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México, entre la pandemia y la inseguridad

En el primer trimestre de este año, nuestro país sufrió las consecuencias que nos dejó un 2021 bastante desalentador: una inflación mayor a 7%; un incremento en el precio de la gasolina y el aumento en el índice de la pobreza de 2%, lo que colocó a 55 millones de mexicanos en esta situación. Muchas familias experimentaron una ruda cuesta de enero, sobre todo porque el proceso de reactivación económica después del confinamiento todavía sigue sin concluir.

En este segundo trimestre, el país tiene todavía algunas agendas sociales urgentes: la reactivación económica (con sus limitaciones), los efectos y las transformaciones derivadas de la pandemia, pero sobre todo la inseguridad pública. En esta entrega me gustaría desarrollar estos aspectos, además de proponer tres modelos de gestión que muchas de las autoridades han desarrollado en torno a la aparición de nuestro famoso virus, para que sean los lectores los que analicen cuál sería el más adecuado.

La cuarta ola y la variante ómicron

Al inicio de 2022 vivimos una nueva ola de contagios. El incremento de personas enfermas por covid-19 fue significativo, asimismo, se confirmó que su nueva variante: ómicron, es más contagiosa que otras formas del virus original del SARS-CoV-2, lo que, en cierta forma, detuvo la actividad económica.

Este virus tiene poco más de dos años que apareció a nivel mundial; en México, fue el 28 de febrero de 2019 cuando se confirmó el primer caso. Desde aquella fecha hasta hoy han pasado muchas cosas y frente a lo que ha estado sucediendo, es necesario recuperar las experiencias y aprendizajes que tenemos al respecto, ya que la mejor manera de afrontar este momento es basarnos en las certezas y no en el desconocimiento que aún priva al respecto de esta enfermedad, para así no generar un pánico innecesario entre la población.

Las medidas que se han tomado y que sabemos han demostrado su efectividad son el uso de cubrebocas adecuados (N95, KN95 y KF94); mantener «sana distancia»; lavado continuo de manos; no asistir a lugares muy concurridos; uso del gel; estornudo de etiqueta, y mantener los espacios ventilados. En todas las variantes que se han presentado de la enfermedad, dichas medidas han sido positivas y han dado resultado. No hay discusión sobre éstas, no podemos relajarnos, ni bajar la guardia.

También podemos añadir la vacunación como otra medida efectiva, ya que se ha comprobado que las personas inmunizadas con ellas tienden a presentar síntomas más leves y con menor riesgo de mortalidad si es que llegaran a contagiarse. Mientras que las no vacunadas, como se corroboró en otras olas, fueron las más afectadas con la enfermedad y las que tuvieron los efectos secundarios más graves. Sabemos que la vacuna no nos protege de no enfermarnos, lo que posibilita es que el padecimiento no se vuelva mortal.

En el caso de México hemos tenido tres olas muy claras: en enero y en verano de 2021 y posteriormente, a comienzos de este año. Podemos ver que el incremento de contagios está claramente ligado al relajamiento de las medidas sanitarias en torno a los periodos vacacionales. Parecería que luego de tres eventos, seguimos pensando que el virus también ha salido de vacaciones, pero desafortunadamente no ha sido así.

La pandemia sigue y está muy claro que ha sido el comportamiento social el que ha generado su continuidad. Sería una verdadera imprudencia relajar las medidas y no tener un comportamiento adecuado durante el periodo vacacional de Semana Santa o del próximo verano, ya que volvería a suceder lo mismo. Y, aunque hasta ahora sabemos que la variante ómicron es muy contagiosa, pero menos letal que otras formas de la covid-19, esto no significa que tomemos la situación a la ligera, puesto que el riesgo que se vislumbra es una saturación de los servicios de salud, además de que si el número de enfermos aumenta habrá procesos productivos que dejarán de funcionar, como ya ha sucedido en varios países.

Foto: © Luis Ponciano @photoponciano00

Hoy por hoy no tenemos certezas de cuándo acabará la pandemia, esto implica que tendremos que mantener la vigilancia y las medidas sanitarias a lo largo de todo el 2022. Aunque las tasas de contagio bajen de forma considerable, no podemos afirmar que estamos en la última etapa del camino. Tratar de hacer pronósticos sobre el final de la pandemia nos puede salir muy caro.

