.

Fotograma de Noche de fuego, Tatiana Huezo, 2021

Los sobrevivientes de la situación se confiesan delante de nosotros, admirables en su fortaleza y amor, de pie frente a la pérdida de sus seres queridos, en una narración cinematográfica que la directora sabe llenar de empatía, de imágenes poéticas (casas, paisajes, etc.) frente a una realidad cruel y devastadora. Así, podemos ver que recordar es una forma de vivir, de luchar contra el olvido y la repetición de la violencia, de querernos y unirnos, de buscar justicia y paz. También nosotros dejamos de ser espectadores: todos somos guardianes de la memoria.

Sin señas particulares (Dir. Fernanda Valadez y Astrid Rondero, 2020) relata la historia de Jesús, un muchacho de un rancho de Guanajuato que parte con un compañero hacia California para cumplir su «sueño americano». Al poco tiempo, llegan noticias de que este compañero fue hallado muerto. Magdalena, la madre de Jesús, toma el camino hacia Tijuana para buscar a su hijo, vivo o muerto. En su encuentro con las «autoridades» y los «servidores públicos», la cámara mostrará sus rostros, —sin enfocarlos realmente—, como sombras difusas y nos presentará a estos seres como distantes, indolentes, rutinarios, corruptos. En contraste con las tomas del rostro de Magda que logran trasmitir, al mismo tiempo, la impotencia y la fortaleza de una madre, como existen tantas, en búsqueda de su hijo.

En el viaje de regreso, madre e hijo se encontrarán en el lugar más terrible, en su propia tierra, convertida ya en un infierno; en la morada de la bestia, de la peor violencia, de la muerte más cruel, en un territorio en donde brilla la ausencia de Estado y en donde el pueblo sólo puede guardar silencio para poder sobrevivir, aunque, de vez en cuando, alguien se atreve a mirar de frente en mitad de la noche: una madre que nada tiene que perder porque ya solamente le queda la esperanza.

Sin señas particulares es un retrato desgarrador y escalofriante de nuestra realidad, una película extraordinaria en todos los sentidos: la forma de narrar, la atmósfera tensa, los estados emocionales contenidos, la fotografía precisa, los paisajes como territorios dantescos, el sonido y el silencio que nos penetran, la actuación impecable de Mercedes Hernández en su papel de Magdalena. 

Fotograma de Sin señas particulares, Fernanda Valadez, 2020

En resumen, el filme despliega un dolor y un clamor inmenso que nos golpean; construye un relato que encarna la dignidad, la entereza, la búsqueda sostenida frente al horror de tanta injusticia y muerte y es sin lugar a duda, un cine necesario para la realidad actual, el mejor cine, hecho todo por un equipo de mujeres, que incluye el trabajo realizado por todas ellas para la elaboración del guion, la dirección, la edición y la fotografía.

Nuestra última reflexión gira en torno a Noche de fuego (Dir. Tatiana Huezo, 2021), un filme narrado en medio de una tensión permanente y fría por la presencia de cárteles criminales en Neblinas, un pueblo de la Sierra Gorda, Querétaro. A través de él, Huezo apuesta por narrarnos el cuidado amoroso y preocupado de una madre por su hija, los abrazos llenos de cariño e imaginación de tres niñas amigas, y la empatía solidaria y valiente de una comunidad todo lo cual sostiene la esperanza en medio de la maldad.

Parresía de mujeres

Las películas que hemos reseñado brevemente revelan un hondo espíritu en sus historias y en sus realizadoras. Nos acercan a mujeres que se duelen por la situación de las personas, que se solidarizan con ellas, que se hacen hermanas y prójimos; mujeres que afirman con entereza la dignidad del ser humano, que luchan por ese valor, en contra de toda humillación y violencia; mujeres que creen en algo mejor y sostienen la esperanza en medio de contradicciones y dificultades. Desde una mirada cristiana, reconocemos ahí un espíritu de «buena noticia», aquel Espíritu que nos ha compartido Jesús el Cristo con su misma existencia en favor de los demás y por el proyecto de vida nueva del reino de Dios Padre.

Estas historias de mujeres hacen realidad entre nosotros la parábola del buen samaritano (cfr. Lc 10, 25-37): alguien sin nombre se acerca a otro que está herido, tirado y abandonado en una orilla de la sociedad, y lo mira con compasión entrañable, se atreve a acercarse, toca y cura las heridas, se hace cargo de esa persona necesitada y desconocida, y crea un vínculo nuevo que el Evangelio llama «hacerse prójimo», «hacer misericordia». Ni en el relato evangélico ni en los filmes que hemos analizado se menciona a Dios; sin embargo, al inicio del pasaje de Lucas, Jesús se ha referido a lo «escrito en la Ley», al «mandamiento nuevo»: el amor, y lo ha explicado en cómo se demuestra y en lo que significa amar al prójimo.

