Lecturas dominicales enero a marzo de 2022

Juan Pablo Gil, S.J.

ENERO

Domingo 2 

La Epifanía del Señor

«Que te adoren, Señor, todos los pueblos»

  • Is 60, 1-6
  • Sal 71
  • Ef 3, 2-3, 5-6
  • Mt 2, 1-12

Isaías nos recuerda que Yahvé conoce los pecados de su pueblo; como un padre bueno, le duele que sus hijos vivan sin sentido, por ello vuelve a colocar delante de ellos lo fundamental de la vida: el amanecer de un nuevo día, la fraternidad social, la unidad familiar y el bienestar en torno a Yahvé. Son estos regalos, y no el castigo, la herramienta de Dios para transformar el corazón de las personas.

En la misma línea que Isaías, san Pablo en la carta a los Efesios coloca el misterio de la revelación de Jesús, el Hijo de Dios, que se hace hombre. Es por gracia de Dios, y no por mérito humano, que su amor llega a todos, incluidos los que se consideraban excluidos. Éstos también tienen derecho al amor de Dios.

Desde el inicio del evangelio según Mateo, aparecerán los no-judíos adorando al niño Jesús. Son los magos de oriente quienes reconocerán en ese niño el grande amor de Dios por su pueblo. De este modo, la salvación no se limita a prescripciones religiosas, sino a reconocer en Jesús al Señor que nos adentra en el Reino de los Cielos.

El mensaje de las lecturas en este domingo, podemos reflexionar, radica en que Dios se ha manifestado en nuestra fragilidad, al grado de hacerse un niño pequeño y vulnerable que necesita los cuidados de sus padres. Cuando nosotros, varones y mujeres, asumimos nuestra vulnerabilidad, esa que nos lleva al rencor, la envidia, la soberbia o la tristeza malsana, y nos abrimos a la misericordia de Dios, podremos vivir reconciliados incluso con aquellos diferentes a nosotros. De este modo sí que adoraremos al Señor.

Domingo 9 

El Bautismo del Señor 

«Bendice al Señor, alma mía».

  • Is 40, 1-5. 9-11
  • Sal 103 
  • Tit 2, 11-14; 3, 4-7
  • Lc 3, 15-16. 21-22 

El pasaje del profeta Isaías nos avisa de la presencia de Jesús, pues con sus palabras nos habla de la misión que el Hijo de Dios nos trae, que es consolar a los desavenidos, hablar al corazón de las personas, nos muestra que Dios es compasivo, que la gloria de Dios se manifiesta en la tierra por medio de la bondad, la justicia y la paz. Jesús, en pocas palabras, es un pastor bueno que trata con cuidado a su rebaño.

El autor de la carta a Tito nos dice que la tarea de Jesús es salvarnos a los hombres de todo aquello que nos daña y apaga. Y esto sólo por gracia del Espíritu Santo, que opera silenciosamente en nuestras vidas. Pero, también nos dice este autor, que nuestra tarea es la de abrir en nuestro quehacer cotidiano el espacio suficiente para que la gracia se manifieste, por ello hay que renunciar a lo que nos produce mal.

El evangelio de Lucas nos narra el acontecimiento fundante en la vida de Jesús, esto es, su Bautismo. Él, en esta experiencia, se siente amado por Dios como un padre ama a su hijo, incondicionalmente. Este amor da a Jesús una identidad que no lo abandonará jamás e, inclusive, formará a su comunidad de discípulos entorno a este amor para que ellos también se sientan pertenecientes al Padre.

Es propio del ser humano, no sólo del creyente, descubrir el anhelo profundo que habita en su interior. Este anhelo se traduce en deseo de trascendencia y ésta radica únicamente en los grandes valores de la humanidad, como el amor, la justicia, la paz, la solidaridad, el desapego. Jesús encarna estos valores y los lleva a su máxima expresión.

Domingo 16 

II domingo del Tiempo Ordinario 

«Cantemos la grandeza del Señor». 

  • Is 62, 1-5
  • Sal 95
  • 1 Cor 12, 4-11
  • Jn 2, 1-11

En el texto de Isaías, podemos suponer que la situación que vive la comunidad en ese momento es de fracaso, de opacidad, de injusticia. Por ello el profeta arenga al pueblo para que recupere la esperanza. Si el camino es junto y desde Dios, todo será renovado, desde el propio nombre hasta las relaciones sociales y, además, se hará presente la justicia. La esperanza radica en que el amor lo guiará todo.

