Memorias andinas de fines y renacimientos de mundos

Evocando la memoria sanadora

Este entramado de palabras busca asemejarse a las hebras de colores con las que se teje el sentido de los buenos vivires o el anhelo de las vidas dignas, ésas que los tejedores y las tejedoras de los pueblos andinos plasman en sus tejidos, poniendo intención en cada diseño a través de los diversos colores con los que crean. Se trata de palabras que invitan a sentarnos en torno a las sabidurías y espiritualidades relacionales que evocan las narraciones de memorias sanadoras, en las que fluye el bonito hablar en sintonía con la polifonía de voces en el gran tejido de la vida, como lo expresa Fredy Chikangana, poeta Quechua Yanakuna Mitmak:

Éstos son cantos a la Madre Tierra en tono mayor, / son susurros que vienen de bosques lejanos, / aquellas palabras esquivas que buscan ser gota en el corazón humano. / Son tonos suaves, como si dijéramos: / Vamos en silencio por los caminos húmedos de la vida, / la hierba de la esperanza nos saluda entre la noche y sus sombras, / nuestras huellas se abrazan a la tierra y el granizo canta / entre las hojas del árbol. / Somos el fuego de estrellas que se desprenden de la bóveda azul / anunciando el nuevo tiempo, / aquí estamos tejiendo el círculo de la mariposa amarilla, / sembrando agua en los lugares desiertos, / en fin, somos espíritu de pájaro / en pozos del ensueño.

Siguiendo la invitación del hablar bonito, buscamos despertar la conciencia cósmica para reconocer el perturbador desequilibrio de los ciclos dinámicos del gran tejido de las relaciones, que paulatinamente se refleja en las diversas comunidades de vida que viven la alteración de sus tiempos y espacios. Los ríos, las lagunas, los lagos y los mares presentan distintos grados de contaminación; las grandes extensiones de bosques en las territorialidades de la Amazonía, donde habita la fuerza vital de Sachamama, están siendo depredadas; los glaciares denominados Apus, protectores del mundo andino, están devastados, y la pérdida de las semillas ancestrales y sus fuerzas vitales, junto con la desaparición y el desplazamiento de pueblos enteros, nos hablan de un tiempo de desarmonías y rupturas en el tejido de la vida. Pero también escuchamos las «palabras esquivas que buscan ser gota en el corazón humano», que emergen de las sabidurías ancestrales para recordarnos que todo tiene vida en esta Pacha, lo que nos permite replantear la noción de medio ambiente y naturaleza para asumir que somos parte de una gran red de fuerzas vitales cósmicas y telúricas que impulsan la fluidez de los ciclos de vida y las múltiples relaciones que circularon en millones de años.

Palabras que caminan

Desde el despertar de la conciencia de las memorias sanadoras, los diversos pueblos narran relatos cosmogónicos de fines y nacimientos de mundos, en los que se presenta el cambio de tiempos no circulares ni lineales, sino cíclicos, como los que encontramos en los pueblos andinos: un tiempo de oscuridad donde regía la luna y otro donde surge el sol. Pero también hacen referencia a la extinción humana por enfermedades, guerras y diluvios, que por lo general son provocados por las desarmonías no restauradas. Dichas narraciones buscan advertir las consecuencias de las acciones, pero también orientar el camino a seguir. En ese sentido, éstas invitan a desaprender las historias únicas y lineales, ya que la noción de historia para muchos pueblos se entreteje a partir de los fines y nacimientos de mundos.

Los pueblos reconocían sabiamente periodos largos que marcaban el fin de un tiempo o la restauración del orden cósmico, como nos dejó entrever el pueblo maya, que avizoró el 2012, el Oxlajuj B’aktun, el fin de un tiempo y el inicio de otro, acompañado por diversas ritualidades a fin de restablecer los equilibrios rotos, no  un fin del mundo. De la misma manera, en el contexto de los pueblos andinos se ubica el Pachakuti, que contiene dos sentidos divergentes y complementarios: catástrofe y renovación, que no necesariamente son provocados por un ciclo cósmico y sus interrelaciones, sino por circunstancias antagónicas provocadas por el desequilibrio humano.