Nuestras historias fílmicas lo ejemplifican y lo reflejan en la práctica. En esta línea, podemos ver también que la comunidad joánica enfatiza claramente la importancia del amor: si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor ha llegado a su perfección» (1 Jn 4, 12). Es el amor que vemos, experimentamos, palpamos en los relatos de nuestras directoras, tal como las hemos reseñado; amor que es compasión, generosidad, interés y compromiso por los otros.

En Gaudete et exsultate (Alégrense y regocíjense) (GE) la Exhortación Apostólica de 2018, el papa Francisco afirma que «Mirar y actuar con misericordia es santidad» (GE, 82); quizás sea «la santidad de la puerta de al lado» (GE ib, 7), o la de aquellos que no son miembros de la Iglesia, pero que viven el Espíritu de Jesús: «Aun fuera de la Iglesia católica y en ámbitos muy diversos, el Espíritu suscita signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo» (GE ib,9). Lo importante y valioso es, pues, reconocer y acoger los signos vivos que nos hacen presente al Espíritu, donde quiera que se manifiesten, y que nos animan a vivirlo, también a los que somos cristianos.

Vemos en estos filmes vidas
que se abren a los demás y la
realidad, por más dolorosa
que sea, y que se entregan
al amor solidario, valiente
y comprometido por un cambio”.

En el mismo documento, el papa, al explicar otras actitudes que denotan «santidad» o amor a Dios y al prójimo, nos muestra una en particular en que podemos detenernos, la parresía, pues condensa muy bien lo que las mujeres de nuestras películas mexicanas van transmitiendo: valentía, audacia, coraje, firmeza, empeño.

Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía; palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (GE, 129).

«Parresía» es un término tomado de la anti­gua retórica griega, que significa literalmente «decirlo todo», esto es, hablar con libertad.

Así lo vemos en estos filmes: vidas que se abren a los demás y a la realidad, por más dolorosa que sea, y que se entregan al amor solidario, valiente y comprometido por un cambio. Un espíritu que no se detiene en los propios intereses, sino que mira por los demás: por los desaparecidos, por las víctimas de la violencia criminal, por los hijos y los niños, por las compañeras de trabajo…

Este espíritu empuja a «ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos —por debajo de la superficialidad y el conformismo—, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida (GE, 135).

Fotograma de Noche de fuego, Tatiana Huezo, 2021

Mujeres que buscan, mujeres que no se conforman con una verdad a medias o un silencio impuesto por los poderosos, mujeres fuertes para enfrentar la realidad social y apostar por un futuro diferente, mujeres que tocan las heridas de los demás y las hacen suyas. Así aparecen en pantalla, Adela la circense, Magda la peregrina, Rita la defensora, las sexoservidoras y amigas en La Merced, tantas guardianas de la memoria y profetisas de la dignidad humana. Mujeres tomadas y llevadas por el Espíritu del Viviente, aunque no lo confiesen explícitamente.

Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo; para no acostumbrarnos a caminar sólo dentro de confines seguros […] A causa de ese acostumbrarnos, ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas «sean lo que son», o lo que algunos han decidido que sean. Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos una sacudida en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia… para descolocarnos por lo que sucede a nuestro alrededor (GE, 133, 137).

Viendo las historias de estas mujeres mexicanas, afirmamos que, sin duda alguna, ellas encarnan en sus vidas y en sus esperanzas el testimonio del Espíritu del Dios de la Vida. Su valentía, su fidelidad inquebrantable, su entrega de amor puro es parresía, y «la parresía es sello del Espíritu» (GE, 132).

Antes de la muerte de Jesús en la cruz, el Evangelio de Juan (19, 25), describe la escena conmovedora de tres mujeres junto a la cruz de Jesús: María la madre, María de Cleofás y María Magdalena, tres mujeres que no se han rendido ante el dolor y la desesperación, sino que han permanecido de pie en el amor fiel. Entonces el Crucificado pide a su madre y al discípulo amado que en adelante sean ellos madre e hijo, que creen entre ellos vínculos de pertenencia como los de una familia y se cuiden mutuamente. Es como la última voluntad de Jesús para que haya una nueva familia, la de los hijos e hijas de Dios, la de la nueva vida del Reino. Así queda plasmado en nuestras historias cinematográficas, donde unas madres abrazan para siempre la vida y el destino de tantos inocentes a los que ahora ven como sus hijos e hijas. Unas madres al pie de la Cruz y de la Resurrección. 

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