San Pablo, en la primera carta a los corintios, anima a la comunidad a descartar la división. Esto debido a que en un grupo donde habitan muchas personas talentosas, los talentos pueden ser motivo de competencia, protagonismo o egocentrismo. Por ello, la exhortación está en vivir en unidad, porque es el Espíritu quien da los talentos y éstos son para fortalecer al cuerpo, que a su vez está llamado a servir.

El primer signo que Jesús realiza en el evangelio de Juan, que se nos presenta este domingo, está contextualizado en un momento de unidad: la de una pareja que se casa, la de Jesús con sus discípulos, la de Jesús con su madre, la de los invitados a la boda con el novio. Es Dios, pues, que quiere unir a su pueblo.

Vivimos en una sociedad amenazada por la corrupción y la impunidad, el mal manejo de nuestros recursos, el deterioro del medio ambiente, la falta de alimentos, de trabajo bien remunerado y de tranquilidad a causa de la violencia. La Palabra de Dios nos anima a fortalecer nuestra esperanza, en que Dios se manifiesta, renueva lo que ha caducado y nos solventa en nuestras necesidades. Como Iglesia debemos mantenernos unidos para servir a quienes más lo necesitan, colocando nuestros dones en común. Esta actitud cristiana bien puede ser un canto a la grandeza del Señor.

Domingo 23 

III domingo del Tiempo ordinario

«Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna».

  • Neh 8, 2-4. 5-6. 8-10
  • Sal 18
  • 1 Cor 12, 12-30
  • Lc 1, 1-4; 4, 14-21

En la primera lectura encontramos a una comunidad que quiere configurar su vida conforme a los decretos de Dios. Esta comunidad desea acercarse más a la Palabra y entenderla. Este deseo los lleva a vivir consolados, a derramar lágrimas, a purificarse. El fruto de este deseo es vivir como una comunidad fortalecida desde los decretos de Dios.

La comunidad cristiana se caracteriza por la unidad que todos formamos en Cristo. De este modo conformamos un cuerpo mayor donde cada uno es parte importante del todo. En palabras más actualizadas podríamos hablar de una sinergia. Por ello, cada parte, por minúscula que sea, es de gran valor para el resultado final que este cuerpo, en Cristo, quiere cometer. Y este resultado que pretendemos es el amor.

El evangelio de hoy, escrito por Lucas, nos habla de la importancia de la transmisión de la fe. Esta fe, por supuesto, está cimentada en Jesús, que se encamina a su vida pública con una misión muy concreta: hacer visible el Reino de Dios. Este Reino no es algo inalcanzable, sino que precisa de nuestra apertura de mente, ojos y oídos para hacernos presentes en él hoy. 

Las palabras de vida eterna sólo salen de la boca de Dios. En este sentido, la comunidad del Antiguo Testamento que escuchaba la Palabra por medio de los preceptos desde un libro, ahora escucha la Palabra que sale de la boca de Dios, en su Hijo Jesús. Esta Palabra se manifiesta en Buena Noticia a los pobres, en libertad a los esclavos, en vista a los que tienen los ojos nublados. De esta manera se manifiesta el amor de Dios a la comunidad y a la humanidad.

Domingo 30 

IV domingo del Tiempo Ordinario 

«Señor, tú eres mi esperanza». 

  • Jer 1, 4-5. 17-19
  • Sal 70
  • 1 Cor 12, 31 – 13, 13
  • Lc 4, 21-30

Jeremías, en la primera lectura, nos comparte lo más profundo que hay en su corazón, lo que más lo emociona y lo impulsa a amar a Dios y a los demás. Esto que Jeremías lleva dentro de sí es lo que conocemos como vocación. A partir de ella, Jeremías encuentra el sentido de su vida, que es ser voz del mensaje de Dios.

El cuerpo unido en Cristo sólo tiene sentido cuando vive en el amor. Lo más importante, pues, es amar como Dios ama. Si los talentos particulares no nos llevan a este amor, de nada sirven. Por ello, el don más valioso es el de poner toda nuestra esperanza en el Señor. Él nos impulsará a amar.

El mensaje de Jesús es interpelante. Su palabra nos desajusta y, muchas veces, nos incomoda. Para vivir el Reino de Dios necesitamos modificar estructuras mentales y sociales, aceptar que otros también están llamados a vivir el mensaje de Jesús y a no querer retenerlo sólo como cosa nuestra. 

La vocación cristiana es siempre una vocación al amor. Este amor se despliega en matices, como lo es la compasión, el servicio, la alegría, la justicia, el desprendimiento, la generosidad. La Palabra de Dios este domingo nos coloca delante de tres hombres que han encontrado su vocación al amor: Jeremías como profeta, Pablo como apóstol y Jesús como Salvador que trae la Buena Noticia del amor del Padre. Que a partir de Él podamos, como cuerpo eclesial, abrazar nuestro llamado al amor y al servicio para llevar esperanza a otros que lo necesitan.