De acuerdo con el suceso antagónico en la memoria corta de los pueblos, lo que provocó el desequilibrio en el tiempo y los ritmos del cosmos fue la invasión, que ha sido considerada «como un verdadero cataclismo cósmico que conmovió desde sus fundamentos a todo el mundo andino», apunta Fernando Montes Ruiz en La máscara de piedra: Simbolismo y personalidad aymaras en la historia. Dicha invasión hizo que el mundo se pusiera al revés: la estructura colonial impuesta organizó la vida sin considerar las relaciones con las fuerzas vitales que habitaban los territorios, para, más bien, destruirlas y condenarlas a la clandestinidad, sustituyéndolas por templos y símbolos cristianos. A su vez, la distribución de las encomiendas —que asignaba una población de indígenas a un encomendero de origen español para el trabajo de servidumbre en labores agrícolas, de tejido y minería, a cambio de recibir la doctrina cristiana y retribuir al reino con impuestos— derivó en la ruptura con las fuerzas vitales con las que estas comunidades se relacionaban en sus territorios de origen. Además, las poblaciones desplazadas, estigmatizadas como idólatras, eran fuertemente controladas por conservar sus cosmoexistencias relacionales.

A partir del contexto del avasallamiento territorial y el enajenamiento de las sabidurías y espiritualidades ancestrales que pervive en nuestros tiempos por la matriz colonial que moldea la vida de las sociedades, surge una y otra vez el anhelo de restaurar las desarmonías en el tejido de la vida. Como se aprecia en los ritos de sanación comunitaria del pueblo aymara, que se inicia con el kuti —con movimientos y acciones hacia la izquierda, el lado por donde fluyen las energías en conexión con el corazón— se busca reconstituir el equilibrio y la armonía en los cuerpos–espíritu y las relaciones en la vida de los territorios como preparación para el movimiento cosmológico de Pachakuti.

Foto: © MartinStockStudio, Depositphotos

La restauración de los desequilibrios precisa hacer la conexión con el tiempo cíclico donde el pasado no está atrás, sino delante; en aymara es el nayrapacha, que vincula el presente con la fuerza ancestral que orienta la recreación o restauración de la vida. De esta concepción del tiempo, la narración de la historia oficial pierde autoridad y resignifica la historia de los pueblos dominados, como se aprecia en las narraciones de las sublevaciones o rebeliones suscitadas en los diversos territorios que fueron aplacados a partir de castigos aleccionadores, como el desmembramiento o la decapitación de sus líderes, que adquieren otros sentidos desde la fuerza renovadora del kuti.

Las narraciones que circulan en torno a la coexistencia de los cuerpos que esperan el momento de su reconstitución reciben en algunas regiones el nombre Inkarrí (Inca rey), como explica Montes Ruiz: «El día en que la sangre, la cabeza y el cuerpo de Inkarrí se junten, amanecerá el anochecer, los reptiles volarán, se secará la laguna de Parinacochas: otro caos renovador volverá al universo a su posición normal. Entonces, los indios presididos por Inkarrí podrán continuar su obra civilizatoria inconclusa, oculta por ahora bajo las aguas».

En ese sentido, los diversos movimientos y organizaciones que resurgieron de la clandestinidad para rememorar los 500 años de resistencia en toda Abya Yala, en el contexto andino se asumieron como el movimiento de la serpiente cósmica ancestral, Katari, en aymara, y Amaru, en quechua. Éstos anunciaban que los cuerpos desmembrados y las cabezas decapitadas buscaban reconstituirse en los territorios y los pueblos. La memoria de ese tiempo dejó sentir el eco sonoro del Pachakuti, que irrumpió en el tiempo lineal a partir del fin de un mundo trastornado por la estructura colonial, para dar paso al tiempo en que la humanidad deje de transformar la Pacha y sea la Pacha quien le permita renacer.

¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose

En el intercambio de saberes que tejen los buenos vivires de los pueblos, las palabras que surgen de la digna rabia zapatista reflejan el sentido del Pachakuti: «¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo. El día que fue el día, era noche. Y noche será el día que será día», apuntó el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 2012. Estas palabras permiten vislumbrar que el mundo impuesto no es perenne, sino que empieza a cerrar su ciclo, no sin antes vivir el tiempo de una crisis generalizada que amenaza la vida. Esto lleva a relecturas apocalípticas que predicen el fin de los tiempos, del mundo, y que la salvación humana no está en la tierra sino en el más allá.

En contraparte, en los paradigmas cosmológicos el fin de un mundo pasa por un tiempo de tinku, el encuentro simétrico de los opuestos antagónicos, que no necesariamente se da por medio de la violencia. El Pachakuti ofrece la posibilidad de la regeneración de la vida, posible únicamente a partir de la conexión con el manqhapacha, el mundo interior que reconecta con la fuerza sanadora del ch’amakpacha, el tiempo primigenio de la oscuridad fecunda donde se empezó a gestar la vida, para así renacer mirando el amanecer.

El tinku, en los contextos de desencuentros, conlleva un proceso profundo de interioridad para no claudicar en la armonización de la vida, como se aprecia en las palabras de Túpac Amaru, líder indígena que organizó uno de los grandes levantamientos en el actual sur andino de Perú de 1780 a 1781, como recoge Jeffrey Klaiber en Religión y justicia en Túpac Amaru:

Un humilde joven con el palo y la honda, y un pastor rústico, por providencia divina, libertaron al infeliz pueblo de Israel del poder de Goliat y Faraón: fue la razón porque las lágrimas de estos pobres cautivos dieron tales voces de compasión, pidiendo justicia al cielo, que en cortos años salieron de su martirio y tormento para la tierra de promisión… Mas nosotros, infelices indios, con más suspiros y lágrimas que ellos, en tantos siglos no hemos podido conseguir algún alivio.

Ante el poder que domina, surge el poder que se teje a partir de la espiritualidad que hace posible la sanación del espíritu–alma, alterado o fragmentado en sus diversas dimensiones, para despertar la voluntad del corazón, que es el ánimo, el coraje y la fuerza que permiten seguir siendo y estando. Sólo de ese modo es posible generar la restauración de las relaciones de correspondencia con las diversas fuerzas o energías vitales a partir de los diversos vínculos y acuerdos que se generan desde las formas cariñosas de hablar.

El tinku supone reconocer la matriz colonial que impera, para mirarse en ella como en un espejo y reconocer cómo se fue asumiendo la construcción de las desigualdades que ven el pluriverso como amenaza. Se trata de auscultar sobre todo la codicia humana que ha mercantilizado la vida y las relaciones, presentándose como un modo de vida orientado por el mito del desarrollo ilimitado, al que se busca acceder por medio del afán civilizatorio transmitido en los espacios educativos que no se preguntan por las sabidurías, ciencias, saberes y tecnologías que respetan los ciclos dinámicos de la gran red de relaciones de la que la humanidad es parte.

El tiempo del Pachakuti nos empuja a reconocer el nacimiento de un mundo nuevo desde la conexión con las fuerzas cósmicas y telúricas de los cuatro puntos cardinales que nos permiten escuchar los cantos de la Pachamama, como alude el escritor uruguayo Eduardo Galeano: «¿Tienes algo que decirnos, colibrí? Bailan sin parar, cada vez más leves, más volando, y entonan los cantos sagrados que celebran el próximo nacimiento de la otra tierra».