Tampoco sabemos cómo terminará de mutar el virus, bajo qué formas, por lo que parece que tendremos que convivir con la covid-19 por mucho tiempo, como lo hemos hecho con otro tipo de virus como el de la influenza. Hay muchas conjeturas al respecto, cada nueva variante genera nuevos miedos y en algunos casos nuevos retos. Hay epidemiólogos que afirman que estamos al final de la pandemia, otros señalan que todavía no se puede cantar victoria.

Foto: © Luis Ponciano @photoponciano00

Además, tampoco tenemos información precisa sobre el momento en que tendremos medicamentos realmente efectivos, con posibilidades de masificarse para que todas las personas que se contagien puedan acceder a ellos de forma sencilla, pero sobre todo a un costo accesible para toda la población.

Por todo lo anterior, está claro que no podemos bajar la guardia en ningún momento, porque el relajamiento de medidas tiene consecuencias negativas, aunque no podemos ser presas del miedo y de la infodemia, porque este aspecto nos llevaría a tomar malas decisiones. Es necesario aumentar la cobertura de los procesos de vacunación, para que sea completa e incluya a los niños y adolescentes de nuestro país.

Como una breve conclusión, cabe mencionar que tenemos que aprender a convivir con el virus porque los efectos negativos del confinamiento ya son muy severos, esta sí es una certeza. Así hemos visto cómo las comunidades locales y los espacios laborales ya han tenido tiempo para generar sus propios protocolos de salud y la forma de cuidar a sus miembros. Esto no acaba aún y nadie puede salir solo de esta situación.

Tres formas de gestionar la pandemia

Luego de más de dos años de la aparición de la pandemia, es necesario identificar que se han presentado tres formas de encararla por parte de la clase política y del gobierno federal, así como de varios gobiernos locales. La falta de consistencia de muchos de éstos y la generación de acciones improvisadas, «a salto de mata», de su parte, y sin que se puedan visualizar estrategias claras a largo plazo, para minimizar los riesgos o en algunos casos, para tomar medidas más eficaces. Durante estos más de 24 meses hemos visto de todo, sin embargo, la pandemia se ha gestionado desde diferentes ópticas. Frente a estas formas de gestión, cada uno puede evaluar a sus respectivos gobiernos y decidir cómo cree que han actuado: 1) bajo el miedo; 2) no actuando (la no gestión), o 3) desde una adecuada gestión del riesgo.

La gestión del miedo es incapaz de conciliar las distintas visiones y experiencias sociales y se inclina por aplicar o exigir medidas con talante autoritario”.

La gestión del miedo

Esta forma de proceder está basada en actuar bajo las presiones sociales y de acuerdo con escenarios que no están debidamente presentados, ya que en muchas ocasiones responden solamente a necesidades individuales o de pequeños grupos. Con estos escenarios se tiende a construir perspectivas catastrofistas, desde la visión de un solo grupo que señala, desafortunadamente, que ninguna medida sanitaria es verdaderamente efectiva y que todo mundo es culpable de los efectos negativos de la pandemia. Así, se señala que todas las personas son irresponsables y no aliadas para resolver el problema. La infodemia ha conseguido en muchos casos alimentar esta mirada frente a la pandemia.

Esta visión es incapaz de conciliar las distintas visiones, experiencias y conocimientos que se van gestando desde los espacios sociales y se inclina por aplicar o exigir medidas con talante autoritario. En realidad, lo que se hace es disfrazar las necesidades individuales o de pequeños grupos, como si fueran un bien común y en cambio, no se miran los múltiples contextos particulares de los que está compuesta la sociedad.

La no gestión

La no gestión, desde una óptica cercana al negacionismo ante el escenario de la pandemia, minimiza sus efectos negativos, relativiza las medidas sanitarias y de cuidado, y se desentiende de las responsabilidades del Estado entorno al tema. Tampoco basa sus acciones en información consolidada y actual sobre el virus de covid-19 y su comportamiento, y deja toda la responsabilidad del manejo de la crisis sanitaria en manos de la sociedad.

La mirada de la no gestión promueve la idea de que hay otras agendas más importantes para los gobiernos y quisieran cancelar «por decreto» el desarrollo de la pandemia y sus efectos negativos, como si esto fuera de verdad posible. En esta perspectiva del «no pasa nada» los gobiernos se desentienden de sus responsabilidades y tratan de que todo siga como antes de la pandemia.