Ilustración: © bernardojbp (Bernardo Ramonfaur), Depositphotos

FEBRERO

Domingo 6

V domingo del Tiempo Ordinario

«Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste» 

  • Is 6, 1-2. 3-8
  • Sal 137
  • 1 Cor 15, 1-11
  • Lc 5, 1-11

El profeta presenta su testimonio de respuesta al llamado de Dios. Él, desde su condición de hombre vulnerable y pecador, perdonado por la misericordia de Dios, responde a la pregunta del Señor con presteza y diligencia. Él ahora será enviado para dar el mensaje que Yahvé tiene preparado para su pueblo. 

San Pablo se reconoce como parte de una tradición de apóstoles del Señor que cuidan y transmiten el mensaje de Jesús. Así mismo, el apóstol de los gentiles también reconoce en él su pequeñez, que está sostenida por la gracia de Dios. Todo lo que él ha hecho en favor del mensaje de salvación ha dependido de la fuerza del Espíritu que lo ha movido a amar y servir. 

La tragedia más grande para los pescadores está en no haber pescado nada. Su trabajo no remunera el esfuerzo que realizan; ellos están sumidos en el fracaso. Pero Jesús les da un nuevo sentido de vida, hace nuevas las cosas para ellos, al grado de que experimentan su pequeñez y el hundimiento de su vida pasada, para resurgir en una nueva vida: la de anunciar el Reino de Dios.

Dios libera de sus angustias a aquellos que lo invocan. La experiencia de los personajes bíblicos es la experiencia de quien se siente limitado o débil, pero por la gracia de Dios que los rescata, son llevados a realizar grandes obras en favor de Dios y de sus hermanos y hermanas. Este es el testimonio de Isaías, Pablo, Pedro y los discípulos, que son rescatados de sus abismos para salir a la luz del mensaje de salvación. Ellos, como pecadores perdonados, son animados a liberar a otros de sus angustias.

Domingo 13

VI domingo del Tiempo Ordinario

«Dichoso el hombre que confía en el Señor»

  • Jer 17, 5-8
  • Sal 1
  • 1 Cor 15, 12. 16-20
  • Lc 6, 17. 20-26

Jeremías advierte que el corazón del hombre, si se aparta de Dios para confiarse a los mínimos de la vida, sufrirá mucho. En cambio, quien se mantiene atento al Señor, aunque atraviese por dificultades, siempre saldrá bien librado. 

Nuestra fe está fundamentada en el Kyrios, el Señor que ha resucitado. Por ello san Pablo alerta a la comunidad de Corinto a creer en la resurrección, pues ella anima a las comunidades a dar testimonio de su fe. Lo verdaderamente importante es tener nuestra esperanza en Cristo, que nos perdona y otorga la salvación.

Jesús anuncia una renovación en la sociedad. Ésta incluirá a aquéllos que se sienten pobres y abandonados, a los que padecen sufrimiento, a los que están entristecidos o llorando. Sus males se convertirán en alegría, esperanza, paz. Y los que hicieron sufrir a éstos, tendrán que arrepentirse del daño que han hecho.

¿Cómo vivo mi fe? ¿De qué manera la cultivo? ¿Acudo a los sacramentos y a la caridad con frecuencia? ¿Cómo está mi vida de oración? Estas y otras preguntas nos pueden ayudar a vivir las bienaventuranzas que anuncia Jesús, el Señor Resucitado. Las respuestas que demos, cuanto más desde nuestro corazón salgan, nos pondrán del lado del Señor que nos invita a no apartarnos de su presencia.

Domingo 20 

VII domingo del Tiempo Ordinario 

«El Señor es compasivo y misericordioso»

  • 1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23
  • Sal 102
  • 1 Cor 15, 45-49
  • Lc 6, 27-38

El primer libro de Samuel nos narra un conflicto cuasi familiar que es resuelto favorablemente por la intervención misericordiosa de Dios. David reconoce en Saúl al ungido de Dios, por eso respeta su vida, pero también desea que su vida sea respetada. Es en la bondad y la valentía donde Dios se hace presente, por medio del corazón de esos hombres.

San Pablo, en su carta a los corintios, parece recordarnos que el ser humano es un terreno donde se fragua un combate. Cuando éste es bien llevado, el hombre es depositario de una unidad que lo hace ser la maravilla que es: terrenal y celestial. Es Jesús, como desde el origen en la creación, quien nos da su aliento para generarnos vida.