Las narraciones del Pachakuti no son homogéneas; hay tiempos de prosperidad y otros de enormes dificultades. El que iniciamos llega con la fuerza para reorientar la conducta autodestructiva en la que se encuentra la mayor parte de la humanidad, pero también nos permite reconocer el resurgir de la memoria ancestral que tiene el poder de desbloquear lo que fue interrumpido. Aunque los grandes avances tecnológicos que pretenden superar los límites humanos y su interdependencia con las diversas comunidades de vida suelen considerarse como evolución, lo cierto es que, pese a su funcionalidad, también nos ofrecen la oportunidad de una comunicación más amplia y de crecer en un sentido mucho más holístico de la vida.

Nos encontramos en un tiempo pleno, profundo, fecundo de sentipensares que permiten reconocernos como seres espirituales que pasan por una experiencia humana, no para exaltar la noción del espíritu, como se aprecia en la concepción religiosa del cuerpo como el cautiverio del alma, o en las nociones dualistas del cuerpo y espíritu, sino para cultivar nuestra capacidad para fluir junto a las fuerzas vitales cosmológicas y telúricas en el tejido de la vida, de la que habla Homero Carvalho: «Cuando naces, eres una cuerda sin anudar, eres Pacha (cosmos), totalidad tiempo y espacio, el gran vacío se va llenando de pequeños amarres que van creciendo con tus palabras, y tus faenas, y cada cierto tiempo debes realizar un Kuti (vuelta), un enlace dentro de ti mismo solamente así podrás volver a ser el mismo que naciste».

Este nuevo Pachakuti nos desafía a despojarnos del antropocentrismo y el androcentrismo para reconocer que la Pacha, desde su cuerpo lacerado, tiene la capacidad de restablecer los ciclos de la vida que interpelan para cultivar las sabidurías que restauran nuestras relaciones en el tejido de la vida, siguiendo sus ritmos.

¿Escucharon? Es el pluriverso resurgiendo

Para cerrar este tejido de palabras, dejemos sentir que somos parte del nacimiento del pluriverso que surge de la fuerza armónica de la Pacha, en contraposición al cambio o la crisis climática. Un renacimiento que sólo se puede corazonar a partir de las sabidurías ancestrales que van germinando en los diversos territorios como parte de la conspiración cósmica, que descentra el interés sólo humano para buscar la restauración de las relaciones rotas por el mundo colonialista, patriarcal y capitalista. Gracias abuelitas y abuelitos, dice Carvalho: «El dulce y espeso humo de q’uwas elevándose al cielo anuncia que hemos retornado a la Tierra».

Glosario

Sachamama: para los pueblos quechua hablantes en la Amazonía, es un equivalente a Pachamama. De manera específica, hace referencia a una fuerza vital que habita en los bosques o el monte, que en las narraciones se presenta como una gran serpiente.

Apus: para los pueblos aimaras y quechuas, las altas montañas y glaciares que circundan los territorios que habitan son considerados fuerzas vitales o energía de vida. Cada pueblo mantiene las relaciones de correspondencia según sus usos y costumbres.

Pacha: por lo general, se traduce como «tiempo y espacio», «tierra» o «cosmos». Sin embargo, los pueblos tienen una noción de fuerza o energía generadora de vida, por lo que se le atribuye la noción de mama, madre o señora. En ese sentido, Pacha tendría una correlación significativa con el sentido de Gaia.

Q’uwas: es una especie de ofrenda o comida aromática elaborada a partir de la planta que le da nombre, a la que se incorpora incienso, copal y otros elementos que cada pueblo considera necesarios.

Para saber más:

Carvalho, H. (2014). Quipus. Editorial 3600.

Chikangana, F. (s.f.). Poesía de Fredy Chikangana. Lasa Forum. https://bit.ly/48hHhtf

Klaiber, J. (1987). Religión y justicia en Túpac Amaru. En P. Richard (Ed.), Raíces de la teología latinoamericana, (pp. 73–84). Cehila.

Montes, F. (1999). La máscara de piedra: Simbolismo y personalidad aymaras en la historia. Armonía.

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