La gestión del riesgo

Dicha forma de encarar las cosas, que en muchos sentidos sería la adecuada, tiene varias características. La primera es que la toma de decisiones debe estar respaldada en información científica y consolidada para dar solidez a las estrategias que se deben implementar. Así, se deja atrás la infodemia, para centrarse en sectores o territorios concretos en donde se desenvuelve la pandemia.

Un segundo aspecto es que se toman en cuenta todas las miradas y todas las necesidades sociales que están en juego, es decir, este tipo de gestión no sólo se detiene en los intereses sanitarios o lo económicos, también intenta ver las afectaciones en otras dimensiones como lo emocional, lo afectivo, lo sociocultural, entre otros. Además de que trata de ver las necesidades de todos los sectores que componen la sociedad y no únicamente de los que tienen voz en la opinión pública.

En un proceso donde está claro que es necesaria la participación de toda la sociedad se impulsa a cada colectivo y sector social para que hagan lo que le corresponde para sortear la crisis. Así, se puede ver cómo el gobierno, pero también la sociedad, colaboran enconjunto para generar los mejores resultados.

El último aspecto —y que considero muy positivo—, es que esta gestión de riesgos, no se centra solamente en el presente, también proyecta y toma en cuenta las acciones futuras que se pueden derivar de nuestro actuar hoy, ya que cualquier decisión tiene repercusiones y debe haber claridad de cómo encarar problemas del porvenir.

La violencia en México

Pasando a otra agenda, de acuerdo con las cifras que proporcionó el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el promedio mensual de homicidios en el año pasado descendió un poco con respecto a los años anteriores. En 2019 el promedio anual fue de 2,036 personas asesinadas cada mes; en 2020 la cifra se redujo a 2,034 y en 2021 fue de 1,934.

Los estados con más homicidios durante en el 2021 fueron los siguientes: Guanajuato (2,673), Michoacán (2,044), Estado de México (1,731), Baja California (1,627), Chihuahua (1,544), Jalisco (1,214), Zacatecas (1,160), Sonora (1,105), Guerrero (995) y Morelos (772).

Foto: © Luis Ponciano @photoponciano00

A pesar de que el gobierno federal se jacta de una disminución en los homicidios dolosos en el país, es un hecho que el problema de la violencia se mantiene como una constante nacional y no se ve una estrategia enérgica al respecto, salvo la iniciativa de ley del presidente López Obrador para que la Guardia Nacional sea parte de las fuerzas armadas en el país.

Para la actual administración federal el único actor sociopolítico que es capaz de resolver este problema es la milicia, a la que, además de las labores de seguridad pública, se le han adjudicado un sinfín de encomiendas, por ejemplo, el control de aduanas o la construcción del Aeropuerto Felipe Ángeles. Esta forma de proceder, en la que se asume que los militares pueden desarrollar cualquier tarea mejor que los civiles, se le llama militarismo.

Desafortunadamente en México esa manera de pensar dentro de la esfera social ha ido ganando adeptos y aunque la presencia de militares en labores de seguridad pública (desde hace varias décadas), no ha resuelto los problemas que se les han encomendado, sino al contrario, también se les puede acusar de violación a los derechos humanos.

El presidente López Obrador persiste en su desdén hacia las policías civiles, las estatales y municipales, a las que considera incapaces de resolver el problema y por ello enfoca todos sus esfuerzos a fortalecer al Ejército mexicano y a la Marina, sin conseguir, hasta el momento, que la violencia disminuya de forma significativa. Aunado a ello, la delincuencia organizada avanza en el control de territorios, donde se ha ido convirtiendo en el gobierno de facto.

Aunque ya ha pasado la mitad del sexenio de esta administración, el problema de la inseguridad pública y de la violencia sigue siendo una agenda urgente y hasta ahora no hay claridad ni novedad en las estrategias a seguir para resolverlo, y en este caso, hasta ahora, tenemos una decepcionante continuidad de lo que tanto el PRI como el PAN habían hecho anteriormente.

Esperemos que los efectos ocasionados por la pandemia y su mala gestión por parte de muchos gobiernos, así como las constantes situaciones de violencia en las que está sumergido el país se resuelvan pronto. Todavía tenemos mucha tela de donde cortar.

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