Jesús, en el evangelio de Lucas, habla de la regla de oro, es decir, tratar a los otros como nos gustaría ser tratados. Este trato personal y comunitario implica estar adheridos a una imagen compasiva de Dios y a una revisión profunda de nuestra antropología. El creyente que Jesús está moldeando es un ser amoroso, desapegado, justo y compasivo inclusive en la adversidad.

Jesús anuncia el Reino de Dios, y este anuncio es tan ambicioso como la creación narrada en el libro del Génesis, pues pretende ordenar y proyectar la sociedad hacia un buen fin, que es la justicia. El Reino, pues, es ajustar lo que está desajustado. Esta justicia necesita del corazón del hombre, por ello Jesús es un maestro que enseña pacientemente la convivencia en el amor. 

Domingo 27 

VIII domingo del Tiempo Ordinario

«¡Qué bueno es darte gracias, Señor!»

  • Sir 27, 5-8
  • Sal 91
  • 1 Cor 15, 54-58
  • Lc 6, 39-45

Los pensamientos del hombre dan cuenta de lo que hay en el interior de las personas, nos dice el libro del Sirácide. Podemos conocer la cualidad de los pensamientos de una persona cuando éstos se convierten en palabras. Por ello, la invitación es a razonar según la voluntad de Dios.

Muchas veces los frutos por los que trabajamos, y que tanto deseamos, no llegan. Es un ejercicio de humildad y de confianza en la gracia de Dios el permanecer firmes en las decisiones que hemos tomado delante del Señor.

El evangelio de Lucas nos hace una invitación a vivir en la coherencia. Ésta debe tener como eje fundamental la persona de Jesús. Él es el maestro, él nos libra de nuestra miopía, él nos ayuda a dar frutos buenos. Él saca lo mejor que hay en nuestro corazón. La verdadera coherencia es vivir siguiendo a Jesús. 

Una Iglesia que sale a curar las heridas de los migrantes, a educar a los niños sin escuelas, a animar a las personas sin trabajo, a compartir el pan de cada día tiene en el centro de su corazón a Jesús, el Hijo de Dios. Los pensamientos que brotan de un corazón cristificado se convierten en palabras y acciones que construyen y hacen visible el Reino de Dios. 

MARZO

Domingo 6 

I domingo de Cuaresma

«Tú eres mi Dios y en ti confío»

  • Deut 26, 4-10
  • Sal 90
  • Rom 10, 8-13
  • Lc 4, 1-13

El libro del Deuteronomio nos dice que el Señor escucha a su pueblo. Esto nos confirma que cuando Él pide que lo escuchemos, debemos tener en cuenta que Él nos ha escuchado antes. Así mismo, siempre hacer memoria del paso de Dios por nuestra vida, en las angustias y alegrías, para dar gracias de todo corazón por todo el bien que nos ha hecho. 

La centralidad de nuestra fe es Jesús Resucitado. Esta afirmación cala hondamente en nuestra vida, pues nos impulsa como a los discípulos a anunciar que Jesús vive y da su vida por nosotros. La salvación es vivir una vida plena, en comunión con Dios, con la naturaleza y con nuestros hermanos. 

El evangelio de Lucas nos recuerda que la humanidad de Jesús es puesta a prueba. Las tentaciones radican en que Jesús proceda desde una parcialidad, la divina, y relegando su parte más vulnerable, la humana. Por ello lo incita a hacer milagros, a orar o a dejarse cuidar por los ángeles. Pero Jesús triunfa al no renegar de su ser completo, hombre y Dios.

¿Cuáles son nuestras tentaciones? ¿Cómo caigo en ellas? ¿Dónde comienzan? ¿Cómo me hacen sentir después de haberlas vivido? La mayor tentación es la de rechazar a las personas que más nos necesitan, comenzando con nuestros seres queridos más cercanos. Dejémonos guiar por nuestra fe en Cristo Resucitado, para anunciar, de la misma manera que lo han hecho tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia, que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios.

Domingo 13 

II domingo de Cuaresma 

«El Señor es mi luz y mi salvación»

  • Gen 15, 5-12. 17-18
  • Sal 26
  • Flp 3, 17 – 4, 1
  • Lc 9, 28-36

Abraham cree en aquello que parecía imposible porque cree en la gracia que viene de Dios. Dios le muestra la abundancia de su gracia y lo anima a vivir con esperanza. Abraham, quien confía en el Señor, lo espera todo Él. Este creer de Abraham no es ilusorio, sino que se enraíza en la historia, en haber salido de una tierra para obtener otra. Eso mismo acontecerá con su descendencia. 

El apóstol Pablo, en su carta a los filipenses, tiene la certeza de invitar a la comunidad a que sigan su ejemplo. Él lo hace así no por egolatría, sino por su confianza en la amistad que tiene con Jesús. A final de cuentas, lo más importante no es el mismo Pablo, sino la alegría que da la fidelidad a Jesús. 

El imperativo para Israel en el Antiguo Testamento era el de escuchar. Esta escucha sigue estando presente en el evangelio de Lucas, cuando nos recuerda que el Padre presenta a su Hijo a la comunidad de discípulos más cercana. A ellos les pide que lo escuchen. En Jesús se integra la vida verdadera, desde Moisés y Elías hasta su paso por la cruz, para después ser resucitado por el Padre.

En este segundo domingo de cuaresma tengamos presentes que el faro o la brújula de nuestra vida es el Señor. Sólo al escucharlo a Él podremos vivir una vida llena de alegría y fidelidad, como la vive Abraham y Pablo, testigos del amor de Dios. No nos desanimemos ante las oscuridades de la vida, pues el Señor es nuestra luz que nos salva, nos cuida y nos lleva a puerto seguro para, desde ahí, seguir anunciando el Reino de Dios.

Domingo 20

III domingo de Cuaresma

«El Señor es compasivo y misericordioso»

  • Ex 3, 1-8. 13-15
  • Sal 102
  • 1 Cor 10, 1-6. 10-12
  • Lc 13, 1-9

Moisés realizaba sus tareas ordinarias, el trabajo con el que se ganaba su sustento familiar. Dentro de esa vida rutinaria, Dios llama la atención de Moisés por medio de algo extraordinario: un arbusto que arde pero que no se consume. Esta manifestación de Dios jamás habría dado resultado si Moisés no coloca de su parte para dejarse interpelar por Dios, esto es, el acercarse con curiosidad o deseo de entender. Dios va a defender a su pueblo.

San Pablo, en su primera carta a los corintios, le recuerda a la comunidad que Cristo siempre ha estado presente en medio de ellos. Por ello, es importante hacer memoria de lo que vivieron los antepasados, que fueron sostenidos por Cristo, la roca, y alimentados por Él, que es el Pan de Vida. 

El mal que sufren los hombres no es porque Dios así lo desee, dice Jesús, sino por la injusticia, corrupción e impunidad. Todos debemos cambiar nuestra mente, con la gracia de Dios, para procurar al Señor Jesús que nos sostiene e impulsa a dar buenos frutos.

Dios actúa en lo más ordinario y rutinario de la vida. Como Moisés, estamos invitados a acercarnos a Él para dejarnos interpelar por su dolor, que es el dolor de los que más sufren. Todos tenemos un llamado a colaborar en la redención que Cristo nos trae, por ello es bueno colaborar dando frutos de vida eterna. Esto lo lograremos únicamente en íntima relación con Él, que es la Roca que nos sostiene.

Domingo 27 

IV domingo de Cuaresma

«Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor»

  • Jos 5, 9. 10-12
  • Sal 33
  • 2 Cor 5, 17-21
  • Lc 15, 1-3. 11-32

El libro de Josué nos presenta a una comunidad que celebra la pascua judía, el recuerdo del paso del Señor en medio de ellos. La comunidad se siente agradecida por la liberación que Dios les ha dado, ya no cargan el yugo que les cargaron los egipcios.  

Pablo invita a la comunidad de Corinto a vivir en reconciliación por medio de Cristo. Quien vive adherido a Cristo es una mujer o varón nuevo, pues lo hace parte de una nueva humanidad. Quien vive de esta manera, es capaz de llevar el testimonio de Cristo a otras personas para que también ellas formen parte de la comunidad.

La parábola del Hijo Pródigo ha inspirado los corazones de muchas personas, creyentes o no creyentes, pues es una historia de amor desbordante de un padre por sus hijos. Esto lo vemos reflejado en la historia del arte, la literatura o la religión. Jesús, en el evangelio de Lucas, le dice a la comunidad que Dios es un Padre Misericordioso, que perdona nuestros pecados y renueva nuestra persona.

¿Me comporto como el hijo menor? ¿He recapacitado y regresado a casa de mi Padre? ¿Sigo envuelto en mis dinámicas de pecado? ¿Mantengo una actitud farisaica como la del hermano mayor? ¿He considerado que estoy llamado a vivir como el padre de la parábola? 

Compartir: